Los bosques de kelp crecen a lo largo de más de una cuarta parte de las costas del mundo y se encuentran entre los ecosistemas con mayor biodiversidad.
Pero estos hábitats esenciales están desapareciendo debido al calentamiento de los océanos, la contaminación, la sobreexplotación y otros impactos humanos.
La pérdida de los bosques silvestres de kelp provoca una pérdida de biodiversidad, reduce la protección de las comunidades costeras frente a las marejadas ciclónicas y elimina un sumidero de carbono vital.
El interés mundial por estudiar las algas marinas para la alimentación, el almacenamiento de carbono y otros usos podría contribuir a mejorar los métodos de restauración de los bosques silvestres de kelp.
Ocultos bajo la superficie del agua, los bosques de kelp del mundo se extienden a lo largo de más de una cuarta parte de todas las costas y albergan una biodiversidad tan rica que el naturalista Charles Darwin creía que podía rivalizar con la de las selvas tropicales. Pero, también ocultos a la vista, estos hábitats esenciales están desapareciendo debido al calentamiento de las corrientes oceánicas, la contaminación, la sobreexplotación y otros impactos humanos.
A pesar de los siglos de conocimientos acumulados gracias al cultivo de algas marinas en los países de la cuenca del Pacífico, la disminución regional de los bosques de kelp y la reciente desaparición repentina de vastas zonas donde abundaba han puesto de relieve lo poco que saben los conservacionistas sobre cómo proteger o restaurar estos vitales bosques submarinos, afirma Karen Filbee-Dexter, ecóloga marina de la Universidad de Australia Occidental que estudia los efectos del cambio climático en el kelp.
«En comparación con otros ecosistemas costeros, los bosques de kelp reciben poca atención y se estudian poco», afirma Filbee-Dexter. «Pero necesitamos comprenderlos mejor. Son uno de los hábitats vegetales marinos más extensos de la Tierra, [y] las pruebas de que están cambiando muy rápidamente son abrumadoras».
Los investigadores recibieron la primera señal de alarma cuando las olas de calor marinas devastaron repentinamente bosques enteros de kelp en la costa de Tasmania en 2011, y en el norte de California en 2014. Cuando desaparecieron los altos tallos y las láminas del kelp, también lo hicieron muchas de las especies marinas que sustentaban. Y, al desaparecer las langostas de roca, los abalones y los peces, cerraron pesquerías comerciales valoradas en millones. Además, la pérdida de los bosques silvestres de kelp reduce la protección de las comunidades costeras frente a las marejadas ciclónicas y elimina un importante sumidero de carbono. Los científicos estiman que los bosques de kelp del mundo almacenan entre
La buena noticia es que los científicos están encontrando formas eficaces de restaurar el kelp. Pero es necesario ampliar considerablemente —y con rapidez— estos métodos recién descubiertos para revertir las enormes pérdidas ocurridas en algunas regiones, como Australia, Noruega, Nueva Escocia y California.
Los retos de la gestión científica de los bosques de kelp
Últimamente, el kelp ha aparecido en los titulares por su gran capacidad para secuestrar carbono. Hasta ahora, el kelp cultivado ha acaparado la mayor parte de la atención, pero los descubrimientos que hagan hoy los científicos podrían ayudar a prosperar a todo tipo de kelp en un mundo cuyo clima cambia rápidamente, tanto silvestre como cultivado.
Hay más de 100 especies de kelp, un tipo de alga parda de gran tamaño que se encuentra en las aguas más frías y poco profundas del mundo, pero la mayoría de los estudios realizados hasta la fecha se han centrado solo en dos: las macroalgas desaparecidas que forman el dosel del kelp gigante (Macrocystis pyrifera) y el kelp toro (Nereocystis luetkeana). Estos densos bosques submarinos pueden crecer rápidamente hasta alcanzar 40 metros de altura (130 pies), creando un hábitat complejo desde el lecho marino hasta la superficie.
Algunas causas del declive de los bosques de kelp se conocen bien. Por ejemplo, las corrientes oceánicas más cálidas o las olas de calor marinas empujan a este kelp de aguas frías más allá de su umbral fisiológico cuando la temperatura del agua supera los 20 °C (72 °F), punto en que muere. El desarrollo costero, la contaminación y la sedimentación, que deterioran la calidad del agua, dificultan aún más su supervivencia. Sin embargo, no siempre está claro por qué el kelp sometido a estrés puede desaparecer de ciertos lugares y seguir prosperando en otros.
