La forma de fabricar productos ha evolucionado considerablemente en las últimas décadas. Hoy en día, la mayoría se producen en grandes fábricas de regiones de bajo coste, principalmente en Asia, pero también, cada vez más, en Europa oriental y Sudamérica.
Esto ha beneficiado en gran medida a los consumidores. Los productos fabricados en el extranjero han impulsado nuestros automóviles, conectado nuestras redes y equipado nuestros hogares. La reducción de los costes de fabricación ha hecho que más productos sean más asequibles para más personas. Sin embargo, hay indicios de que este enfoque ha llegado a sus límites. Las reservas de mano de obra de bajo coste en países lejanos se están agotando y, en los entornos de fabricación más cercanos a los consumidores, la creciente clase media mundial se muestra reacia a realizar tareas repetitivas, lo que está provocando una elevada rotación de personal.
Cada vez es más difícil encontrar mano de obra en las regiones de bajo coste para fabricar productos, y las repercusiones en el empleo local y el medioambiente, así como los retrasos en la distribución de productos en todo el mundo, se están agravando. A la vez, la demanda de los consumidores de productos locales y personalizados es una tendencia que no ha dejado de crecer. Hace varios años, una investigación concluyó que más del 50 % de los consumidores afirmaba preferir las compras personalizadas, y la mayoría de ellos decía que incluso estaría dispuesta a pagar más por un producto o servicio personalizado.
Este nuevo paradigma de consumo ofrece enormes oportunidades para que las grandes empresas prosperen en una economía local, si están preparadas para aprovecharlas. La clave para abrir estas oportunidades está en una operación de fabricación distribuida, basada en una red de fábricas más pequeñas, ágiles y flexibles, ubicadas en todo el mundo y más cerca de los clientes. En pocas palabras, las empresas deben pensar cada vez más a escala global —en función de las necesidades emergentes de los clientes—, pero fabricar localmente —para satisfacer esas necesidades—.

La posibilidad de contar con fábricas más pequeñas y distribuidas, junto con ecosistemas que atiendan a los mercados regionales, frente a un gran centro de producción que envía productos a todo el mundo, puede parecer contraria a la concepción habitual de la industria sobre la eficiencia de costes y la escala. La automatización está demostrando ser un vínculo importante entre las grandes empresas y sus estrategias de localización. Permite localizar la fabricación e impulsar la innovación, con menores costes y mayor eficiencia.
Aquí es donde entran en juego las microfábricas. Estas fábricas más pequeñas recurren a la automatización en lugar de depender de mano de obra humana costosa; así garantizan la calidad y la uniformidad de los productos, al tiempo que permiten ampliar la escala mediante una producción eficiente. Gracias a sus menores costes operativos, las microfábricas democratizan eficazmente la innovación, al facilitar el acceso a la fabricación a emprendedores, inventores y creadores. Por ejemplo, si alguien tiene hoy una idea para un producto nuevo, aunque cuente con las habilidades técnicas necesarias, no puede fabricarlo a escala sin invertir un capital considerable. Dentro de 10 años, veremos cómo las microfábricas rentables impulsan una nueva ola de innovación en todos los sectores, a medida que la fabricación se vuelve accesible para todas las personas.
Una mayor proximidad geográfica a los clientes también significa estar más cerca de sus gustos y preferencias. Una empresa no solo puede adaptar el producto en sí para que se ajuste mejor a ese mercado, sino también centrar sus esfuerzos de marketing en productos diseñados y fabricados localmente, y sentirse orgullosa de ello. Las políticas geopolíticas refuerzan esta tendencia, ya que los productos fabricados más cerca de quienes los compran no están expuestos a la misma amenaza de cambios en las estructuras arancelarias. Además, una menor huella de fabricación ayuda a las empresas a alcanzar sus objetivos de sostenibilidad.
El argumento más evidente contra la adopción de una planta de fabricación más automatizada es la pérdida de puestos de trabajo para los trabajadores humanos, pero los beneficios de las microfábricas automatizadas superan con creces esas pérdidas. Según un estudio de Deloitte y The Manufacturing Institute, cada puesto de trabajo en la fabricación genera 2,5 empleos en bienes y servicios locales, y por cada dólar de valor creado en la fabricación, se generan otros 1,37 dólares de valor adicional en otros sectores. En última instancia, el crecimiento del empleo impulsado por la fabricación local compensa en buena medida la globalización. Se ha especulado mucho con la idea de que la Industria 4.0 eliminará puestos de trabajo en la fabricación, pero un enfoque de «pensar globalmente, fabricar localmente» va en contra de esa tendencia. Aunque, a escala mundial, la pérdida de empleos por la automatización superará la creación de puestos de trabajo que esta genera, a escala local la automatización crea empleo; no lo destruye.
En pocas palabras, la globalización ha agotado su recorrido. Antes elogiado por su rentabilidad, el enfoque globalizado pierde todo su efecto en un mundo donde la mano de obra de bajo coste disminuye rápidamente y la demanda de autenticidad por parte de los consumidores no deja de aumentar. En este mundo cambiante, adoptar un enfoque local de la fabricación es esencial para que las empresas tengan éxito. La automatización inteligente permitirá a las grandes empresas adoptar la localización y fabricar más cerca de sus clientes que nunca. En este contexto, la innovación de productos prima sobre las ventajas de costes, y ningún actor es demasiado grande o demasiado pequeño para beneficiarse.



