Las áreas marinas protegidas se están convirtiendo en la herramienta dominante para proteger y preservar la biodiversidad oceánica.
Estas zonas pueden aumentar la biomasa total de peces y contribuir a mejorar la sostenibilidad de los pescadores de la zona.
Un estudio reciente ha analizado la importancia de estas áreas protegidas y la importancia de generar confianza con los pescadores locales.
El golfo de California –un mar cercano a la frontera occidental de Estados Unidos y México– alberga algunos de los paisajes submarinos más increíbles del mundo. Genera el 60 % de la captura pesquera de México, pero la sobrepesca está amenazando sus ecosistemas marinos y a las personas que viven de ellos.
En 2012, varios pequeños pueblos pesqueros establecieron 11 pequeñas zonas temporales en las que se prohibía la pesca para combatir la sobrepesca en el golfo. Cuando estas reservas marinas expiraron cinco años después, los pueblos cercanos votaron si mantenerlas o modificarlas. Una comunidad, Agua Verde, decidió conservar su reserva cercana de San Marcial y ampliarla cinco veces. Ninguno de los otros pueblos amplió sus reservas.
Somos un científico social y un ecólogo marino, y juntos estudiamos la gestión y la conservación de la pesca basada en la comunidad. Queríamos explorar por qué una reserva tuvo tanto éxito mientras las demás del sistema no. Nuestro nuevo artículo, publicado el 26 de mayo de 2021 en la revista Frontiers in Marine Science, muestra lo crucial que es el apoyo comunitario para los esfuerzos de conservación y cómo las reservas más pequeñas que son “lo bastante buenas” desde el punto de vista ecológico pueden fomentar ese apoyo y conducir a una conservación exitosa a largo plazo.
Líneas en los mapas
En los últimos 15 años, las áreas marinas protegidas se han convertido en la herramienta dominante para la protección marina. En términos generales, estas áreas protegidas restringen o prohíben la pesca y la extracción en una zona. Actualmente cubren 7,66 % de la superficie del océano, lo que equivale a unos 5.000 millones de campos de fútbol. Las áreas marinas protegidas pueden aumentar el número y el tamaño de los peces, reconstruir las pesquerías cercanas, aumentar la resiliencia frente al cambio climático y incluso reducir las enfermedades en las especies marinas.
Cuando los conservacionistas y los responsables políticos se proponen diseñar una nueva área marina protegida, la idea tradicional era encontrar la mejor ubicación para una protección permanente. Este enfoque solía implicar cerrar grandes zonas a la pesca, lo que generaba conflictos.
Históricamente, esta tensión ha enfrentado a científicos y pescadores – algo poco recomendable, cuando el cumplimiento de los pescadores determina el éxito o el fracaso de la mayoría de las áreas marinas protegidas. A menudo, la “protección” no es más que líneas en los mapas en las oficinas gubernamentales, mientras la pesca continúa sin control en el agua. Incluso las reservas que los ecólogos califican de éxitos pueden ser al mismo tiempo fracasos sociales, lo que en última instancia pone en riesgo los resultados ecológicos a largo plazo.
Las 11 reservas pesqueras establecidas en el golfo de California son un ejemplo de un enfoque alternativo, en el que los pescadores deciden cuál es la reserva marina óptima. Como los cierres son temporales, los pescadores tienen la oportunidad de probar y adaptar sus diseños con el tiempo. En lugar de imponer grandes cierres que la comunidad podría solo aceptar a regañadientes, la idea era optar por algo más pequeño que entusiasmara a la comunidad. En lugar de ser diseñada principalmente por científicos y responsables políticos, fueron los pescadores locales –con la ayuda de la organización sin ánimo de lucro de conservación Niparajá – quienes dirigieron el esfuerzo por sí mismos.
Dos comunidades pesqueras, dos niveles de éxito
Las áreas marinas protegidas a menudo plantean un dilema para los pescadores: las mejores zonas para proteger suelen ser también las mejores para pescar. Cuando Niparajá se acercó a las comunidades de Baja California Sur, los distintos pueblos tenían niveles de confianza variables sobre si las reservas realmente mejorarían sus pesquerías.
