El océano ha marcado mi vida, desde mis comienzos en las islas periféricas de Fiyi hasta mi nombramiento el año pasado como enviado especial del Secretario General de la ONU para los océanos.
Como millones de personas antes que yo, que han obtenido sustento y consuelo del mundo de Neptuno, sé que tenemos mucho que agradecer. Y, sin embargo, durante las décadas transcurridas de mi vida, los efectos cada vez mayores de las actividades humanas nocivas han impuesto un ciclo acelerado de deterioro de la salud del océano. Debido al aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, la vida marina debe hacer frente ahora a niveles cada vez mayores de acidificación, calentamiento y agotamiento del oxígeno. Aguas que antes eran prístinas se contaminan por el flujo implacable de residuos plásticos y de efluentes nocivos de la industria, la agricultura y las aguas residuales.
Mientras tanto, la codicia humana, a diferencia de las necesidades humanas, está agotando las poblaciones de peces y los recursos marinos del planeta a un ritmo insostenible. Existe un fuerte vínculo causal entre el calentamiento global, el estrés térmico de los arrecifes de coral, la pérdida masiva de biodiversidad marina y el bienestar de las comunidades costeras. Si añadimos el aumento del nivel del mar y la creciente frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, para alguien que vive en una isla como yo es fácil imaginar que uno se está ahogando.
¿Le importa esto si vive en las ciudadelas urbanas de las sociedades posindustriales? Piense que una de cada dos respiraciones que toma proviene del oxígeno del océano, producido por el fitoplancton y otras plantas marinas, y la respuesta debería ser evidente. El océano es la fuente de vida de este planeta.
Sin embargo, a pesar de este remolino de declive, sigo siendo un optimista firme. Confío en que, para 2030, habremos revertido el ciclo negativo y restablecido nuestra relación con el océano sobre la base del respeto y el equilibrio. Mi confianza se basa en que contamos con un plan integral para salvar el océano, acordado por los 193 Estados miembros de la ONU en 2015: el Acuerdo de París sobre el cambio climático y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU. Ser fieles a estos compromisos es la responsabilidad primordial de todos los que vivimos en el siglo XXI. No dudo de la fuerza de esa fidelidad, pues la humanidad siempre se inclina hacia la supervivencia.
El Objetivo de Desarrollo Sostenible 14 busca conservar y utilizar de manera sostenible los recursos del océano. Sus 10 metas están en armonía con los otros 16 ODS y trabajan para poner fin a la pobreza, el hambre y la degradación ambiental de nuestro planeta. En junio de 2017 se celebró en la sede de la ONU en Nueva York una Conferencia sobre los Océanos para apoyar la aplicación del ODS 14, y resultó ser el punto de inflexión necesario para sensibilizar a la opinión pública mundial sobre la urgente necesidad de medidas correctivas. Durante el último año, la acción en favor de los océanos se ha intensificado en todo el mundo.

En abril, los jefes de Gobierno de 53 países de la Commonwealth acordaron una audaz Carta Azul para proteger el océano de las amenazas del cambio climático, la contaminación y la sobrepesca. Ese mismo mes, la Organización Marítima Internacional adoptó una estrategia inicial para reducir a la mitad las emisiones mundiales del transporte marítimo para 2050. Mientras tanto, Canadá anunció que está aprovechando su presidencia del G7 de 2018 para persuadir a los países más ricos del mundo de que inviertan en un océano saludable, e impulsa una carta para eliminar los residuos plásticos, que incluye apoyo para mejorar la gestión de residuos en los países menos desarrollados.
En diciembre pasado, la ONU declaró que 2021-2030 sería el Decenio de las Naciones Unidas de las Ciencias Oceánicas, y planteó a la comunidad mundial el reto de dar un gran salto adelante en el conocimiento de nuestro planeta. Ese mismo mes se estableció el Área Marina Protegida del mar de Ross, que abarca 1,55 millones de kilómetros cuadrados de rica biodiversidad marina frente a las costas de la Antártida.
Gobiernos, Estados, ciudades y organizaciones de todo el mundo están prohibiendo las bolsas de plástico desechables, las pajitas, los cubiertos, los envases de alimentos y las microesferas. Además, las grandes empresas de alimentos y bebidas se comprometen cada vez más —en respuesta a la creciente preocupación pública por el plástico en los océanos— a reutilizar, reciclar o compostar sus envases en un futuro próximo.
No debemos subestimar el poderoso atractivo de una «economía azul sostenible», que —estoy firmemente convencido— alimentará y sustentará la vida de nuestros hijos y de las generaciones venideras. Hacerlo bien —ya sea mediante la acuicultura, la energía marina, el transporte marítimo ecológico o el ecoturismo— es vital no solo para el ODS 14, sino también para el futuro de los bienes comunes mundiales y de la propia humanidad. Para lograrlo, debemos actuar con determinación. Estas son cinco medidas que podrían tomarse de inmediato.
Reducir las subvenciones
Dejemos de echar dinero bueno tras el malo y comprometámonos a prohibir las subvenciones que fomentan la pesca nociva e ilegal. En la reunión ministerial de 2019 de la Organización Mundial del Comercio se presentará una oportunidad crucial para eliminarlas. No debemos dejarla pasar.
Poner fin al consumo ilegal
Debemos poner fin al consumo de pescado capturado ilegalmente, cuyo valor se estima en 23.000 millones de dólares al año. Debemos exigirlo a nuestros pescaderos, nuestros restaurantes y a nosotros mismos. Actualmente, los gobiernos y los minoristas pueden adoptar tecnologías y sistemas para garantizar la trazabilidad de las capturas de pescado.
Ampliar las áreas marinas protegidas
Debemos cumplir la meta del ODS 14 de establecer áreas marinas protegidas (AMP) en el 10 % del océano para 2020. Gracias a las AMP creadas recientemente por Brasil, Chile, México, el Reino Unido y otros países, ya hemos alcanzado alrededor del 7 %. Ha llegado el momento de establecer amplias AMP en alta mar.
Mejorar la gestión responsable del turismo
El turismo marino y costero, cuyo valor asciende a unos 390.000 millones de dólares al año , tiene un interés enorme en salvaguardar la salud del océano. Los hoteles, los cruceros, los operadores turísticos y los gobiernos deben demostrar una gestión responsable y diligente de los ecosistemas que explota su sector, mediante medidas como el suministro sostenible de productos del mar, la contaminación cero, la restauración de los arrecifes de coral y la inversión en capital natural.
Miremos hacia abajo, no hacia arriba
Dejemos en suspenso la exploración y cartografía adicionales de Marte y la Luna hasta que hayamos estudiado más a fondo nuestro propio planeta. Gran parte de lo que yace bajo la superficie del océano sigue siendo desconocido, y ha llegado el momento de destinar una financiación sustancial a la ciencia que permitirá descubrirlo. Solo entonces podremos encontrar las respuestas adecuadas a los desafíos que plantean la acidificación y la desoxigenación del océano, así como los cambios en sus termoclinas y corrientes.
Este artículo se publicó originalmente en la zona de socios de Guardian GEF sobre los bienes comunes mundiales.