Esto se debe en parte a las dificultades para estudiar estos bosques. A menudo, incluso cuesta encontrarlos. Históricamente, los bancos de kelp se han vigilado desde barcos, satélites y avionetas. Pero estos estudios pasan por alto muchas cosas. Solo el kelp que forma dosel es visible en la superficie del mar. Y, aunque el kelp gigante es perenne, el kelp toro muere en invierno y reaparece en verano, lo que dificulta su detección. Además, el kelp puede desplazarse: las tormentas intensas pueden arrancar bosques enteros de raíz en una sola noche.
Los mapas precisos son fundamentales para mejorar la gestión de los bancos de kelp existentes: ofrecen una alerta temprana del declive de los bosques y, al mismo tiempo, una referencia esencial para vigilar los proyectos de recuperación y restauración, afirma Sara Hamilton, investigadora posdoctoral de la Universidad de California en Davis. Sin una evaluación precisa de las existencias, también es difícil regular de forma sostenible la cantidad de kelp silvestre recolectada con fines comerciales.
Según datos de 2019 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, cada año se recolecta en todo el mundo más de un millón de toneladas de kelp silvestre. Cerca del 40 % se recoge frente a las costas de Chile, y las algas pardas silvestres se venden en mercados comerciales para diversos usos, como la producción de alimentos, los productos farmacéuticos, los textiles y la biotecnología.
Los países que regulan la recolección de kelp suelen fijar cantidades anuales de biomasa que pueden extraerse. Pero la regulación también presenta problemas. Cuando Hamilton analizó la gestión de la recolección de kelp en Chile, California y la Columbia Británica, descubrió que la falta de inventarios de kelp actualizados periódicamente en los tres lugares es «un obstáculo importante» para una gestión eficaz.
«Hay buena bibliografía científica sobre el funcionamiento de los bosques de kelp, pero debemos ir un paso más allá y desarrollar la ciencia necesaria para gestionarlos eficazmente», afirma Hamilton.
En Chile, por ejemplo, la recolección de kelp se rige por una compleja combinación de regímenes de gestión que incluye áreas marinas protegidas (AMP) donde está prohibida la extracción, zonas de acceso exclusivo supervisadas por consorcios de pescadores locales y zonas de acceso abierto sin protección. Hamilton señala que quizá no siempre se lleve un registro preciso de la cantidad de kelp extraída en las distintas actividades de recolección.
Además, los científicos no saben con precisión cuánto kelp es demasiado para recolectar antes de que los bosques queden tan agotados que no puedan volver a crecer. Aunque en California y la Columbia Británica se extrae mucho menos kelp que en Chile, Hamilton afirma que las autoridades reguladoras de esas zonas dependen de los informes de los propios recolectores comerciales, que pueden ser poco fiables, y apenas hacen seguimiento de la recolección recreativa, lo que deja grandes lagunas de datos. Quienes recolectan kelp con fines recreativos lo hacen para uso personal.
En consonancia con el análisis de Hamilton, el Departamento de Pesca y Vida Silvestre de California publicó en Estados Unidos un informe actualizado sobre la situación en 2022 acerca del kelp toro y el kelp gigante, que incluía recomendaciones para mejorar la precisión del seguimiento, comprender mejor los efectos de la recolección y estudiar el papel de los principales depredadores en los bosques de kelp. Preocupaciones similares en materia de conservación llevaron a aprobar una nueva ley en el estado de Washington destinada a proteger y restaurar 10,000 acres de bosque de kelp toro y praderas de hierba marina para 2040.
Los retos de la restauración del kelp
Algo que los científicos saben con certeza es que es mejor proteger los bosques de kelp que intentar recuperarlos. Con demasiada frecuencia, las medidas regulatorias llegan demasiado tarde, cuando los bosques de kelp ya están muy mermados o han desaparecido.
El kelp ya había quedado diezmado tras las olas de calor marinas a lo largo de 100 kilómetros (unas 62 millas) de la costa de Tasmania cuando el gobierno australiano declaró en 2012 que los bosques marinos de kelp gigante constituían una comunidad ecológica en peligro. Y este año se prohibió la pesca de arrastre cerca de la costa en un tramo del litoral de Sussex, en el Reino Unido, pero solo después de que las prácticas pesqueras arrasaran los prósperos bancos de kelp y devastaran las pesquerías comerciales.
Los cambios en las políticas locales y regionales pueden mitigar la sobreexplotación del kelp silvestre, la contaminación, el desarrollo costero, la sedimentación y las prácticas pesqueras insostenibles. Pero esas medidas no pueden enfriar los océanos que se están calentando. «Los bosques de kelp son ecosistemas muy dinámicos, productivos y complejos», afirma Cayne Layton, ecólogo marino de la Universidad de Tasmania en Hobart, Australia. «Reproducirlos es bastante difícil».
