La inseguridad alimentaria en la región del Sahel, en África, casi se ha duplicado en el espacio de un año, y ahora 20 millones de personas corren riesgo, según la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). Aunque el conflicto en la zona es un factor que contribuye, el verdadero culpable es el cambio climático.
En sus esfuerzos por resolver la crisis, la ONU intenta recaudar US$ 2000 millones, el tipo de factura gigantesca que veremos con frecuencia cada vez mayor si los gobiernos no se toman por fin en serio el calentamiento global. No solo afecta a los países en desarrollo: la inseguridad alimentaria puede afectar a todas las personas del planeta.
El cambio climático puede ser un concepto difícil de comprender. Hay muy pocos datos concretos y mucha incertidumbre. Es difícil predecir qué ocurrirá, especialmente a escala regional. Nos encontramos hablando de promedios cuando, en realidad, el diablo se esconde en los detalles.
Entonces, ¿qué sabemos? A medida que las zonas semiáridas se vuelven menos productivas y las zonas frías, más templadas, las zonas productoras de alimentos se desplazarán hacia los polos. El sistema alimentario mundial se reconfigurará y redistribuirá.
En cuanto al clima, habrá más variaciones de un lugar a otro, de una temporada a otra e incluso de un año a otro que en la actualidad. El aumento de la temperatura no será gradual ni uniforme; en lugar de una curva suave, se parecerá más al garabato de un niño.
En primer lugar, está el calor. La variabilidad de la temperatura aumenta al doble de velocidad que el ascenso de las temperaturas medias. Incluso si logramos estabilizar las temperaturas medias globales en 2 grados Celsius para finales de siglo, un verano caluroso en 2100 seguiría siendo hasta 5 grados más cálido que en la actualidad. Alarmantemente, si el calentamiento medio alcanza los 4 grados para finales de siglo, el verano de 2100 podría ser hasta 8-10 grados más cálido.
Somos muy conscientes de los daños que causan las olas de calor. En Francia e Italia, el verano de 2003 fue solo unos 3,5 grados más cálido que el promedio del siglo pasado, pero los rendimientos de los cultivos básicos disminuyeron un 20-30 %. La sequía puede agravar el problema. El profesor Tim Benton, un defensor destacado de la seguridad alimentaria con sede en la Universidad de Leeds, en el Reino Unido, advierte de que los rendimientos medios del maíz y la soja en Estados Unidos disminuirán hasta un 80 % en este siglo.
El calor también desplazará y ampliará la distribución de enfermedades de animales, insectos y plantas. Un invierno cálido seguido de una primavera y un verano calurosos daría lugar a múltiples generaciones de insectos, lo que aumentaría el potencial de daños a las plantas, los cultivos y las personas.
Luego está la lluvia. Mientras que los lugares secos se volverán más secos, las regiones lluviosas se volverán más húmedas. Como vemos en el Reino Unido en este momento, las lluvias extremas pueden causar problemas a los agricultores: degradan el suelo, complican la siembra y la cosecha, e inundan los cultivos.
Pero el principal desafío del clima será su imprevisibilidad. La agricultura, que se basa en las estaciones, se va a volver mucho más difícil. Los agricultores tendrán que planificar inundaciones y sequías al mismo tiempo. Las variaciones de las lluvias de un año a otro, y por tanto de los rendimientos, provocarán subidas de precios e inestabilidad en los mercados. A su vez, la inestabilidad de los precios de los alimentos puede desencadenar malestar social; después de todo, se atribuyeron a los aumentos de precios de los alimentos los disturbios de 30 países entre 2008 y 2010, y se identificaron como una de las principales causas de la Primavera Árabe.
¿Es esta imprevisibilidad la respuesta a lo sucedido en el Sahel, donde el número de personas que se enfrentan a la inseguridad alimentaria se duplicó de 11 a 20 millones en un solo año? Ahora parece un salto asombroso, pero con el tiempo quizá nos acostumbremos a ello.
Las crecientes solicitudes de ayuda a la ONU son solo el principio. A medida que la producción de alimentos se vuelve cada vez más frágil y fragmentada, los pobres del mundo tendrán más hambre y estarán más enfadados. Los gobiernos deben actuar ya frente al cambio climático, o afrontar las consecuencias.
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Autoría: Jane Burston dirige el Centre for Carbon Measurement en el National Physical Laboratory del Reino Unido.
Imagen: Un hombre vigila sacos de comida en un centro de distribución de alimentos el 18 de junio de 2013. REUTERS/ Mohamed Nureldin Abdallah


