Si pudieras viajar en el tiempo hasta la Europa de la Edad de Hielo, quizá se te perdonaría pensar que habías aterrizado de emergencia en alguna zona desolada de la sabana africana. Pero las bajas temperaturas y la presencia de bestias peludas de seis toneladas con colmillos extremadamente largos confirmarían que realmente estabas en el Pleistoceno, también conocido como la Edad de Hielo. Estarías visitando la estepa de los mamuts, un entorno que se extendía desde España, a través de Eurasia y el estrecho de Bering, hasta Canadá. Estaba cubierta de hierba, casi no tenía árboles y estaba poblada por bisontes, renos, tigres y el emblemático mamut «lanudo».
Por desgracia, tanto los mamuts como la mayor parte del ecosistema de la estepa de los mamuts desaparecieron hace mucho tiempo. Pero un grupo de genetistas de Harvard espera cambiar esta situación clonando células de elefante vivas que contienen un pequeño componente de ADN de mamut sintetizado. Afirman que reintroducir criaturas parecidas a los mamuts en los entornos de tundra ártica podría ayudar a detener la liberación de gases de efecto invernadero del suelo y reducir las emisiones futuras a medida que aumentan las temperaturas debido al cambio climático. Aunque pueda parecer una idea descabellada, los científicos llevan más de 20 años experimentando con algo parecido.
Las tierras árticas están cubiertas por zonas de suelo conocidas como permafrost, que permanecen congeladas desde el Pleistoceno. El permafrost contiene enormes cantidades de carbono procedente de restos vegetales muertos, retenido por las temperaturas extremadamente bajas. Se calcula que la cantidad de carbono almacenada en estos depósitos congelados equivale a aproximadamente el doble de la cantidad que hay actualmente en la atmósfera. Si se descongela, los microbios descompondrán la materia orgánica del suelo y liberarán dióxido de carbono y metano a la atmósfera.
Por eso, se ha comparado el permafrost y los depósitos de carbono asociados con «gigantes dormidos» de nuestro sistema climático. Si despiertan, las emisiones de gases de efecto invernadero resultantes elevarían las temperaturas globales aún más de lo previsto, provocando un cambio climático global todavía mayor (un proceso conocido como retroalimentación positiva).
Ingenieros geológicos naturales
Aquí es donde podrían entrar en escena nuestros amigos peludos. Los mamuts y otros grandes herbívoros del Pleistoceno pisoteaban continuamente musgos y arbustos, arrancaban árboles y alteraban el paisaje. De este modo, actuaban involuntariamente como ingenieros geológicos naturales, manteniendo paisajes esteparios muy productivos, llenos de hierbas y plantas herbáceas y sin árboles.
En teoría, devolver criaturas parecidas a los mamuts a la tundra podría ayudar a recrear el ecosistema estepario en una zona más extensa. Como la hierba absorbe menos luz solar que los árboles, el suelo absorbería menos calor, lo que a su vez mantendría congelados durante más tiempo los depósitos de carbono y sus gases de efecto invernadero. Además, un gran número de estos animales pisotearía la capa de nieve, impidiendo que actuara como aislante del suelo y permitiendo que el permafrost sintiera los efectos de los gélidos inviernos árticos. De nuevo, esto mantendría el suelo más frío durante más tiempo, en teoría.
Por tanto, esta forma de desextinción y reintroducción de mamuts podría favorecer las praderas y, al mismo tiempo, ralentizar el deshielo de estos suelos congelados. ¿Acaso no vale la pena?
Parque del Pleistoceno es un experimento ambicioso en el Ártico siberiano que se lleva a cabo desde 1996 y se centra en investigar estos procesos. El equipo de Harvard espera llevar al parque el primer híbrido de mamut resucitado dentro de la próxima década.
Fundado por el geofísico ruso Sergei Zimov, el parque, de 16 kilómetros cuadrados, alberga alrededor de 100 animales que vagan en libertad, entre ellos bisontes, bueyes almizcleros, alces, yaks, caballos y renos. El parque está concebido para determinar si los animales pueden alterar y fertilizar el ecosistema actual, donde crece muy poco, y convertirlo en pastizales muy productivos, además de ralentizar o incluso revertir el deshielo del permafrost.
He tenido el privilegio de visitar el parque varias veces y me ha asombrado el esfuerzo que exige llevar a cabo una «gran ciencia» en esta zona salvaje. Viajamos durante muchas horas por el caudaloso río Kolymá para recoger renos de la costa ártica y los transportamos al parque en pequeñas embarcaciones; una proeza nada desdeñable en estas regiones. Añadir tan solo unos pocos animales más al experimento fue agotador. Pero también fue absolutamente estimulante y me hizo preguntarme si, después de todo, la idea era tan descabellada.
Los limitados recursos económicos y de personal disponibles en el parque han dificultado su construcción y el seguimiento de los resultados del proyecto. Los primeros indicios obtenidos con especies actuales, como el buey almizclero, el reno y el caballo, sugieren que la presencia de animales está cambiando la estructura del paisaje del parque y enfriando el suelo.
Recientemente, se ha demostrado que las praderas del parque reflejan más luz solar que el bosque de alerces circundante, lo que reducirá el calor que penetra en el suelo. Los científicos también han tomado muestras del suelo de 300 metros de longitud en distintos puntos del paisaje para medir el almacenamiento de carbono en el parque y averiguar si difiere del del terreno circundante, que no ha sido alterado.
¿Vale la pena?
Gran parte del trabajo depende de la financiación colectiva del público y ahora el parque busca fondos para instalar sensores de temperatura y de luz en toda la zona. Ya ha instalado una torre de flujo de 35 metros de altura que mide continuamente el metano, el dióxido de carbono y la temperatura de la atmósfera del parque. Reunir pruebas convincentes que respalden la teoría requiere claramente tiempo y un enorme esfuerzo, pero pronto deberíamos saber si este audaz plan podría ser una solución viable al cambio climático.
Algunos científicos y conservacionistas se han preguntado si realmente vale la pena resucitar al mamut, comparando el elevado coste con la relativa falta de financiación destinada a salvar a los elefantes del mundo. Una pregunta clave es si realmente necesitamos mamuts para que estos proyectos funcionen. ¿No podríamos simplemente talar los árboles a mano y luego utilizar animales que ya existen? Supongo que esto podría depender de si decidimos extender este enfoque a zonas mucho más amplias del Ártico, donde la intervención humana sería costosa o incluso casi imposible en algunos lugares.
Sin embargo, para combatir el cambio climático global hacen falta soluciones ambiciosas, novedosas y, a menudo, épicas, tanto para reducir las emisiones como para minimizar la posibilidad de que la retroalimentación positiva del Ártico cause daños incalculables a nuestro sistema climático. No sé si devolver al mamut es el enfoque adecuado, pero por ahora carecemos de una solución convincente para mantener bajo tierra los enormes depósitos de carbono del Ártico.





