Desde hace décadas, el PIB es la medida estándar del bienestar de una nación. Sin embargo, cada vez está más claro que un impulso económico puede no ir acompañado de un aumento de la felicidad individual.
Aunque hay muchas razones para ello, un factor importante es que, a medida que las naciones se enriquecen, los elementos ambientales, como las zonas verdes y la calidad del aire, suelen verse cada vez más amenazados. Los beneficios para la salud mental de tener acceso a parques o zonas costeras, por ejemplo, se reconocen desde hace tiempo, pero más recientemente los investigadores también han empezado a estudiar el papel que puede desempeñar la contaminación del aire en nuestra salud mental y felicidad en general.
En cuanto a resultados más tangibles, como la salud, el rendimiento cognitivo o la productividad laboral, los efectos adversos de la mala calidad del aire son importantes y están bien establecidos. El vínculo con la mortalidad infantil y las enfermedades respiratorias es bien conocido, y la Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de 7 millones de muertes al año son atribuibles a la contaminación del aire.
Pero, aunque muchas personas morirán y muchas más contraerán una enfermedad crónica, centrarse en indicadores objetivos como estos aún puede subestimar el verdadero coste para el bienestar. Esto se debe a que ahora hay pruebas sólidas de un vínculo directo entre la calidad del aire y la salud mental y la felicidad en general.
Pruebas de todo el mundo
Estas pruebas proceden de una gran variedad de estudios realizados en distintos países y con diferentes enfoques analíticos. Los más convincentes siguen a las mismas personas a lo largo del tiempo y concluyen que los cambios en la calidad del aire de sus barrios se relacionan con cambios en la felicidad que declaran.
Un estudio especialmente innovador examinó qué ocurrió cuando se instalaron equipos diseñados para reducir las emisiones en grandes centrales eléctricas de Alemania. Los investigadores tuvieron acceso a datos sobre la felicidad recopilados en una encuesta de larga duración a un panel de unos 30.000 alemanes, y clasificaron a cada persona según viviera a barlovento o a sotavento de una central eléctrica (o lejos de ella).
La investigación constató que, tras la instalación, quienes vivían a sotavento experimentaron una mejora significativa de sus niveles de felicidad, mientras que sus vecinos a barlovento no se beneficiaron. Este tipo de comparación —un experimento natural que sería imposible y quizá poco ético reproducir en un laboratorio— ayuda a confirmar que la mejora de la felicidad se debió a la mejora de la calidad del aire y no a otros factores.
Economistas y científicos buscan continuamente nuevas formas de comprobar esta relación. Un ejemplo, publicado recientemente en Nature Human Behaviour, procede de China. Los investigadores analizaron el sentimiento expresado en 210 millones de mensajes con geolocalización en la plataforma de microblogs Sina Weibo (un equivalente chino de Twitter). Como sabían desde dónde se habían enviado esos tuits y si expresaban felicidad o tristeza, pudieron relacionarlos con un índice local diario de calidad del aire, lo que permitió establecer una conexión en tiempo real entre la contaminación del aire y la felicidad. Al analizar datos de 144 ciudades chinas, descubrieron que la felicidad declarada era significativamente menor en los días con niveles de contaminación relativamente más altos.
Este estudio se suma a un conjunto de investigaciones que sugieren que la contaminación del aire puede ser perjudicial para la felicidad; pero aún necesitamos investigar más por qué ocurre esto. Aunque sin duda la salud es un factor, sabemos por estudios que controlan el estado de salud que la contaminación del aire afecta a la felicidad más allá de cualquier efecto indirecto sobre la condición física. Entre las posibles razones de este vínculo directo están aspectos estéticos como la bruma, el olor e incluso el sabor, así como la preocupación por la salud propia o la de otras personas. La contaminación del aire también ha sido objeto de varios estudios sobre el deterioro cognitivo, pero todavía es demasiado pronto para decir si realmente influye en la salud cerebral.
Mejorar el bienestar de la ciudadanía sigue siendo un objetivo evidente e importante de las políticas públicas. Hasta la fecha, el enfoque principal ha sido el bienestar material, pero muchos científicos sociales y responsables políticos sostienen ahora que debemos tener en cuenta cómo piensan y sienten las personas respecto a la calidad de su vida. Esto no significa ignorar factores materiales como los ingresos o la salud física. Más bien, una visión integral del bienestar social debe combinar indicadores objetivos con medidas subjetivas, como la felicidad. Hacerlo ayudará a tener en cuenta el coste total de la degradación ambiental, como la contaminación del aire. Y, como resultado, todos estaremos mejor.






