Hace unos 20 años hice una inmersión en submarino en el mar de Japón. Mientras descendíamos hacia la oscuridad, hasta una profundidad de casi 5.500 metros (18.000 pies), más de dos tercios de la altura del Monte Everest, me senté en el borde de mi asiento, anticipando lo que podríamos ver al llegar al fondo del océano.
Imaginaba ver especies nuevas para la ciencia y estructuras submarinas únicas. Después de todo, este era un lugar que no había visto la luz del día durante 3.500 millones de años. Pero nada me preparó para lo que vi: basura por todas partes. Me sentí conmocionado y deprimido. ¿Cómo pudimos permitir que esto sucediera? Fue una experiencia que cambió mi vida, porque entonces comprendí que necesitábamos empezar a conservar nuestros océanos antes de que fuera demasiado tarde.
Ahora sabemos que los océanos proporcionan una multitud de beneficios a los seres humanos, entre ellos nutrición esencial, regulación del clima, generación de oxígeno y medios de vida. También sabemos que los océanos no son un recurso inagotable y que corren un riesgo significativo por múltiples amenazas. Más del 40 % ya se ven gravemente afectados por las actividades humanas: sobrepesca, pérdida de hábitats costeros y contaminación. Y los efectos pueden durar décadas, si no de forma indefinida.
¿Pero qué tan enfermos están? ¿Cuál es la medida adecuada de la salud de los océanos? Si un médico va a tratar con éxito a un paciente, necesita tener primero una imagen clara de lo que anda mal; de lo contrario, el tratamiento podría ser equivocado y empeorar las cosas. El problema es que, hasta la fecha, no hemos sido muy buenos para ponernos de acuerdo en una medida común de la salud de los océanos.
Es un problema que se ha mantenido. Existen múltiples métricas que pueden utilizarse, y se utilizan, para determinar el bienestar de nuestros mares, pero todas ellas no logran distinguir que la economía y las personas también son una parte vital de este ecosistema, especialmente porque los océanos y las costas dan refugio al 40 % de la población mundial y ayudan a sostener 350 millones de empleos y contribuyen con más de US$ 3 billones a la riqueza material mundial cada año.
Así que decidimos hacer algo al respecto. Hace tres años, tras reunir a un grupo de 65 expertos científicos de diversas disciplinas y de todas las regiones del mundo, nos dispusimos a crear el Ocean Health Index como una forma de evaluar los océanos según su capacidad para sostener a todas las formas de vida.
Esperamos que el conjunto de objetivos que desarrollamos para medir esto refleje la universalidad de nuestro enfoque. Se contabilizan la provisión de alimentos, el almacenamiento de carbono, las aguas limpias, el turismo y la recreación, y los productos naturales, así como el sentido de lugar de un océano y otras categorías.
Al otorgar a los países puntuaciones de hasta 100 según su desempeño, esperamos aprovechar la antigua dinámica humana de la competencia: fomentar la mejora y recompensar a quienes lo hacen bien, además de proporcionar a los responsables de políticas, a los líderes comunitarios y a las empresas los datos objetivos que necesitan para devolver nuestros océanos del borde del abismo. También esperamos que el Índice demuestre que hay más de una forma de sacar a los océanos de la lista crítica.
Las recetas universales no funcionan. Si queremos tener alguna posibilidad seria de catalizar el cambio, debemos permitir que los países combinen políticas sostenibles a largo plazo de la forma que mejor les funcione en lo político, cultural y financiero. Si podemos hacerlo, podremos devolver la salud a nuestros océanos. Pero el momento de actuar es ahora, y necesitamos que todos pongan manos a la obra.
Autor: Greg Stone es científico jefe de Conservation International para los océanos y es vicepresidente de los Consejos de la Agenda Global sobre Océanos del Foro Económico Mundial.
Este artículo apareció originalmente en el blog Environment de The Guardian.
Imagen: Vista aérea de un derrame de petróleo en la superficie del Golfo de México. REUTERS

