¿Cómo afectan las baterías al medio ambiente?

¿Cómo afectan las baterías al medio ambiente?
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El reciente anuncio de Elon Musk, fundador de Tesla, de la batería de almacenamiento de bajo coste Powerwall es el último de una serie de avances prometedores en las tecnologías de baterías para automóviles eléctricos y la generación doméstica de electricidad.

También hemos visto el desarrollo de una batería de iones de aluminio que podría ser más segura, ligera y barata que las baterías de iones de litio que utilizan Tesla y la mayoría de las demás empresas automovilísticas y tecnológicas.

Estos avances son emocionantes por dos motivos principales. En primer lugar, el coste del almacenamiento de energía en forma de baterías está disminuyendo considerablemente. Esto hace que tener un vehículo eléctrico y almacenar energía en el hogar resulte mucho más asequible.

El segundo motivo, relacionado con el primero, es que estas tecnologías verdes más baratas podrían hacer que la transición a una economía más verde fuera más fácil y rápida de lo que hasta ahora habíamos imaginado (aunque, como se ha señalado recientemente en The Conversation, estas tecnologías son solo una pieza del rompecabezas energético general).

Cuidado con la opción industrial

Estos avances tecnológicos, y gran parte del entusiasmo que los rodea, favorecen la idea de que resolver problemas ambientales como el cambio climático es principalmente cuestión de ajustes tecnológicos. Pero este enfoque fomenta una estrategia de «superindustrialización», en la que se recurre a la tecnología y la industria para resolver el cambio climático mediante la eficiencia en el uso de los recursos, la reducción de residuos y el control de la contaminación. En este contexto, la economía verde se presenta como una inevitable ola económica y tecnológica verde.

Pero la perspectiva de esta ola económica verde debe considerarse en un contexto ambiental y social más amplio, que hace mucho más compleja la resolución de estos problemas. Tomemos como ejemplo los vehículos eléctricos.

El daño ecológico causado por los automóviles, eléctricos o no, se debe en parte a que la industria automovilística genera más de 3 millones de toneladas de chatarra y residuos cada año. En 2009, solo en Estados Unidos se dieron de baja 14 millones de automóviles .

Se prevé que el número de automóviles en circulación en el mundo aumente de los 896 millones actuales a 1.200 millones para 2020. La infraestructura asociada al creciente uso de vehículos, en particular las carreteras, también contribuye considerablemente a la destrucción de los ecosistemas y, cabe sostener, tiene importantes costes sociales.

Los vehículos eléctricos (VE) reducen considerablemente las emisiones de gases de efecto invernadero en comparación con los motores de combustión interna. Sin embargo, esta mejora depende de que la electricidad se produzca de forma ecológica.

Es probable que un VE alimentado con la mezcla eléctrica media de Europa reduzca el potencial de calentamiento global de un vehículo en alrededor de un 20 % a lo largo de su ciclo de vida. No es una reducción insignificante, pero está muy lejos de ser una opción de cero emisiones.

En gran medida, las emisiones a lo largo del ciclo de vida de un vehículo eléctrico se deben al alto consumo energético de la producción de baterías y a los procesos mineros asociados. En efecto, existen dudas sobre la producción de baterías y el agotamiento de los recursos, pero quizá resulte más preocupante el impacto que la extracción de litio y otros materiales para la creciente economía de las baterías, como el grafito, tendrá en la salud de los trabajadores y las comunidades que forman parte de esta red de producción mundial.

Los procesos asociados a las baterías de litio pueden tener efectos adversos en la salud respiratoria, pulmonar y neurológica. La contaminación provocada por la minería de grafito en China ha dado lugar a informes sobre la «lluvia de grafito», que está afectando considerablemente a la calidad del aire y del agua locales.

La producción de tecnologías verdes crea muchas contradicciones interesantes entre los beneficios ambientales en el punto de uso y los costes humanos y ambientales en la etapa de producción. Baoding, una ciudad china al suroeste de Pekín, ha sido calificada como la ciudad más verde del mundo o la única ciudad del mundo con un balance positivo de carbono. Esto se debe a que Boading produce enormes cantidades de turbinas eólicas y células solares para Estados Unidos y Europa, y alberga unas 170 empresas de energías alternativas.

Pero el año pasado se declaró que el aire de la ciudad de Baoding era el más contaminado de China, un país donde, según se informa, la calidad del aire contribuye a 1,2 millones de muertes cada año. Estos impactos deben incluirse en cualquier debate o marco normativo al explorar la transición hacia un futuro «más verde».

Cuidado con los nuevos problemas que traen las nuevas soluciones

Deberíamos celebrar la transición a automóviles más verdes y unidades asequibles de almacenamiento doméstico de electricidad, pero, al empezar a resolver los desafíos tecnológicos del cambio climático, debemos asegurarnos de no crear problemas ambientales, especialmente para los trabajadores y las comunidades, en gran medida invisibles, que se encuentran más arriba en la cadena de producción.

Nuestra respuesta al cambio climático debe ir más allá de un simple ajuste tecnológico. Sostenemos que la transición a una economía verde requiere acciones sociopolíticas más transformadoras mediante la capacitación y la formación, la participación de los trabajadores y la unión de organizaciones ambientales, sindicatos, empresas y gobiernos.

En efecto, el mundo laboral es un ámbito fundamental para reducir las emisiones: el 80 % de las emisiones de carbono de Europa están relacionadas con el lugar de trabajo.

A medida que adoptemos tecnologías verdes emergentes, tendremos que mirar más allá de nuestra flamante Powerwall o del automóvil eléctrico aparcado en la entrada para asegurarnos de que los cambios ambientales y sociales que prometen las tecnologías verdes no sean meras ilusiones.

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Lee el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Caleb Goods es investigador posdoctoral de Adaptación del trabajo canadiense al cambio climático en York University, Canadá. Carla Lipsig-Mumme es profesora de Estudios del Trabajo y Laborales en York University, Canadá.

Imagen: Baterías en un contenedor de recogida de un centro de reciclaje de Londres.  REUTERS/Kevin Coombs.

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