A mediados del siglo pasado, los residuos plásticos desechables producidos en masa empezaron a llegar a las costas y a aparecer en medio de los océanos. Desde entonces, esto se ha convertido en un problema cada vez más grave, que se ha extendido por todo el mundo, incluso a los lugares más remotos de la Tierra. Apenas unas décadas después, en la década de 1970, los científicos descubrieron que el mismo problema se daba a una escala microscópica mucho menos visible, con los microplásticos.
Estas partículas de plástico miden entre 0,05 mm y 5 mm. Los trozos de plástico más grandes pueden descomponerse en microplásticos, pero estas diminutas partículas también se añaden deliberadamente a todo tipo de productos, desde la pasta de dientes hasta el detergente para la ropa.
Ahora, gracias a importantes esfuerzos de muestreo a escala mundial, ha quedado claro que los microplásticos se dispersan por todo el mundo —en la columna de agua, los sedimentos y la dieta de los animales marinos—, y llegan incluso hasta los entornos vírgenes de la Antártida, en el extremo sur.
Retroceso de los glaciares
A medida que este problema del plástico se ha vuelto más generalizado, el retroceso de los glaciares ha dejado al descubierto uno de los ecosistemas más vírgenes de la Tierra: los fiordos de la península Antártica occidental.
La costa de la península Antártica occidental, encajada entre las islas y el continente, está formada por ensenadas largas y estrechas creadas por los glaciares. En los últimos 50 años, estos fiordos han cambiado físicamente debido a la reducción de la cubierta de hielo marino y al retroceso de casi el 90 % de los glaciares de esta región. Estos procesos han dejado expuesto por primera vez el fondo oceánico de muchos fiordos.
El potencial de impacto de los microplásticos en este entorno y su vida marina es enorme, y ahora trabajamos para determinar el alcance de los efectos de la contaminación por microplásticos en los hábitats recién colonizados. La presencia de microplásticos en el océano Austral, sobre todo en ecosistemas de formación reciente, es motivo de alarma. No solo indica que la zona se ha visto afectada, sino también que la contaminación por plástico es cada vez más ubicua.
Nuevos hábitats
En noviembre de 2017, nuestro equipo de investigación multidisciplinario del Reino Unido, Chile, Estados Unidos y Canadá, conocido como ICEBERGS, se embarcó en el RRS James Clark Ross (un buque de investigación reforzado para navegar entre hielos) y se dirigió a los fiordos más septentrionales de la Antártida. Nuestro objetivo era, y sigue siendo, comprender mejor cómo evolucionan el entorno y los organismos en los hábitats antárticos que están surgiendo y siendo colonizados. Nos interesan especialmente los ecosistemas marinos del fondo oceánico, por lo que hemos estudiado zonas como Marian Cove y Börgen Bay, en la península Antártica occidental, donde las comunidades solo se han desarrollado en las últimas décadas debido al retroceso de los glaciares.
Los ecosistemas marinos prósperos pueden actuar como reguladores del clima. Cuando el hielo retrocede, quedan al descubierto nuevos hábitats prístinos de fiordos y se producen proliferaciones de fitoplancton. Estas ayudan a contrarrestar el cambio climático porque extraen dióxido de carbono de la atmósfera. También queda disponible un nuevo hábitat productivo en el lecho marino para la diversa fauna de aguas poco profundas que se alimenta de estas algas y almacena carbono a largo plazo. Sin embargo, el agua que queda al descubierto absorbe el calor más rápido, a diferencia del hielo, que lo habría reflejado; esto no contribuye a contrarrestar el cambio climático.
Los animales que colonizan los fiordos expuestos se enfrentan a condiciones difíciles. Los sedimentos y el agua dulce que fluye con el deshielo de los glaciares hacen que la supervivencia sea muy difícil para muchos organismos. Además, si se ven expuestos a ellos, los microplásticos pueden ser una amenaza grave para muchos animales marinos, en especial los organismos filtradores (por ejemplo, el kril y otros organismos del zooplancton). Cuando estas criaturas filtran el agua para obtener alimento, pueden ingerir microplásticos que pueden obstruir sus apéndices alimentarios y limitar la ingesta de alimento. Los microplásticos ingeridos también pueden pasar al sistema circulatorio, lo que puede provocar una mayor respuesta inmunitaria.
Los microplásticos también pueden transportar nuevas bacterias y contaminantes químicos adheridos a ellos. Por eso, dado que muchos organismos filtradores sustentan toda la red trófica, cabe esperar que cualquier impacto sobre ellos tenga efectos en cascada en el ecosistema.
En los hábitats que acaban de quedar al descubierto, es menos probable que las criaturas hayan estado expuestas anteriormente a contaminantes marinos, por lo que pueden ayudarnos a conocer cambios más recientes en el entorno. Hasta donde sabemos, nunca se habían encontrado microplásticos en los fiordos antárticos, pero nuestros resultados preliminares ya revelan una presencia alarmantemente elevada, similar a la encontrada en aguas abiertas de los océanos Atlántico y Pacífico, cerca de grandes civilizaciones.
Estos resultados proceden de muestras tomadas directamente en los fiordos, y ahora estamos investigando más a fondo las pruebas sobre cómo afectan los microplásticos a los microorganismos. Durante los próximos dos veranos antárticos, recogeremos más datos geofísicos, oceanográficos físicos, sedimentológicos y biológicos en estos lugares vírgenes y en las mismas ubicaciones, para poder comparar los cambios a lo largo del tiempo en los hábitats que colonizan nuevos fondos oceánicos en los fiordos antárticos.
Solo después de una recopilación y un análisis tan rigurosos de los datos podremos determinar el verdadero impacto de los microplásticos en los entornos vírgenes. Hasta entonces, todos podemos contribuir a reducir la posible contaminación y proteger lo que bien podrían ser los últimos entornos vírgenes de la Tierra.



