El cambio climático contribuyó a destruir estas cuatro antiguas civilizaciones

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Ignorantes, malignos y perversos. Estas son algunas de las críticas sin paliativos dirigidas contra los negacionistas del cambio climático por Mary Robinson, expresidenta de Irlanda y alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

Su argumento es tan sencillo como contundente: «El cambio climático socava el disfrute de la totalidad de los derechos humanos, desde el derecho a la vida hasta el derecho a la alimentación, la vivienda y la salud. Es una injusticia que quienes menos han contribuido a las causas del problema sufran las peores consecuencias del cambio climático».

Image: NASA

Se acepta ampliamente que el clima de la Tierra se encuentra en un estado de cambio casi constante. Ha habido siete ciclos glaciares, que implicaron la expansión y la contracción de los glaciares, a lo largo de los últimos 650 000 años. La última gran glaciación terminó hace aproximadamente 11 000 años, dando paso a nuestra era climática actual, el Holoceno. Desde entonces, el clima ha sido en gran medida estable, aunque entre 1200 y 1850 d. C. se produjo una Pequeña Edad de Hielo.

Pero el cambio climático es algo más que la expansión de los glaciares, y muchas civilizaciones otrora poderosas han quedado devastadas por los efectos de las condiciones climáticas cambiantes a nivel local.

La civilización maya, en Mesoamérica, perduró unos 3000 años. Su imperio se extendía por toda la península de Yucatán y por la actual Guatemala, Belice, partes de México, y el oeste de Honduras y El Salvador. La agricultura era la piedra angular de la civilización maya, y a medida que crecía la población se construían grandes ciudades. La religión era una parte importante de la vida maya; el sacrificio, incluido el sacrificio humano, era un ritual habitual destinado a aplacar y alimentar a los dioses y a mantener fértil la tierra.

Sin embargo, hacia el año 900 d. C., las cosas empezaron a torcerse para los mayas. La superpoblación sometió a los recursos a una presión excesiva. La creciente competencia por los recursos llevó a los mayas a enfrentarse violentamente con otras naciones. Un largo período de sequía fue el golpe final, al arruinar las cosechas y cortar el suministro de agua potable.

No fueron los únicos pueblos antiguos sorprendidos de forma catastrófica por el cambio climático.

Hace más de 4000 años, en Mesopotamia (la zona que hoy comprende Irak, el noreste de Siria y el sureste de Turquía), el imperio acadio gobernaba sin rival. Hasta que una sequía que duró 300 años literalmente redujo a polvo todos sus planes. Formó parte de un patrón de cambios en las condiciones climáticas en Oriente Medio hacia el año 2200 a. C., que alteró constantemente la vida y trastocó a los imperios emergentes.

Cuando los efectos de la sequía empezaban a sentirse, la población abandonaba las zonas afectadas y emigraba a otras más abundantes. Sin embargo, estos movimientos migratorios masivos aumentaban la presión sobre los recursos restantes, lo que generaba aún más problemas.

El emblemático templo de Angkor Wat es un recordatorio del esplendor de otra de las civilizaciones perdidas de la historia: el imperio jemer del sudeste asiático, que floreció entre los años 802 y 1431 d. C. También fue derribado por una sequía, intercalada con violentas lluvias monzónicas, en el contexto de un clima cambiante.

Incluso los colonos vikingos de Groenlandia, en el lejano norte del Atlántico, se cree que se vieron afectados por el cambio climático. Unos 5000 colonos hicieron de la isla su hogar durante unos 500 años. Pero es posible que su forma de vida se viera alterada por el cambio climático. Las temperaturas descendieron, lo que redujo considerablemente la productividad de sus granjas y dificultó la cría de ganado. Adaptaron sus hábitos alimentarios, volcando su atención en el mar como fuente de alimento. Pero la vida en Groenlandia se volvió insoportablemente difícil, lo que acabó provocando el abandono de la colonia insular.

El ciclo natural del cambio climático es una parte continua e inevitable de la vida. Pero la historia parece indicarnos que, cuando las civilizaciones del pasado se han excedido o han llevado el consumo de sus recursos naturales al límite, los efectos del cambio climático pronto se han intensificado. Con consecuencias terribles para quienes se vieron atrapados en ellos.

Desde el advenimiento de la Revolución Industrial, se han liberado a la atmósfera cantidades crecientes de gases contaminantes, lo que ha desencadenado un ritmo de calentamiento sin precedentes. Según el IPCC, la actividad humana ha provocado un calentamiento global de alrededor de 1 °C (por encima de los niveles preindustriales). El rango probable se sitúa entre 0,8 °C y 1,2 °C. Entre 2030 y 2052, es probable que el calentamiento global alcance un aumento de 1,5 °C.

Ese aumento de 1,5 °C podría situar entre el 20 % y el 30 % de las especies animales en la senda rápida hacia la extinción. Si el planeta se calienta una media de 2 °C, los daños serán aún peores. Para la población humana, una de las amenazas que plantea el cambio climático es la subida del nivel del mar, y ocho de las diez ciudades más grandes del mundo se encuentran en zonas costeras.

Otra es el riesgo de que la sequía provocada por el clima desencadene movimientos migratorios masivos similares a los que se produjeron hace miles de años. La Coalición Clima y Migración ha advertido de que los países inmersos en conflictos armados o guerras civiles son especialmente vulnerables a la hambruna en caso de sequía. El Cuerno de África, que abarca Yibuti, Eritrea, Etiopía y Somalia, es una zona gravemente golpeada tanto por conflictos de origen humano como por el cambio climático. Unos 13 millones de personas se enfrentan allí a graves escaseces de alimentos.

En las regiones inestables del mundo, resulta excepcionalmente difícil abordar los desafíos de la sequía y la hambruna; hacer llegar la ayuda a personas que viven en una zona de conflicto está plagado de dificultades y peligros. Esto puede hacer que los efectos sean más profundos y duraderos, lo que, a su vez, aumentará la probabilidad de que un gran número de personas se desarraigue en busca de un lugar donde poder vivir.

El desafío que plantea el cambio climático para nuestro mundo no debe subestimarse. Pero tampoco es motivo de desaliento. A diferencia de los mayas, los mesopotámicos y otras antiguas civilizaciones, aquí, en el siglo XXI, estamos en condiciones de hacer algo constructivo.

El Acuerdo de París fue un hito significativo en la lucha contra el cambio climático. Suscrito por 195 miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, ha establecido una serie de objetivos y compromisos para mantener el aumento de la temperatura media global por debajo de 2 °C. Pese a la decisión de alto perfil de abandonar el Acuerdo de París, hoy existe un creciente movimiento en la esfera política estadounidense a favor de volver a unirse. También se habla de que la Unión Europea se niega a firmar acuerdos comerciales con los países que no son signatarios del acuerdo.

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