Aunque la rápida digitalización y automatización observadas en las últimas décadas han contribuido enormemente al crecimiento de la productividad, también han provocado que esta se distribuya de forma desigual entre los distintos sectores, lo que ha generado brechas de rentabilidad y desigualdad salarial. Esta secuencia de acontecimientos es más probable entre empresas que operan dentro de una misma industria que entre sectores. Un pequeño grupo de grandes multinacionales, que utilizan modelos de negocio basados en plataformas y tienen una capacidad cada vez mayor para personalizar productos, está empezando a dominar el mercado global. Hoy, las empresas industriales con ingresos superiores a 1.000 millones de dólares obtienen más de la mitad de los ingresos globales totales de la industria.
A largo plazo, esta tendencia puede consolidar el modelo de economía dual, en el que las empresas de alta tecnología con empleados altamente cualificados y bien remunerados coexisten con empresas de baja productividad que utilizan tecnologías obsoletas y crean empleos de baja calidad. Esto podría suponer el regreso al panorama económico de hace más de cien años, denominado Edad Dorada en la historia económica de Estados Unidos. Estos resultados económicos se traducen en una situación social difícil, que se refleja en las opciones políticas extremas de ciertos grupos.
Las disparidades aumentan no solo en las economías avanzadas, sino también a escala internacional, entre países desarrollados y en desarrollo. Para los países que buscan alcanzar a los más avanzados y evitar la trampa de los ingresos medios, esto puede plantear importantes desafíos de desarrollo y ralentizar significativamente el proceso de convergencia. La Cuarta Revolución Industrial eleva las barreras de entrada al mercado, ya que las principales ventajas competitivas se obtienen mediante el acceso a los datos, inversiones en soluciones digitales integradas —que conllevan costes sustanciales— y cualificaciones avanzadas y poco comunes.

Ante estos cambios, las ventajas competitivas actuales de las economías de ingresos medios, basadas principalmente en los bajos costes laborales y muy dependientes de grandes inversiones extranjeras en activos fijos, están perdiendo importancia. Al mismo tiempo, las inversiones en nuevas tecnologías requieren un esfuerzo financiero considerable —especialmente en el caso de las empresas de países con escasez de capital— y hacen necesario crear ecosistemas complejos e innovadores, lo que a su vez implica una competencia por el talento y por instituciones de calidad. La transformación desde un modelo de desarrollo económico dependiente, en el que los medios de producción se pueden sustituir fácilmente, exige adoptar una nueva estrategia de desarrollo. Por tanto, la mejora de la posición en las cadenas globales de valor depende inevitablemente del acceso a financiación, talento, capital social y un entorno institucional eficiente.
La situación de Polonia —un país que suele considerarse de ingresos medios, pero que está a punto de incorporarse a categorías superiores— encaja perfectamente con el patrón descrito. El modelo liberal adoptado en Polonia durante la transición económica ya no puede hacer frente a las nuevas condiciones económicas derivadas de la Cuarta Revolución Industrial. Hacer frente a la competencia internacional exige un aumento drástico de la escala de inversión en conocimiento y capital humano. Para ello habría que localizar sectores prometedores que impulsen el crecimiento y luego centrarse en ellos, tanto desde el sector público como desde el privado. Por tanto, es esencial implementar un nuevo modelo de desarrollo responsable que garantice el apoyo a la innovación y distribuya socialmente los beneficios de acuerdo con el riesgo asumido. En estas nuevas circunstancias, una actitud pasiva de las instituciones públicas podría condenar a la economía polaca a un prolongado estancamiento de su desarrollo económico.
También cabe señalar que las crecientes diferencias de productividad entre países no son un problema exclusivo de los países que buscan alcanzar a los más avanzados. La aparición de empresas de talla mundial plantea un desafío para todas las economías, incluidas las más eficientes. La globalización y la digitalización, en ausencia de una regulación adecuada, podrían paradójicamente frenar el comercio internacional, ya que la ampliación de la brecha de productividad puede desencadenar tendencias proteccionistas. Esa desintegración también afectaría negativamente a las economías más desarrolladas.
Aunque los beneficios de la digitalización y la automatización de la producción pueden contribuir a un aumento sin precedentes de la generación de valor añadido, no necesariamente se traducirán en una mayor prosperidad para todos. Por eso es sumamente importante adaptar los instrumentos de política económica al nuevo entorno económico. Solo una participación activa del Estado puede garantizar un desarrollo verdaderamente sostenible.



