Los fenómenos meteorológicos extremos son una de las principales consecuencias del cambio climático y se están volviendo más frecuentes, intensos e imprevisibles. Lo que se necesita no es solo prestar ayuda cuando ocurre una catástrofe, sino adaptarse a los enormes efectos que producen estos fenómenos, como enfermedades, inestabilidad política y tensiones económicas: cuestiones que se analizan en otras partes de este informe. Es evidente que adaptarse a los fenómenos meteorológicos extremos —o, idealmente, prevenirlos— da mejores resultados para todos.
Los fenómenos meteorológicos extremos han acaparado recientemente los titulares y han causado una devastación inmensa. Todos los continentes se han visto afectados: desde una de las tormentas más intensas del mundo, que azotó Filipinas, y el tornado más ancho jamás registrado en Estados Unidos, hasta las sequías extremas que asolan África central, Brasil y Australia, y una serie de inundaciones enormes en Pakistán.
La mejora de los modelos informáticos facilita a los científicos evaluar la influencia del cambio climático provocado por el ser humano en fenómenos meteorológicos extremos concretos, una tarea que antes resultaba difícil. El informe de 2014 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático sobre mitigación del cambio climático aportó nuevas pruebas que relacionan los fenómenos meteorológicos extremos con el cambio climático. La Sociedad Meteorológica Estadounidense reunió investigaciones de 92 científicos para examinar 16 de los fenómenos meteorológicos más importantes de 2013 y concluyó que el calentamiento global aumentó considerablemente el riesgo de que se produjeran olas de calor intensas. A pesar de ello, existe una verdadera incapacidad para comprender el problema que tenemos delante. La falta de liderazgo internacional ha afectado sin duda al desarrollo de esta tendencia.
La ironía y la crueldad del cambio climático consisten en que los costos de los fenómenos meteorológicos extremos son más elevados para los miembros más pobres de la sociedad. Son quienes menos capacidad tienen para hacerles frente y quienes menos pueden permitirse un seguro. Más del 90 % de los encuestados este año en la Encuesta sobre la Agenda Global espera que Asia sea la región más afectada por el aumento de los fenómenos meteorológicos extremos. Esta cifra es significativamente superior a la de las demás regiones, que se sitúa entre el 10 % y el 51 % (cada encuestado nombró hasta tres regiones).
Los fenómenos meteorológicos extremos están cambiando la percepción del cambio climático. Sin embargo, cuando pensamos en el cambio climático, pensamos menos en sus efectos, ya evidentes, y más en las emisiones, sobre todo las relacionadas con la producción de energía y el carbono. Lamentablemente, esto hace que la mayoría de los debates sobre el cambio climático se reduzcan a hablar de la gestión del carbono. La gestión del carbono es, sin duda, el desafío esencial de la mitigación, pero en un mundo definido por los impactos climáticos y la adaptación —y ese es el mundo en que vivimos actualmente— no basta con centrarse únicamente en la gestión del carbono.
Debemos hacer más, y veo una gran oportunidad para que el sector privado la aproveche. Puesto que el desafío de responder es el desafío del desarrollo, debemos convertirlo en una cuestión de inversión. Actualmente, solo estamos poniendo parches al problema: ocurre la catástrofe y expresamos nuestro pesar. Recaudamos fondos y enviamos ayuda. Intentamos aliviar todo el sufrimiento que podemos, con las mejores intenciones. Sin embargo, seguimos esperando la próxima crisis. Ir de una catástrofe a otra simplemente no funcionará.
La manera de convencer a los países y a las empresas para que inviertan en resiliencia climática es la misma que para lograr que inviertan en mitigación. En primer lugar, hay que realizar gastos que no generen arrepentimiento: invertir en políticas que sean beneficiosas incluso si no hiciera falta adaptarse al cambio climático; por ejemplo, en infraestructura. En segundo lugar, hay que buscar oportunidades fáciles de aprovechar: políticas poco costosas con grandes beneficios netos, como la preparación ante desastres y las actividades de alerta temprana. Por último, hay que considerar los costos y beneficios a largo plazo. Las inversiones en adaptación a tecnologías sostenibles y resilientes (como la agricultura salina) son tan buenas como las inversiones en energía limpia. También hay que tener en cuenta que los desastres son impredecibles. Una buena política de adaptación nos protege del costo de desastres potencialmente gigantescos.
En resumen, la solución es reforzar la resiliencia antes de que ocurra una catástrofe. Eso significa invertir en avances que funcionen en el futuro, no solo a corto plazo. Los costos pueden ser elevados y el ritmo del cambio, lento, pero los beneficios a largo plazo son considerables: para las economías nacionales, las empresas y, sin duda, las poblaciones más pobres y vulnerables, que sufrirán y pagarán las consecuencias si no tomamos estas medidas.
El informe La perspectiva de la Agenda Global 2015 ya está disponible.
Autor: Adil Najam es decano de la Escuela de Estudios Globales Frederick S. Pardee de la Universidad de Boston y profesor de Relaciones Internacionales y de Tierra y Medio Ambiente.
Imagen: Un rayo cae sobre edificios durante una lluvia intensa en Kunshan, provincia de Jiangsu, el 2 de septiembre de 2014. Fotografía tomada el 2 de septiembre de 2014. REUTERS/Stringe


