¿Tiene el océano un problema de población?

¿Tiene el océano un problema de población?
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Si supieras que la probabilidad de ser devorado por un tiburón es nula, ¿nadarías con más frecuencia? Dejando a un lado las preguntas retóricas, el miedo a ser devorado también influye profundamente en otros animales y en la forma en que utilizan los entornos marinos.

Las tortugas, por ejemplo, temen ser devoradas por tiburones, y este temor restringe el movimiento y el comportamiento de poblaciones enteras. Pero cuando ese temor se disipa, vemos que las tortugas comen más, se reproducen más y van adonde quieren.

Podría parecer un paraíso para las tortugas, pero en un artículo publicado hoy en Nature Climate Change demostramos que la pérdida de depredadores oceánicos puede tener efectos graves y en cascada sobre el almacenamiento oceánico de carbono y, por extensión, sobre el cambio climático.

Efectos en cascada

Desde hace mucho tiempo sabemos que los cambios en la estructura de las redes tróficas –en particular los debidos a la pérdida de depredadores tope– pueden alterar el funcionamiento de los ecosistemas. Esto ocurre sobre todo en situaciones en las que la desaparición de depredadores en la cúspide de la cadena alimentaria libera de control regulador descendente a organismos situados más abajo en dicha cadena. Por ejemplo, la pérdida de un depredador puede permitir que aumente el número de sus presas, que a su vez podrían consumir más de sus propias presas, y así sucesivamente. Esto se conoce como “degradación trófica”.

Con la pérdida de cerca del 90 % de los depredadores tope del océano, la degradación trófica se ha vuelto demasiado frecuente. Esto altera los ecosistemas, pero en nuestro artículo también informamos de sus efectos sobre la capacidad de los océanos para capturar y almacenar carbono.

Esto puede producirse en múltiples ecosistemas, siendo los ejemplos más llamativos los de la zona costera. Es allí donde se almacena la mayor parte del carbono oceánico, dentro de los ecosistemas de praderas marinas, marismas y manglares, comúnmente conocidos como ecosistemas de “carbono azul”.

Los ecosistemas de carbono azul capturan y almacenan carbono 40 veces más rápido que las selvas tropicales (como el Amazonas) y pueden almacenar ese carbono durante miles de años. Esto los convierte en uno de los sumideros de carbono más eficaces del planeta. Pese a ocupar menos del 1 % del fondo marino, se estima que los ecosistemas costeros de carbono azul secuestran más de la mitad del carbono oceánico.

El carbono que almacenan los ecosistemas de carbono azul queda retenido en los cuerpos de las plantas y en el suelo. Cuando depredadores como los tiburones y otros peces grandes desaparecen de los ecosistemas de carbono azul, el consiguiente aumento de los organismos herbívoros puede destruir la capacidad de estos hábitats para secuestrar carbono.

Por ejemplo, en las praderas marinas de Bermudas e Indonesia, una menor depredación sobre los herbívoros ha provocado pérdidas espectaculares de vegetación, con la eliminación del 90–100 % de la vegetación aérea.

Dejar de matar depredadores

Estas pérdidas de vegetación también pueden desestabilizar el carbono que se ha enterrado y acumulado durante millones de años. Por ejemplo, la mortandad de 1,5 kilómetros cuadrados de marisma en Cape Cod, Massachusetts, causada por la sobreexplotación recreativa de peces y cangrejos depredadores, liberó unas 248 000 toneladas de carbono subterráneo.

Si solo el 1 % de la superficie mundial de los ecosistemas de carbono azul se viera afectada por cascadas tróficas como en el último ejemplo, podrían liberarse unas 460 millones de toneladas de CO2 al año, lo que equivale a las emisiones anuales de CO2 de unos 97 millones de automóviles, o algo menos que las emisiones anuales actuales de gases de efecto invernadero de Australia.

Entonces, ¿qué se puede hacer? Unos esfuerzos de conservación más firmes y la modificación de la normativa pesquera pueden ayudar a restaurar las poblaciones de depredadores marinos y, de este modo, contribuir a mantener el importante papel indirecto que desempeñan los depredadores en la mitigación del cambio climático.

Se trata de restaurar el equilibrio para que, por ejemplo, haya poblaciones sanas y naturales tanto de tortugas marinas como de tiburones. Las políticas y la gestión deben reflejar con urgencia esta importante conclusión.

Más de 100 millones de tiburones podrían morir cada año en las pesquerías, pero si concedemos a estos depredadores una gran protección, podrían ayudar a salvarnos a cambio.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original. La publicación no implica el respaldo del Foro Económico Mundial a las opiniones expresadas.

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Autor: Peter Macreadie, profesor titular e investigador ARC DECRA, Deakin University, y profesor titular e investigador ARC DECRA, University of Technology Sydney; Euan Ritchie, profesor titular de Ecología, Centre for Integrative Ecology, School of Life & Environmental Sciences, Deakin University; Graeme Hays, catedrático de Ciencias Marinas, Deakin University; Rod Connolly, catedrático de Ciencias Marinas, Griffith University, y Trisha B Atwood, profesora adjunta de ecología acuática, Utah State University

Imagen: Una tortuga verde nada sobre un arrecife cerca de la zona de rompientes conocida como ‘Pipeline’, en la costa norte de Oahu, Hawái. REUTERS/Hugh Gentry

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