Históricamente, los proyectos de restauración han recurrido a arrecifes artificiales, hechos con materiales que van desde bloques de cemento hasta neumáticos viejos y plataformas petrolíferas desmanteladas, para ofrecer una superficie donde pueda fijarse el kelp. El arrecife Wheeler North, uno de los mayores arrecifes artificiales del mundo, con 152 hectáreas (376 acres), se construyó con roca de cantera para mitigar la pérdida de bosques de kelp y vida marina causada por el calentamiento de las aguas frente a la costa de San Clemente, en el sur de California. El calentamiento se debía al vertido de agua de la central nuclear de San Onofre. Las obras comenzaron en 1998 y finalizaron en 2021; ahora se considera que el arrecife ha sido un éxito en la restauración del kelp.
En la costa oriental de Tasmania, un punto crítico donde el agua del mar se calienta más rápido que el promedio mundial, Layton y el profesor Craig Johnson, del Instituto de Estudios Marinos y Antárticos de la Universidad de Tasmania, centran sus esfuerzos de restauración en preparar los nuevos bosques de kelp para el futuro. Están replantando kelp gigante joven, propagado a partir de algas con mayor tolerancia a las aguas cálidas. «No es manipulación genética», señala Layton. «Solo identificamos ejemplares de kelp gigante que, de forma natural, toleran mejor [los cambios de temperatura]».
De los más de 50 genotipos que han probado hasta ahora, alrededor del 10 al 15 % puede sobrevivir en aguas hasta siete grados más cálidas que las de 16-17 °C (60-62 °F), donde el kelp suele prosperar. «Es sorprendente que algunos sobrevivan incluso a la temperatura máxima registrada para el kelp gigante», afirma.
Los investigadores empezaron a replantar este «superkelp» hace más de 18 meses en tres parcelas distintas de 100 metros cuadrados (1,076.4 pies cuadrados). Pero criar en laboratorio miles de ejemplares juveniles de kelp, cada uno de aproximadamente un milímetro, fijarlos a pequeñas placas de plástico y, por último, bucear para perforar el arrecife rocoso y sujetar las placas es un proceso que requiere mucho trabajo.
El objetivo de los investigadores es lograr que crezca aproximadamente un ejemplar adulto de kelp por metro cuadrado, una densidad similar a la de un bosque natural de kelp gigante de Tasmania. Desde 2020 han conseguido unos 50 ejemplares adultos supervivientes, que alcanzan hasta 12 metros de altura, en dos de las tres parcelas. Layton espera empezar a observar la primera gran «oleada» de reclutamiento natural de kelp joven a partir de esos ejemplares adultos.
A miles de kilómetros de distancia, en el laboratorio Friday Harbor de la Universidad de Washington, la investigadora posdoctoral Brooke Weigel estudia la sensibilidad a la temperatura y a los nitratos de las poblaciones supervivientes de kelp toro cerca de Puget Sound.
Aunque la mayoría de los bancos de kelp de la zona se recuperaron tras la ola de calor marina de 2014 en la costa oeste, los sitios de kelp toro del sur de Puget Sound siguieron disminuyendo considerablemente, según un mapeo realizado por ecólogos. «Hay muchos indicios de que ciertos factores ambientales podrían contribuir a este declive», afirma Weigel. Pero esas pistas «casi no se han puesto a prueba en el laboratorio mediante experimentos».
Weigel está comenzando la segunda ronda de cultivo en laboratorio de la fase microscópica del kelp toro, conocida como gametofitos, en un rango de temperaturas. Ha descubierto que, sorprendentemente, los gametofitos pueden sobrevivir a temperaturas de hasta unos cálidos 20 °C (68 °F), normalmente letales para el kelp adulto. Pero, por encima de los 16 °C (60 °F), los gametofitos no pueden ser fecundados con éxito para producir los esporofitos que forman los imponentes bosques.
«Ese es un límite bastante marcado», afirma. Los conservacionistas «necesitan saber si existen umbrales de [temperatura] para la supervivencia y la reproducción del kelp cuando seleccionan sitios donde restaurar los bosques».
Aún no se sabe qué permite que algunos ejemplares de kelp sobrevivan a temperaturas más altas. En trabajos anteriores, Weigel buscó pistas en los microbiomas y estudió las bacterias de la capa mucosa que recubre las láminas del kelp. Layton también intenta desentrañar el enigma de la resistencia a la temperatura y estudia la fisiología y el metabolismo del kelp: ¿depende esa resistencia a los cambios de temperatura de las variaciones en las membranas celulares? ¿O de la maquinaria fotosintética?
