La mayoría de la gente considera que la Antártida es un entorno completamente prístino. Al fin y al cabo, no tiene habitantes indígenas; solo pingüinos, focas y albatros que viven lejos de los peligros que afronta la fauna en otros continentes.
Del mismo modo, para los expertos en política, la Antártida está en buenas manos, pues se rige por el ampliamente celebrado Sistema del Tratado Antártico (STA), considerado uno de los regímenes jurídicos internacionales más exitosos.
Pero ¿y si les dijera que actualmente la Antártida es el continente con menor protección ambiental del mundo? Solo 1,5% de sus zonas libres de hielo han sido designadas oficialmente como áreas especialmente protegidas en virtud del STA, mientras que el Convenio sobre la Diversidad Biológica de las Naciones Unidas ha recomendado una meta mundial del 17%.
Dado que la Antártida no tiene población indígena y que, según se nos dice, tampoco hay en ella actividades comerciales a gran escala, la cifra del 1,5% resulta aún más llamativa. ¿Qué explica entonces su vulnerabilidad?

Banderas y puestos de avanzada
En la primera mitad del siglo XX se libró una encarnizada batalla por la Antártida: siete países formularon reivindicaciones territoriales unilaterales, mientras que Estados Unidos y la Unión Soviética se abstuvieron únicamente para evitar que se agravara el conflicto político. Negociado bajo la presidencia de Eisenhower, con Estados Unidos claramente al mando, el Tratado Antártico de 1959 congeló todas las reivindicaciones territoriales, desmilitarizó el continente y lo dedicó a la paz y la ciencia.

Aunque el STA se negoció con las mejores intenciones, parece haber tenido el perverso efecto de acelerar la carrera por el séptimo continente bajo el pretexto de la investigación científica. Para adherirse al Tratado Antártico, los países deben enviar una expedición científica o construir una estación de investigación. Actualmente, las 29 partes con poder de decisión han salpicado la Antártida con un total de 82 puestos de investigación. Dieciocho de ellas tienen varias estaciones (a continuación se muestran los puestos principales).

Pese a esta cifra, los estudios revelan que solo dos países, Estados Unidos y el Reino Unido, producen el 41% de toda la investigación científica antártica. La gran mayoría de las estaciones se establecieron simplemente para afianzar una presencia en la Antártida y enarbolar la bandera nacional.
De hecho, en un continente supuestamente deshabitado, resulta extraño que se hayan asignado nombres de lugares a todos sus rincones. En total, solo 23 países han asignado allí 37.557 nombres de lugares. Esto ha llevado a algunos académicos a pedir la descolonización del continente y a un académico de renombre a preguntarse por qué el mundo logró establecer una estación espacial internacional pero no una estación antártica internacional.
Turismo, pesca y bioprospección
El medioambiente antártico es frágil y actualmente está en riesgo. Aunque las partes del STA han prohibido la minería allí hasta 2048 mediante un Protocolo sobre Protección del Medio Ambiente del tratado principal, la prohibición parece haber estado motivada tanto por el deseo de proteger las reivindicaciones territoriales históricas frente a su erosión como por las preocupaciones ambientales.
Los Estados reclamantes no querían que otros explotaran minas en las zonas que reivindicaban. De hecho, las pruebas sugieren que esos Estados han debilitado deliberadamente la función de supervisión ambiental del STA. Por ejemplo, aunque se exige una evaluación de impacto ambiental (EIA) para todas las actividades en la Antártida, nadie puede vetar una actividad propuesta y la decisión final recae en quien la propone.
Además, las EIA se toman tan a la ligera que rara vez se presentan a tiempo. Un ejemplo es la construcción por parte de Estados Unidos de la ruta al Polo Sur, una carretera de hielo de 1.650 kilómetros de longitud para la que la evaluación de impacto se presentó muchos años después de que comenzaran las obras.
Esta actitud despreocupada hacia la protección ambiental no sería tan significativa si la actividad económica no estuviera aumentando en el continente. El turismo, la pesca y la bioprospección —la explotación de los recursos vivos de la Antártida con fines industriales, médicos y de otro tipo— están ganando terreno. Por ejemplo, en 2013–2014, casi 28.000 turistas desembarcaron en el continente.
De nadie, reclamada por todos
En particular, tanto el turismo como la bioprospección se desarrollan en un vacío normativo casi total. De hecho, como la Antártida pertenece a todas las partes del tratado, la desafortunada realidad es que no pertenece a nadie. En la Antártida, las personas están sujetas únicamente a la jurisdicción penal del país del que son nacionales. Esto deja a las partes del tratado sin poder para detener el daño ambiental que otros causan ante sus propios ojos.
Con la fecha de 2048 cada vez más cerca y la posibilidad de revisar la prohibición de la minería, debemos preguntarnos: ¿qué le depara el futuro a la Antártida? El clima del continente se está calentando, lo que probablemente hará que sus recursos sean más accesibles y que su masa terrestre pueda llegar a ser habitable. En marzo de 2015, se registró una temperatura de 17,5 grados Celsius en la estación meteorológica Esperanza, en el extremo norte de la península Antártica, la temperatura más alta jamás registrada en el continente.
Este calentamiento, sumado a un marco regulatorio ambiental débil y a que apenas el 1,5% de la superficie está designada como área protegida, podría tener consecuencias muy negativas para el continente. No debemos permitir que la renovada batalla por la Antártida se libre a costa de su medioambiente.





