Deloitte Access Economics ha valorado la Gran Barrera de Coral en 56.000 millones de dólares australianos, con una contribución económica de 6.400 millones de dólares australianos al año. Sin embargo, esta cifra subestima enormemente el valor del arrecife, ya que se centra principalmente en el turismo y en el papel del arrecife como icono australiano.
Si se tienen en cuenta aspectos del arrecife que el informe excluye, como los servicios ecosistémicos que proporcionan los arrecifes de coral, se descubre que el arrecife no tiene precio.
Poner precio a la Gran Barrera de Coral supone aceptar la idea de que el análisis de costes y beneficios es la forma correcta de tomar decisiones sobre políticas y proyectos que puedan afectar al arrecife. Por ejemplo, el coste medioambiental de la ampliación de la terminal de carbón de Abbot Point puede compararse con cualquier beneficio económico.
Pero, dado que el arrecife no tiene precio y es irreemplazable, este es el enfoque equivocado. En su lugar, debería aplicarse el principio de precaución para tomar decisiones relacionadas con el arrecife. No deben seguir adelante las políticas y los proyectos que puedan dañarlo.
¿Cómo se valora la Gran Barrera de Coral?
El informe de Deloitte utiliza lo que se conoce como método de «valoración contingente». Esta metodología se basa en encuestas y se usa habitualmente para medir el valor de activos medioambientales no comerciales, como las especies amenazadas y los parques nacionales; también se emplea para calcular el impacto de sucesos como los vertidos de petróleo.
Para valorar el arrecife, se utilizaron encuestas que preguntaban cuánto estaría dispuesta a pagar la gente por él, por ejemplo mediante un impuesto o una tasa. La cifra obtenida fue de 67,60 dólares australianos por persona al año. El informe también utiliza el método del coste de viaje, que calcula la disposición a pagar por la Gran Barrera de Coral a partir del tiempo y el dinero que la gente dedica a visitarla. Este método también se usa habitualmente en la economía medioambiental para valorar los parques nacionales y el valor recreativo de los lagos locales.
Por supuesto, todos los métodos para valorar los activos medioambientales tienen limitaciones. Por ejemplo, es difícil asegurarse de que las personas encuestadas indiquen importes realistas al expresar su disposición a pagar. Puede que respondan estratégicamente si creen que realmente se les cobrará una tasa para la Gran Barrera de Coral. También pueden confundir este problema medioambiental con todos los problemas medioambientales.
Pero, lo que es más importante, la metodología del informe omite el valor no comercial más importante que aporta el arrecife, denominado servicios ecosistémicos. Por ejemplo, los arrecifes de coral protegen frente a las tormentas y la erosión, y son zonas de cría para el 25 % de todos los animales marinos, que a su vez tienen valor comercial y valor de existencia.
El informe de Deloitte incluso cita (pero no referencia) un estudio de 2014 que valora en 352.249 dólares estadounidenses por hectárea al año los servicios ecosistémicos que proporcionan los arrecifes de coral. El Parque Marino de la Gran Barrera de Coral abarca 35 millones de hectáreas y cuenta con 2.900 arrecifes individuales de diversos tamaños. Esto significa que los servicios ecosistémicos que proporciona valen billones de dólares al año.
Es decir, en esencia, no tiene precio.
El problema de asignar un valor al arrecife
Valorar el medio ambiente es un asunto controvertido en la economía. La valoración se lleva a cabo para expresar en una métrica común todos los impactos de, por ejemplo, un nuevo proyecto de desarrollo; en este caso, en dólares. Esto permite realizar un análisis de costes y beneficios.
Pero poner precio a la Gran Barrera de Coral oculta el hecho de que es irreemplazable y, por tanto, su valor no es equiparable al de otros activos. Por ejemplo, basándose en la cifra de Deloitte, el periódico The Australian comparó el arrecife con el valor de 12 Óperas de Sídney. Pero, aunque ambos son iconos, la Ópera puede reconstruirse. La Gran Barrera de Coral, no. Cualquier pérdida es irreversible.
Cuando los activos medioambientales son irreemplazables y su pérdida irreversible, un marco de toma de decisiones más adecuado es el principio de precaución.
El principio de precaución plantea que, cuando existe incertidumbre sobre el impacto de un nuevo proyecto de desarrollo en un activo medioambiental, quienes toman las decisiones deben actuar con cautela y reducir al mínimo la pérdida máxima. Por ejemplo, si existe siquiera una remota posibilidad de que la ampliación de la terminal de carbón de Abbot Point provoque la destrucción masiva del arrecife, la precaución indica que no debería seguir adelante.
Asignar un valor al arrecife aún podría ser apropiado conforme al principio de precaución, para estimar la pérdida máxima. Pero sería necesario poner precio a todos los valores y, en especial, a los servicios ecosistémicos.
Aunque el principio de precaución ha sido muy criticado por su supuesto sesgo contra el desarrollo, es un elemento clave de la definición de desarrollo ecológicamente sostenible en la ley australiana de Protección del Medio Ambiente y Conservación de la Biodiversidad de 1999.
En el caso de un activo que no tiene precio, como la Gran Barrera de Coral, quizá sea mejor dejarlo como algo «sin precio» y actuar en consecuencia. Al fin y al cabo, si alguna vez se va a aplicar el principio de precaución al evaluar el desarrollo ecológicamente sostenible, en contraste con el análisis de costes y beneficios y las valoraciones, será sin duda para proteger nuestro principal icono medioambiental.
En última instancia, la protección y priorización de la Gran Barrera de Coral es una cuestión política que requiere voluntad política y que no puede resolverse mediante la asignación de precios ni la economía.