«Probablemente se deba a muchas cosas distintas», sugiere.
Las respuestas podrían estar codificadas en la composición genética del kelp toro, afirma Filipe Alberto, genetista de poblaciones de la Universidad de Wisconsin-Milwaukee, en Estados Unidos. En su «laboratorio forense del kelp», Alberto analiza el ADN de ejemplares recolectados en sitios del noroeste del Pacífico. En colaboración con el Fondo de Restauración de Puget Sound, determina cuánta diversidad genética existe en las poblaciones, si están emparentadas y si las variaciones están asociadas a aguas más cálidas o más frías. Alberto también está creando el equivalente a un banco de semillas para el kelp toro, con el fin de conservar la diversidad genética regional. En vez de semillas, conserva gametofitos manteniéndolos en estado latente en un ambiente con poca luz y temperatura controlada.
«Quizá nunca podamos devolver esta diversidad al lugar de donde procedía originalmente», afirma Alberto. Pero, si no se conservan ahora los gametofitos, será imposible recuperar esa diversidad si el kelp desaparece.
Pronto, Alberto y sus colaboradores de la Universidad de California en Santa Cruz y del Proyecto de Genómica de la Conservación de California esperan completar la secuenciación del genoma del kelp toro. Este genoma de referencia será un recurso para los científicos que busquen variaciones genéticas que puedan ayudar al kelp a sobrevivir a los próximos cambios ambientales.
Los retos para ampliar la restauración de los bosques de kelp
A medida que aumentan las pérdidas de bosques de kelp en todo el mundo, los científicos advierten que las vías viables para lograr una restauración exitosa varían de una región a otra. Cada paisaje marino estéril presenta retos propios: puede que haya demasiados erizos de mar, que el hábitat acuático esté degradado, que la calidad del agua sea deficiente o que el calentamiento tenga distinta intensidad.
«Nos impulsa un deseo insaciable de comprender la distribución y las tendencias del kelp», afirma Helen Berry, ecóloga marina del Departamento de Recursos Naturales del estado de Washington (DNR). «La clave es que no existe un resumen único: en algunos lugares estamos perdiendo kelp y en otros lo estamos ganando. Para gestionar el kelp natural, es fundamental comprenderlo», afirma.
Para ayudar a los investigadores y restauradores de kelp a aprender de los esfuerzos de los demás, el científico marino Aaron Eger, de la Universidad de Nueva Gales del Sur en Sídney, analizó más de 250 iniciativas de restauración del kelp. Luego creó una base de datos de código abierto, en la que se puede buscar por tipo de problema —por ejemplo, el sobrepastoreo de los erizos de mar— para identificar fácilmente qué métodos se adaptan mejor a cada problema y situación. Además, gracias a una amplia colaboración y a la financiación de The Nature Conservancy, Eger fue uno de los autores principales de La guía para la restauración del kelp. «Disponemos de muchas herramientas para intentar superar estos problemas complejos a los que nos enfrentamos», afirma.
El análisis general de Eger mostró que había más probabilidades de éxito cuando se eliminaban los «episodios de perturbación» excesiva, como el sobrepastoreo de los erizos de mar, y cuando los sitios de replantación estaban cerca de otros bosques de kelp.
Su análisis también puso de relieve un reto inesperado: la resistencia jurídica. Eger explicó que la mayoría de las leyes ambientales costeras están diseñadas para proteger lo que ya hay en el océano. Sin embargo, a menudo prohíben extraer algo, como los erizos de mar, o añadir elementos artificiales, como estructuras que favorezcan el crecimiento de nuevo kelp.
La principal conclusión del estudio de Eger fue que la mayoría de las iniciativas de restauración (62 %) han estado dirigidas por académicos, se han llevado a cabo en parcelas de menos de una hectárea (80 %) y han durado menos de dos años. «Para restaurar bosques enteros a gran escala, debemos sacar este trabajo del ámbito académico. Necesitamos alianzas», recalca.
Una de esas alianzas está dirigida por SeaForester, una empresa con fines de lucro dedicada a la restauración de algas marinas que trabaja con reforestadores de kelp de todo el mundo mediante una innovación llamada «grava verde».
