Los riesgos catastróficos se definen como eventos de baja probabilidad, pero de gran impacto económico y social. Un fenómeno natural puede convertirse en un desastre según el grado de vulnerabilidad; es decir, según la capacidad de un área geográfica, una comunidad o una estructura para hacer frente a los efectos negativos del evento.
Hoy en día, la conciencia mundial sobre la frecuencia y la gravedad de los desastres naturales va en aumento, y mitigar los efectos dañinos de estos riesgos se está convirtiendo en una prioridad global. Trabajar para reducir la exposición al riesgo y fortalecer los sistemas de alerta temprana, la gestión de emergencias y la reconstrucción con una perspectiva global son cuestiones clave para cualquier país, con el fin de minimizar los grandes daños asociados a los desastres en términos de costes humanos, sociales y financieros.
El 27 de febrero de 2012, Chile sufrió el peor desastre natural de los últimos 60 años. Se trata del sexto terremoto más grande jamás registrado por un sismógrafo. Se sintió con fuerza en seis regiones chilenas y afectó a alrededor del 80 % de la población del país.
El terremoto desencadenó un tsunami que devastó varias localidades costeras del centro-sur de Chile. El coste total de los daños provocados por el desastre se estima en 30 000 millones de dólares estadounidenses, equivalente al 18 % del PIB. Este desastre natural, con consecuencias catastróficas para el país, supuso un gran desafío para el Gobierno debido a la amplia dispersión de los daños y a su complejidad.
Desde los primeros días posteriores al desastre, he formado parte del equipo del presidente Piñera que dirigió los esfuerzos de emergencia y reconstrucción. Primero como gobernador de la Región de O’Higgins, una de las zonas más afectadas por el terremoto, y después como ministro de Vivienda y Urbanismo, lo que me brindó la oportunidad de ser testigo y actor clave en los esfuerzos del Gobierno por desarrollar e implementar la reconstrucción.
Durante el proceso, afrontamos grandes desafíos, como garantizar la seguridad pública y restablecer los servicios básicos, integrar los esfuerzos de los sectores privado y público, y instalar viviendas de emergencia en ubicaciones dispersas. Pero la tarea más exigente que planteó el desastre fue implementar un plan para atender a más de 220 000 familias que necesitaban la asistencia del Gobierno para reconstruir o levantar sus hogares, planificar nuestras ciudades del futuro e implementar estrategias para minimizar las pérdidas provocadas por los riesgos naturales.
En países con un alto nivel de exposición, como Chile, los desastres naturales se consideran tragedias que implican graves pérdidas, pero también podrían considerarse una oportunidad única para aprender e implementar medidas de reducción del riesgo para el futuro. En este sentido, este desastre no fue una excepción y nos dejó importantes lecciones que me gustaría compartir:
El liderazgo del Gobierno es un factor clave para el éxito de un proceso de reconstrucción, ya que articula los esfuerzos de todos los sectores y une a los sectores público y privado y a la sociedad civil.
El foco del proceso de reconstrucción debe estar en las familias afectadas, y no en reubicar las viviendas destruidas. La reconstrucción de viviendas y urbana es la más exigente de todas, pues debe procurar evitar desplazamientos masivos y dar a las familias la oportunidad de reconstruir sus hogares y vivir donde siempre han vivido.
En el proceso de reconstrucción, las familias deben poder participar en la elección de sus viviendas, para empoderarlas como propietarias y protagonistas de la solución.
Dada la diversidad de problemas, se necesita contar con una amplia gama de soluciones diversas que permitan a las comunidades alcanzar las más adecuadas para ellas.
Debemos mirar hacia el futuro de nuestros pueblos y ciudades de manera responsable y segura, planificando y desarrollando ciudades resilientes con herramientas que tengan en cuenta las condiciones de riesgo y las medidas de mitigación.
Los desastres naturales son inevitables, pero debemos aprender a estar mejor preparados para reducir la magnitud de los daños y las pérdidas. Reconocer las condiciones de riesgo; informar a las comunidades sobre los riesgos reales y las posibles pérdidas a las que se enfrentan; adoptar medidas de prevención; fortalecer las redes colaborativas intersectoriales, y reforzar las capacidades de respuesta inmediata a nivel local, regional y global son parte de los desafíos que debemos priorizar en nuestras agendas.
Autor: Rodrigo Pérez Mackenna es ministro de Vivienda y Urbanismo de Chile y presidente del Consejo de la Agenda Global sobre Riesgos Catastróficos
Imagen: Se ve a un perro mientras pescadores permanecen de pie sobre un puente destruido en una aldea pesquera al sur de Santiago, Chile. REUTERS/Victor Ruiz Caballero