En el pueblo de Agua Verde, los pescadores llevaban años trabajando con Niparajá. Los habitantes confiaban tanto en el personal de la organización de conservación que estaban dispuestos a convertir una de sus valiosas zonas de pesca en una reserva que prohibía toda la pesca. Unidos por líderes firmes, los pescadores de Agua Verde diseñaron San Marcial, la mayor área protegida de la red, con dos millas cuadradas (5,2 kilómetros cuadrados).
Durante cinco años se registró un aumento del 30 % de la biomasa de peces dentro de la reserva. En las encuestas, los pescadores señalaron que la captura –que llevaba años en descenso– se había estabilizado. Ante beneficios tan tangibles, cuando llegó el momento de actualizar la reserva, Agua Verde la amplió cinco veces. El pueblo también votó crear una segunda área marina protegida casi tan grande como la primera.
Pero el control local total tiene un punto débil: cuando los pescadores no confían en el proceso, no están dispuestos a renunciar a caladeros productivos. Lo vimos con la reserva de Punta Coyote. Algunos pescadores de las comunidades que diseñaron esta reserva tenían un historial de conflictos con Niparajá. Además, varios pueblos pescaban en las mismas zonas de la región, por lo que era difícil que un solo líder coordinara a las comunidades.
Las comunidades de Punta Coyote acabaron diseñando una reserva diminuta de 0,35 millas cuadradas (0,9 kilómetros cuadrados) que abarcaba un fondo arenoso y plano, de escaso hábitat para los peces. Como era de esperar, el efecto sobre el número de peces durante el período de cinco años fue insignificante. Cuando la protección expiró en 2017, los pescadores la renovaron, pero no ampliaron la zona cerrada.
En comparación con San Marcial, las otras nueve reservas tenían un tamaño más parecido al de Punta Coyote y se situaron en un punto intermedio en cuanto a resultados ecológicos. Todas fueron renovadas, pero ninguna ampliada.
Descubrimos varios factores mediadores en estos procesos. El liderazgo fue esencial para crear una visión unificada. Además, los pescadores necesitaban una forma de ver por sí mismos los beneficios de la reserva. Cuatro pescadores de Agua Verde fueron contratados para contar peces en la reserva de San Marcial, de modo que presenciaron de primera mano la recuperación del ecosistema.
En definitiva, descubrimos que la conservación basada en la comunidad es un proceso que se refuerza a sí mismo y funciona mediante bucles de retroalimentación. Además, una primera fase de diseño “lo bastante buena” –es decir, que no aspire a obtener el máximo beneficio ecológico posible, pero que garantice que las reservas den lugar a mejoras perceptibles– pareció funcionar mejor. Esto llevó a un éxito de conservación que, a su vez, generó confianza y orgullo en el área protegida, así como su ampliación. Sin embargo, cuando el conflicto y la desconfianza dieron lugar a un mal diseño sin beneficios claros –como ocurrió en Punta Coyote–, los pescadores no ganaron confianza en el proceso y no ampliaron el área.
La confianza genera un mayor apoyo
Nuestras conclusiones sobre San Marcial y Punta Coyote cuestionan la necesidad de áreas marinas protegidas óptimas y permanentes. En cambio, consideramos las áreas marinas protegidas como oportunidades para la acción colectiva, donde “lo bastante bueno” podría ser, de hecho, mejor. Sin embargo, un mal diseño o la falta de liderazgo pueden provocar una espiral descendente para un área protegida.
Estas conclusiones son especialmente relevantes este año, mientras las Naciones Unidas elaboran su marco de biodiversidad para la próxima década. El documento de borrador publicado pide ampliar la cobertura del 7,66 % a un impresionante 30 % del océano mundial. Nuestro trabajo sugiere que, en algunos casos, una forma de lograr más áreas marinas protegidas y más eficaces es otorgar poder real a las personas afectadas por la protección, empezar con poco y centrarse en generar confianza y en hacer visibles los resultados ecológicos. Aunque las áreas protegidas puedan empezar siendo pequeñas, pueden crecer mucho más cuando las comunidades locales las respaldan.