Este método no requiere buzos que realicen el trabajo intensivo de fijar kelp joven a placas de plástico u otros sustratos. En su lugar, se siembran pequeñas rocas con kelp joven y luego se arrojan al océano desde un barco. El kelp se establece en unos pocos años. «Sigue siendo rapidísimo en comparación con lo que tarda en volver a crecer un bosque [terrestre]», señala Thomas Wernberg, ecólogo marino de la Universidad de Australia Occidental en Perth y cofundador del Grupo de Acción de Grava Verde, una red internacional de investigadores que pone a prueba este método.
Desarrollada originalmente en Noruega, la grava verde ha tenido éxito en varios proyectos piloto, entre ellos la restauración del kelp dorado (Laminaria ochroleuca) en la costa de Portugal. Se están probando gravas sembradas con kelp en distintas condiciones costeras y oceánicas de Europa, América del Norte y Australia.
«Esta idea genera mucho entusiasmo, pero no es una panacea», advierte Wernberg, también investigador sénior del Instituto de Investigación Marina de Noruega. Por ejemplo, no funcionó en un proyecto costero de California, donde una marejada ciclónica arrastró toda la grava que contenía kelp.
«Aún debemos abordar la causa de fondo [de la pérdida del kelp]. En muchas circunstancias, se trata de la degradación del entorno marino causada por los seres humanos», señala Wernberg. Para ello, hay que convencer a las autoridades y al público.
Una forma de lograr ese objetivo es vincular los bosques de kelp con valiosos servicios ecosistémicos, como el secuestro de carbono, afirma Filbee-Dexter, miembro del Grupo de Acción de Grava Verde. Aunque los bosques de kelp quizá no resulten tan carismáticos para la gente como los arrecifes de coral, la «economía azul» está creciendo, y los inversores buscan aprovechar las algas marinas para obtener créditos de carbono, fuentes alternativas de proteínas o biomasa para combustible». Desarrollar mediciones más precisas del potencial de almacenamiento de carbono del kelp silvestre podría ayudar a conseguirle la protección que necesita. «La gente presta atención a lo que le importa», afirma.
La industria de las algas marinas cultivadas también podría contribuir a comprender mejor la morfología, la genética y las necesidades nutricionales óptimas del kelp silvestre, afirma Helen Berry. Sin embargo, advierte que comparar el kelp cultivado con el silvestre puede ser difícil, como «equiparar una plantación de árboles de Navidad con un bosque antiguo».
Sin embargo, los investigadores del kelp cultivado quizá puedan llenar lagunas de conocimiento sobre el papel que desempeña el kelp silvestre en el aumento de la biodiversidad. Una diferencia importante entre el kelp silvestre y el cultivado, por ejemplo, es el lugar que ocupa en la columna de agua, explica Carrie Byron, profesora asociada de la Escuela de Programas Marinos y Ambientales de la Universidad de Nueva Inglaterra, en Biddeford, Maine. El kelp silvestre está fijado al lecho marino, mientras que el cultivado queda suspendido por encima, sujeto a cuerdas o plataformas.
Con financiación de The Nature Conservancy, Byron estudia si el kelp cultivado, pese a estas diferencias estructurales, puede seguir ofreciendo un hábitat adecuado para la misma diversidad de especies. Se necesitan más datos de referencia para determinar qué biodiversidad constituye un ecosistema de kelp saludable.
Elegir el cambio
El cambio no siempre es malo, afirma Filbee-Dexter. «Una de las cosas que haces como ecólogo es comprender cómo funcionan los ecosistemas». En el caso de poblaciones de kelp alteradas por la actividad humana, eso significa determinar si esos cambios darán lugar a un ecosistema resiliente que, aunque funcione de otra manera, siga ofreciendo servicios ecosistémicos similares y valiosos. Como ejemplo, menciona el kelp ártico que ha estudiado, cuyas poblaciones podrían acabar desplazadas y desaparecer debido a especies de aguas más cálidas.
Los investigadores también deben abordar las cuestiones éticas de la «evolución asistida» o la manipulación genética directa para ayudar al kelp a seguir creciendo en condiciones cada vez más adversas. «No tenemos un buen historial de intervenciones que hayan salido bien», afirma Filbee-Dexter.
Un tipo de cambio que Cayne Layton querría ver es la industrialización de la restauración del kelp. Imagina granjas de kelp cultivado, criaderos de kelp joven —conocido como esporofitos— y pesquerías de erizos de mar como algunas de las formas de generar ingresos a partir del kelp, fondos que podrían reinvertirse en la conservación de los ecosistemas de kelp silvestre.
«No se trata solo de echar dinero en este agujero y decir: vamos a restaurar los bosques de kelp», afirma Layton. «Hay muchísimo valor en hacerlo».
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