Vi cómo montones de excrementos subían por una cinta transportadora y caían en un gran contenedor. Pasaban por la máquina, donde se hervían y se trataban. Unos minutos después, probé el resultado final: un vaso de deliciosa agua potable.
La ocasión fue una visita a una planta que quema desechos humanos y produce agua y electricidad (además de un poco de ceniza). He visitado muchos lugares parecidos, como centrales eléctricas y fábricas de papel, así que, cuando oí hablar de esta —que forma parte de los esfuerzos de la Fundación Gates por mejorar el saneamiento en países pobres—, tenía muchas ganas de conocerla.
El agua sabía tan bien como cualquiera que haya probado de una botella. Y, después de estudiar la ingeniería que hay detrás, la bebería encantado todos los días. Es así de segura.
Aquí hay un breve video de mi visita en noviembre, que explica cómo funciona todo:
¿Por qué querría alguien convertir los desechos en agua potable y electricidad?
Porque una cantidad alarmante de personas, al menos 2.000 millones, utiliza letrinas que no cuentan con un drenaje adecuado. Otras simplemente defecan al aire libre. Los desechos contaminan el agua potable de millones de personas, con consecuencias horribles: las enfermedades causadas por un saneamiento deficiente matan a unos 700.000 niños cada año e impiden que muchos más se desarrollen plenamente, tanto mental como físicamente.
Si podemos desarrollar formas seguras y asequibles de eliminar los desechos humanos, podremos evitar muchas de esas muertes y ayudar a que más niños crezcan sanos.
Los inodoros occidentales no son la solución, porque requieren una enorme infraestructura de redes de alcantarillado y plantas de tratamiento que sencillamente no es viable en muchos países pobres. Así que hace unos años nuestra fundación hizo un llamamiento para encontrar una nueva solución.
Una idea es reinventar el inodoro, sobre lo que ya he escrito antes.
Otra idea —y el objetivo del proyecto que visité— es reinventar la planta de tratamiento de aguas residuales. El proyecto se llama Omniprocessor, y fue diseñado y construido por Janicki Bioenergy, una empresa de ingeniería con sede al norte de Seattle. Hace poco fui a la sede de Janicki para conocer un Omniprocessor antes del inicio de un proyecto piloto en Senegal.
El Omniprocessor es un lugar seguro para depositar desechos humanos. Hoy en día, en muchos lugares sin sistemas modernos de alcantarillado, los camioneros recogen los desechos de las letrinas y los vierten en el río o el océano más cercanos, o en una planta de tratamiento que en realidad no trata las aguas residuales. En cualquier caso, a menudo terminan en el suministro de agua. Si los llevaran al Omniprocessor, en cambio, se quemarían de forma segura. La máquina funciona a una temperatura tan alta (1.000 grados Celsius) que no desprende malos olores; de hecho, cumple todas las normas de emisiones establecidas por el Gobierno de Estados Unidos.
Antes incluso de empezar la visita, tenía una pregunta: ¿las plantas modernas de tratamiento de aguas residuales no incineran ya los desechos? Aprendí que algunas simplemente convierten los desechos en sólidos que se almacenan en el desierto. Otras los queman usando diésel u otro combustible que compran. Eso significa que consumen mucha energía, lo que las hace poco prácticas en la mayoría de los países pobres.
El Omniprocessor resuelve ese problema. Gracias al ingenioso uso de una máquina de vapor, produce energía más que suficiente para quemar la siguiente tanda de desechos. En otras palabras, se alimenta por sí mismo y genera electricidad sobrante. El procesador de próxima generación, más avanzado que el que vi, tratará los desechos de 100.000 personas y producirá hasta 86.000 litros de agua potable al día y un saldo neto de 250 kw de electricidad.
Si lo hacemos bien, será un buen ejemplo de cómo la filantropía puede aportar capital semilla que atraiga a personas brillantes para trabajar en grandes problemas y, con el tiempo, crear una industria autosostenible. Nuestra fundación está financiando a Janicki para que lleve a cabo el desarrollo. Es realmente asombroso ver cómo han asumido esta labor; el fundador, Peter Janicki, y su familia han viajado a África e India varias veces para conocer la magnitud del problema. Nuestro objetivo es que los procesadores sean lo bastante baratos para que emprendedores de países de ingresos bajos y medios quieran invertir en ellos y luego poner en marcha empresas rentables de tratamiento de desechos.
Todavía tenemos mucho que aprender antes de llegar a ese punto. El siguiente paso es el proyecto piloto; más adelante este año, Janicki instalará un Omniprocessor en Dakar, Senegal, donde estudiarán desde cómo relacionarse con la comunidad local (el equipo ya está trabajando con los líderes de allí) hasta cómo elegir la ubicación más conveniente. También probarán una de las cosas más geniales que vi durante la visita: un sistema de sensores y cámaras web que permitirá a los ingenieros de Janicki controlar el procesador a distancia y comunicarse con el equipo de Dakar para diagnosticar cualquier problema que surja.
La historia de la filantropía está plagada de inventos bienintencionados que nunca cumplen lo que prometen. Ojalá estos primeros pasos nos ayuden a asegurarnos de que el Omniprocessor no se sume a esa lista. Si las cosas van bien en Senegal, empezaremos a buscar socios en el mundo en desarrollo. Por ejemplo, creo que podría encajar muy bien en India, donde hay muchos emprendedores que podrían ser propietarios y operadores de los procesadores, así como empresas con la capacidad de fabricar muchas de sus piezas.
Quizá pasen muchos años antes de que el procesador se utilice ampliamente. Pero la ingeniería de Janicki me impresionó mucho. Y me entusiasma el modelo de negocio. El procesador no solo evitaría que los desechos humanos contaminen el agua potable; convertiría los desechos en un producto básico con valor real en el mercado. Es el ejemplo definitivo de aquel viejo dicho: lo que para uno es basura, para otro es un tesoro.
Este artículo se publica en colaboración con LinkedIn. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Bill Gates es copresidente de la Fundación Bill y Melinda Gates.
Imagen: Bill Gates prueba agua producida por el Omniprocessor, una máquina diseñada y construida por Janicki Bioenergy.





