Un estudio publicado en Nature ha concluido que todo lo fabricado por los humanos, conocido como masa antropogénica, pesa ahora lo mismo que toda la biomasa viva de la Tierra.
Se calcula que el peso de cada uno de estos componentes ronda los 1,2 billones de toneladas. La masa antropogénica se ha duplicado en los últimos 20 años.
La cifra fue elaborada por un equipo de científicos del Instituto Weizmann de Israel.
Nuestras carencias siempre nos han impulsado, incluso entre nuestros lejanos antepasados, en la última edad de hielo. Sin la velocidad ni la fuerza necesarias para cazar grandes presas, ni dientes y garras afilados para desgarrar la carne, improvisamos lanzas, cuchillos de sílex y raspadores. Al carecer de un pelaje grueso, nos cubrimos con la piel de otros animales. A medida que el hielo retrocedía, ideamos más medios de supervivencia y confort: viviendas de piedra, arados y vehículos con ruedas. Todos estos inventos permitieron arrebatar pequeños oasis de civilización a una naturaleza salvaje que parecía no tener fin.
La idea de un mundo natural que empequeñecía a la humanidad y a sus creaciones perduró durante mucho tiempo, incluso en la época moderna, hasta que, recientemente, surgieron las preocupaciones por el cambio climático y la extinción de especies provocados por nuestras acciones. ¿Cómo puede ser eso, si somos tan pequeños y la naturaleza es tan grande?
Ahora, un nuevo estudio publicado en Nature de un equipo de científicos del Instituto Weizmann de Israel desmonta esa perspectiva. Nuestras construcciones han alcanzado ya, incluso de forma sorprendente, este mismo año, la misma masa que la de todos los organismos vivos de la Tierra. Además, la actividad humana crece con rapidez, mientras que la naturaleza sigue reduciéndose. El escenario de ciencia ficción de un planeta diseñado por el ser humano ya es una realidad.
Parece una comparación sencilla, pero en la práctica resulta terriblemente difícil. Sin embargo, este equipo tiene experiencia en afrontar desafíos de esta envergadura. Hace un par de años resolvieron la primera parte de la ecuación: la masa de toda la vida en la Tierra, incluida la de todos los peces del mar, los microbios del suelo, los árboles de tierra firme, las aves del aire y mucho más. La biosfera terrestre pesa ahora algo menos de 1,2 billones de toneladas (en masa seca, sin contar el agua), siendo los árboles la mayor parte de ella. Antes de que los humanos empezaran a talar bosques, su peso era aproximadamente el doble, y sigue disminuyendo.
Ahora, el equipo ha analizado en profundidad las estadísticas de la producción industrial y los flujos de masa de todo tipo, y ha reconstruido el crecimiento, desde comienzos del siglo XX, de lo que denominan «masa antropogénica». Esta incluye todo lo que construimos: viviendas, automóviles, carreteras, aviones y otras innumerables cosas. El patrón que encontraron es sorprendentemente distinto. Lo que construimos sumaba unos 35.000 millones de toneladas en 1900, y hacia mediados del siglo XX casi se había duplicado. Después, ese auge de prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial, denominado Gran Aceleración, multiplicó varias veces nuestra producción, hasta alcanzar algo más de medio billón de toneladas al final del siglo. En los últimos 20 años se ha vuelto a duplicar, hasta equivaler este año a la masa de todos los seres vivos. En los próximos años, el mundo vivo será ampliamente superado en peso: según estiman, en 2040 triplicará a la biomasa si las tendencias actuales se mantienen.
¿Qué son estas cosas que fabricamos? Hoy presentan una diversidad extraordinaria y en rápida expansión. El número de “tecnoespecies” ya supera con creces el número estimado de 9 millones de especies biológicas en la Tierra, y contarlas excede incluso la formidable capacidad de cálculo de este equipo. Pero lo que fabricamos puede descomponerse en componentes, entre los que el hormigón y los áridos ocupan una proporción gigantesca: alrededor de cuatro quintas partes. Después vienen los ladrillos, el asfalto y los metales. A esta escala, los plásticos son un componente menor, aunque su masa sigue siendo mayor, hoy, que la de todos los animales de la Tierra.
Se trata de un estudio revelador y meticuloso, que define con claridad qué incluyen y qué excluyen sus mediciones. No incluyen, por ejemplo, la roca y la tierra que se remueven con excavadoras para crear los cimientos de nuestras construcciones, ni toda la roca de desecho generada en la extracción de los componentes: actualmente, casi un tercio de billón de toneladas de ese tipo de material se desplaza cada año. Si además se suma el material terrestre que utilizamos y explotamos de otras formas, como al labrar tierras de cultivo o al dejar que los sedimentos se acumulen tras las presas, los humanos han utilizado y desechado en conjunto unos 30 billones de toneladas de los distintos recursos de la Tierra.
Desde cualquier perspectiva, la conclusión final del equipo en este innovador estudio resuena con fuerza y coincide con la de otro análisis reciente en el que ambos participamos. Desde mediados del siglo XX, la Tierra ha entrado en una nueva trayectoria impulsada por el ser humano, que abandona las condiciones estables del Holoceno y se adentra en el nuevo mundo, incierto y en rápido cambio, del Antropoceno. El peso de las pruebas, en este caso, parece incuestionable.






