¿Ayudó la deforestación a propagar el ébola?

¿Ayudó la deforestación a propagar el ébola?
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El creciente brote del virus del Ébola no solo pone de relieve la tragedia que envuelve a las zonas más afectadas, sino que también ofrece una reflexión sobre la forma en que la ecología política de África Occidental ha permitido que esta enfermedad se establezca.

La versión que circula es que el virus apareció de forma espontánea en las aldeas forestales de Guinea en diciembre de 2013. Pero esto es discutible, dado que hay pruebas de anticuerpos contra el virus del Ébola en sangre humana de Sierra Leona hasta cinco años antes. Anteriormente, solo se había notificado un caso de ébola en la región, y era de la cepa de Costa de Marfil. La cepa detectada en las muestras de sangre es la más virulenta cepa zaireña del Ébola, la misma responsable de la epidemia actual.

Tras meses de muy poca acción coordinada, está claro que la enfermedad corre ahora un grave riesgo de propagarse sin control. La comunidad mundial de la salud ha declarado que se trata de una crisis de importancia internacional, lo que ha llevado a los países afectados a aplicar estrategias draconianas de prevención, equiparables en algunos lugares a la ley marcial en cuanto a vigilancia, cuarentena, controles fronterizos y otros aspectos logísticos del control. Pero es demasiado poco y demasiado tarde.

Hay varios mecanismos por los que el virus podría haber surgido, y es poco probable que este último brote haya sido espontáneo. La pobreza empuja a los aldeanos a adentrarse cada vez más en el bosque, donde se infectan con el virus al cazar y descuartizar animales salvajes o por contacto con fluidos corporales de murciélagos ; esto se ha observado con Nipah, otro virus peligroso asociado con los murciélagos.

La probabilidad de infección de esta manera se ve agravada por la insuficiencia de los centros de salud rurales y las deficientes infraestructuras de las aldeas, así como por la expansión urbana desordenada en las periferias de las ciudades. El virus se propaga entonces en una ola de miedo y pánico, intervenciones mal concebidas y fallos logísticos, incluida incluso la falta de alimentos suficientes o de camas para los enfermos graves.

Tomemos, por ejemplo, la industria mundial del aceite de palma, donde una tendencia similar de penetrar profundamente en los bosques para el desarrollo agrícola ha traspasado las barreras naturales que limitan la evolución y propagación de patógenos específicos. Los efectos del acaparamiento de tierras y la concentración en determinadas especies de cultivos frutales provocan un efecto Allee, en el que los cambios repentinos en un elemento ecológico alteran los mecanismos que mantienen en equilibrio a las poblaciones —en este caso, los murciélagos— y a los virus, lo que aumenta la probabilidad de que estos se transmitan a huéspedes alternativos.

No es un fenómeno inaudito: la introducción de cultivos de árboles frutales en bosques talados y la expansión agrícola en Malasia se asociaron con la aparición del virus Nipah. Los murciélagos que se alimentaban de los árboles frutales infectaron a cerdos en corrales, que sirvieron de vector para transmitir el virus a los seres humanos. Otro ejemplo son las enfermedades transmitidas por vectores, como la encefalitis japonesa, un virus transportado por aves silvestres cuyo alcance se amplió debido al cultivo de arroz y la cría de cerdos.

Los virus del y la dengue aprovecharon la deforestación para establecer ciclos epidemiológicos secundarios, que aumentaron en los bordes del bosque hasta que el virus pudo adaptarse a huéspedes secundarios y expandirse por todo el mundo.

Sin duda, la complejidad de los cambios agroecológicos en África Occidental merece ser examinada. La nueva agricultura de Guinea está en una fase temprana de desarrollo; el Banco Mundial identifica al país como el lugar con el mayor potencial de inversión en agricultura industrial. A medida que cambian los mercados mundiales y se eliminan los aranceles y los impuestos para las empresas multinacionales, los agricultores con pequeñas parcelas se enfrentan a una disyuntiva: vender sus tierras o ampliar la producción para competir. Los bosques son una de las primeras víctimas.

A este efecto sutil se suman el desmantelamiento de las formas tradicionales de gobierno, la violencia bajo gobiernos coloniales, neocoloniales y, más recientemente, cleptocráticos y los desplazamientos de la población hacia las ciudades por motivos económicos. Esa turbulencia, la pobreza, la llegada de refugiados de guerras en países vecinos y el deterioro de los sistemas de salud han creado un ecosistema en el que casi se ha erosionado la resistencia natural que impide que el ébola adquiera impulso patógeno.

Toda respuesta internacional puede hacer poco para remediar estos factores contribuyentes. De hecho, la respuesta apenas ha reconocido el fracaso total de las estrategias neoliberales de desarrollo para contener el virus.

El «éxito» del virus del Ébola se basa fundamentalmente en los factores sociológicos y la biología poblacional de las personas a las que infecta. Sin embargo, actualmente no se dispone de los datos necesarios para poner a prueba la hipótesis: registros detallados sobre lo que come la gente, adónde va y cómo interactúa. En cambio, la investigación se ha centrado en buscar el virus, con escasos resultados: más de 40.000 muestras todavía no han permitido determinar de manera concluyente dónde se encuentra el reservorio natural del Ébola. Mientras tanto, se ignoran los factores socioecológicos que son esenciales para la propagación de cualquier enfermedad.

Publicado en colaboración con The Conversation

Autor: Richard Kock es un veterinario especializado en fauna silvestre, académico, investigador y conservacionista comprometido.

Imagen: Un equipo de entierro vestido con ropa protectora prepara para su inhumación a una víctima del virus del Ébola, en Port Loko, el 27 de septiembre de 2014. REUTERS/Christopher Black/WHO/Handout vía Reuters

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