Gracias al profesor Klaus Schwab, a Hilde Schwab y al Foro Económico Mundial por este generoso galardón y por invitarme a Davos.
Literalmente, soy de otra era.
Nací durante el Holoceno, nombre que se da al período de 12.000 años de estabilidad climática que permitió a los seres humanos asentarse, cultivar la tierra y crear civilizaciones.
Esas condiciones propiciaron el desarrollo de nuestras mentes singulares y dieron lugar al comercio internacional tanto de ideas como de bienes, convirtiéndonos en la especie conectada a escala mundial que somos hoy.
Gran parte de lo que se debatirá aquí es consecuencia de esa estabilidad.
Las empresas globales, la cooperación internacional y la búsqueda de ideales más elevados: todo ello es posible porque, durante milenios y a escala mundial, la naturaleza ha sido en gran medida previsible y estable.
Ahora, en el transcurso de una vida humana —de hecho, en el transcurso de mi vida— todo eso ha cambiado.

El Holoceno ha terminado. El Jardín del Edén ya no existe.
Hemos cambiado tanto el mundo que los científicos dicen que ahora estamos en una nueva era geológica: el Antropoceno, la era de los seres humanos.
Si lo pensamos, quizá no haya una idea más inquietante. Las únicas condiciones que los seres humanos modernos han conocido están cambiando, y lo hacen rápidamente.
Es tentador y comprensible ignorar las pruebas y seguir como siempre, o dejarse llevar por el pesimismo y la desesperanza.
Pero también existe un enorme potencial para lo que podríamos hacer.
Debemos dejar atrás la culpa y los reproches y ponernos manos a la obra con las tareas prácticas que tenemos por delante.
No llegamos a este punto deliberadamente, y ha ocurrido con una rapidez asombrosa.
Cuando hice mis primeros programas de televisión, la mayoría del público ni siquiera había visto un pangolín; de hecho, ¡pocos pangolines habían visto alguna vez una cámara de televisión!
Cuando en 1979 hice una serie que recorría la historia de la vida en la Tierra, era consciente de los problemas medioambientales, pero no imaginaba que estuviéramos cambiando la naturaleza de forma fundamental.
En 1999, mientras rodábamos la serie Blue Planet sobre la vida marina, filmamos el blanqueamiento de los corales, pero aún no comprendía la magnitud del daño que ya había comenzado.
Sin embargo, ahora contamos con pruebas, conocimientos y la capacidad de compartirlos a una escala inimaginable incluso hace apenas unos años.
Los movimientos y las ideas pueden difundirse a una velocidad asombrosa.
La audiencia de aquella primera serie, hace 60 años, se limitaba a unos pocos millones de espectadores del sur de Inglaterra.
Mi próxima serie, Our Planet, que está a punto de estrenarse, llegará al instante a cientos de millones de personas de casi todos los países del mundo a través de Netflix.
Y las pruebas que respaldan la serie estarán disponibles gratuitamente para cualquier persona con conexión a internet a través de WWF.
Si las personas comprenden de verdad lo que está en juego, creo que darán su consentimiento para que las empresas y los gobiernos pongan en marcha soluciones prácticas.
Y como especie somos expertos en resolver problemas. Pero aún no nos hemos dedicado a este problema con la concentración que requiere.
Podemos crear un mundo con aire y agua limpios, energía ilimitada y poblaciones de peces que nos sustenten durante mucho tiempo.
Pero para lograrlo necesitamos un plan.
En los próximos 2 años, las Naciones Unidas tomarán decisiones sobre el cambio climático, el desarrollo sostenible y un Nuevo Acuerdo por la Naturaleza. En conjunto, estas decisiones conformarán el plan de nuestra especie para abrirse camino a través del Antropoceno.
Lo que hagamos en los próximos años influirá profundamente en los próximos miles de años.
Espero con mucho interés los debates y las ideas de esta semana
Gracias de nuevo por este gran honor.





