Los orígenes del Día de la Tierra se remontan a hace 50 años, al 22 de abril de 1970, cuando millones de estadounidenses salieron a las calles para expresar su preocupación por el trato que recibía el planeta.
Desde entonces, el Día de la Tierra se ha convertido en una jornada internacional que promueve la conservación y la sostenibilidad, y celebra la belleza natural de la Tierra.
Hace cincuenta años, el 22 de abril de 1970, millones de personas salieron a las calles de ciudades y pueblos de todo Estados Unidos, dando voz a una conciencia emergente del impacto de la humanidad en la Tierra. Los manifestantes bloquearon la Quinta Avenida de Nueva York, estudiantes de Boston organizaron una «muerte simulada» en el aeropuerto Logan y manifestantes de Chicago pidieron el fin del motor de combustión interna.
CBS News El presentador Walter Cronkite condujo un programa especial de media hora por el Día de la Tierra e instó al público a prestar atención a «la voz unánime de los científicos, que advierten que las medidas a medias y seguir como siempre no pueden apartarnos del borde del precipicio».
Hoy, las palabras de Cronkite resultan inquietantemente familiares. Las advertencias sobre crisis ecológicas inminentes son ahora habituales. Pero ¿estamos preparados para escucharlas? En 1970, la respuesta fue sí. Y quizá vuelva a serlo en 2020.
El camino hacia el Día de la Tierra
En 1970, el mundo se acercaba al final de un auge económico de posguerra, asociado con una rápida expansión de la industria y la fabricación. «Una vida mejor gracias a la química» estaba transformando radicalmente la vida cotidiana de muchos habitantes del mundo. Los pesticidas como el DDT habían salvado a miles de personas de la malaria y otras enfermedades transmitidas por insectos, mientras que los clorofluorocarbonos (CFC) habían ampliado el acceso a la refrigeración segura y fiable en todo el mundo.
Pero se cernían nubes oscuras en el horizonte. A medida que el aire, el agua y la tierra se ahogaban cada vez más en residuos industriales, el libro de Rachel Carson de 1962, Primavera silenciosa lanzó una clara advertencia sobre los efectos venenosos del DDT y otros compuestos sintéticos a lo largo de la cadena alimentaria.
La creciente conciencia ecológica se vio impulsada por la agitación social de los movimientos por los derechos civiles y contra la guerra. La juventud de la época creó una contracultura que cuestionaba abiertamente las ideas de sus padres sobre el progreso.
Primeros pasos
El primer Día de la Tierra contribuyó a catalizar más de dos décadas de cambios legislativos de gran alcance, primero a escala nacional y luego a través de instituciones multilaterales que buscaban abordar los problemas ambientales mundiales.
El Protocolo de Montreal de 1987 y la Cumbre de la Tierra de Río de 1992 dieron lugar a acuerdos marco para limitar la acumulación de CFC que destruyen la capa de ozono, proteger la biodiversidad mundial y mitigar el impacto humano en el sistema climático. Estos acuerdos buscaban equilibrar el crecimiento económico con la justicia ecológica y social.
A los pocos años de la Cumbre de la Tierra de Río, empezaron a surgir otras poderosas fuerzas de la globalización. En 1995, se creó la Organización Mundial del Comercio, que dio paso a un nuevo orden económico con un profundo impacto en el planeta Tierra y sus habitantes.
Desde mediados de la década de 1990, la rápida expansión del comercio en la nueva economía digital ha impulsado el desarrollo en algunos de los países más pobres del mundo, sacando a millones de personas de la pobreza, pero también aumentando enormemente la desigualdad de ingresos. Al mismo tiempo, la globalización ha ampliado la huella ecológica de los países más ricos del mundo a través de cadenas de suministro que se extienden por todo el planeta.
Hoy, 25 años después del inicio de nuestra nueva era globalizada, debemos afrontar las consecuencias imprevistas del progreso, como hicimos en 1970. Entre 1945 y 1970, y nuevamente de 1995 a 2020, nuestras sociedades se transformaron debido a cambios geopolíticos, la expansión económica y los avances tecnológicos.
Aunque los detalles son distintos, no cabe duda de que ambos períodos dejaron una profunda huella en el planeta Tierra. Pero ¿estamos preparados para afrontar el profundo desafío de redefinir nuestra relación con la Tierra?
Los lazos que nos unen
La ignorancia ya no es excusa para la inacción; medio siglo de ciencia ha aportado pruebas claras del deterioro continuo de los sistemas biofísicos de la Tierra. Lo que nos falta es determinación y valentía frente a poderosas fuerzas de oposición.
Al igual que Carson en la década de 1960, seguimos enfrentándonos a intereses económicos y políticos arraigados que pretenden mantener el statu quo. También debemos reconocer que los problemas están ahora profundamente integrados en el tejido de las sociedades; abordar el cambio climático, por ejemplo, exige nada menos que reimaginar el sector energético mundial.
Nos enfrentamos a una tarea abrumadora, pero hay señales de esperanza, sobre todo al ver resurgir movimientos juveniles dispuestos a cuestionar nuestras ideas sobre el progreso. Los manifestantes del primer Día de la Tierra eran, en su inmensa mayoría, jóvenes; no tenían a una Greta Thunberg, pero sí hicieron huelga escolar. Y, tal como su mensaje llamó la atención de Walter Cronkite, al menos algunos adultos escuchan ahora.
Disrupción y nuevas oportunidades
¿Qué hace falta para pasar de escuchar a actuar?
Quizá la actual pandemia de COVID-19 pueda servir de detonante. Nuestro implacable empeño por trasladar bienes y personas por todo el planeta ha sido secuestrado por un conjunto microscópico de proteínas y ARN, que causa un sufrimiento humano considerable y daños a la economía mundial.
Sin duda, la pandemia es una catástrofe sanitaria mundial. Pero la alteración del statu quo también ofrece la oportunidad de cuestionar nuestros valores fundamentales y reexaminar nuestras relaciones entre nosotros y con los sistemas naturales de la Tierra. Frente a la COVID-19, como ante nuestros desafíos ambientales más complejos, cualquier solución viable requerirá cooperación entre países en lugar de aislamiento.
La pandemia también demuestra la rapidez con que las sociedades pueden movilizarse ante amenazas existenciales. Aunque nuestra respuesta de emergencia actual a la COVID-19 ha sido reactiva, en lugar de proactiva, quizá no tenía por qué serlo del todo: ¿por qué no aprendimos de los brotes de SARS, MERS, H1N1 y otros virus respiratorios a escala mundial?
¿También debemos esperar a que el cambio climático provoque impactos más graves antes de actuar? Es hora de mitigar las amenazas ambientales con medidas proactivas y desarrollar herramientas sociales que maximicen el bienestar humano en un mundo que cambia rápidamente.
El daño económico causado por la COVID-19 no debería limitar nuestra capacidad para tomar medidas audaces. Los logros ambientales de las décadas de 1970 y 1980 se produjeron en un contexto de considerable incertidumbre económica tras el auge de la posguerra.
Cuando pase la crisis actual, como sin duda ocurrirá, debemos aprovechar la oportunidad para reimaginar y crear un futuro diferente, como hicieron los manifestantes del primer Día de la Tierra el 22 de abril de 1970.






