A estas alturas, la desaceleración del crecimiento de la productividad en Estados Unidos y otros países de ingresos altos es una tendencia bien conocida y muy lamentada. Un aspecto del crecimiento de la productividad que se aprecia algo menos es que la desaceleración ha ido acompañada de un aumento de la dispersión, o desigualdad, de la productividad laboral entre las empresas. Esta tendencia no se limita a la economía estadounidense. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos la haidentificado como un problema para la mayoría de las economías de ingresos altos. Esta dispersión de la productividad, combinada con la disminución de las tasas de crecimiento, apunta a explicaciones de la desaceleración que implican una ruptura en la difusión de la productividad entre las empresas.
En un nuevo artículo preparado para una conferencia de la Oficina Nacional de Investigación Económica, cuatro economistas —Lucia Foster y Cheryl Grim, de la Oficina del Censo de Estados Unidos, y John Haltiwanger y Zoltan Wolf, de la Universidad de Maryland— examinan qué ocurre con la productividad después de que nuevas empresas entran en un mercado a raíz de una innovación. Los autores analizan datos de productividad que abarcan toda la economía estadounidense, no solo el sector manufacturero, en el que se centran muchos estudios sobre productividad.
Para comprender la relación entre innovación y productividad, los autores utilizan un modelo que examina cómo se produce una innovación que, a su vez, lleva a una persona (o varias) a iniciar un nuevo negocio. La nueva empresa entra en una industria y la innovación se difunde. Entran otras empresas nuevas, y las más antiguas intentan adaptar sus negocios a la luz de la innovación. El resultado es un aumento de la dispersión de la productividad en toda la industria. Pero luego los recursos empiezan a fluir hacia las empresas más productivas, lo que incrementa el crecimiento de la productividad.
El análisis del artículo concluye que esta descripción del crecimiento de la productividad se sostiene al examinar los datos del aumento de la productividad de finales de la década de 1990. Aumentó la entrada de nuevas empresas con nuevas innovaciones, lo que incrementó la dispersión de la productividad a corto plazo; luego, el crecimiento de la productividad fue mayor entre tres y cuatro años después de ese aumento de la entrada. Sin embargo, la descripción parece dejar de encajar durante la desaceleración de la productividad de la década de 2000. Disminuyó la entrada de nuevas empresas en la economía, pero aumentó la desigualdad de productividad mientras se ralentizaba el crecimiento. El resultado actual es que las empresas de alta productividad coexisten con las de baja productividad. Cabría esperar que la nueva innovación se difundiera por toda la economía, pero algo ha impedido que esa transmisión se produzca.
Los autores señalan que esta combinación de tendencias apunta a la existencia de fricciones en la economía —en forma de barreras de entrada o de falta de respuesta a los shocks de productividad—, porque los recursos no necesariamente fluyen hacia las empresas más productivas. Estas fricciones, sobre todo en lo que respecta al empleo, pueden resultar familiares a quienes hayan leído estudios sobre el aumento de la desigualdad entre empresas. Como señala James Pethokoukis, del American Enterprise Institute,la creciente clasificación, en grupos de alta y baja productividad, de las empresas también tiene que ver con la desigualdad de ingresos. Los responsables de formular políticas deberían prestar más atención a los análisis económicos que buscan explicar tanto por qué no se difunde la productividad como por qué aumenta la desigualdad de ingresos entre empresas —con salarios más altos y un fuerte crecimiento de la productividad en algunas empresas, y un crecimiento salarial bajo junto con un débil crecimiento de la productividad en otras—.



