Estamos al borde de varios avances tecnológicos fundamentales. La conducción autónoma, la fabricación totalmente automatizada y el cuidado en el hogar a cargo de robots ya no son cosa de películas de ciencia ficción. Las innovaciones más llamativas y controvertidas se refieren a la robótica, la inteligencia artificial y el aprendizaje automático: estas áreas nos exigirán interactuar con sistemas técnicos que realmente parecen tener vida propia.
Muchos países han situado la «digitalización» en lo más alto de sus agendas en materia de educación, empleo y desarrollo social y económico. Hasta ahora, la principal preocupación ha sido la pérdida de empleos en el futuro, la desaparición de categorías laborales enteras y los cambios necesarios en la formación, las competencias y las nuevas oportunidades de empleo. Con demasiada frecuencia, se da por sentado que la tecnología seguirá su propio curso y que los trabajadores y la sociedad simplemente tendrán que adaptarse. Nosotros tenemos otra opinión. Las personas diseñan las tecnologías. Las sociedades configuran las instituciones y las políticas que determinan cómo se utiliza la tecnología, quién se beneficia de ella y cómo quienes soportan los costes del cambio pueden recibir una compensación de quienes obtienen sus beneficios.
Todas las partes implicadas en el debate actual sobre el futuro de la producción y el trabajo deberían dar un paso atrás y cuestionar la premisa de que no se puede influir en la tecnología. Debemos preguntarnos qué impulsa la innovación tecnológica y, después, debatir cómo orientarla para generar mayor prosperidad económica y trabajo decente para todos. Desarrollar las competencias adecuadas y preparar a las personas para los cambios potencialmente enormes en su vida laboral resulta más fácil cuando podemos controlar lo que nos depara el futuro, al menos hasta cierto punto.
Ingenieros y científicos deberían relacionarse directamente con los usuarios y consumidores de sus productos. Esto podría implicar poner en contacto a los trabajadores con profesionales del diseño para explorar cómo puede utilizarse la tecnología para mejorar el proceso de producción y fomentar un crecimiento inclusivo.
Para lograrlo eficazmente, quizá se necesiten nuevos modelos de representación de los trabajadores. Entre ellos figuran marcos más flexibles para los acuerdos laborales y un mejor diálogo individual con los empleados. Los representantes laborales de varios países, en particular de Alemania, ya participan en debates sobre cómo impulsar un progreso industrial que contribuya a una prosperidad más ampliamente compartida. Deberían ofrecerse oportunidades similares a los trabajadores de todo el mundo.

Históricamente, las empresas manufactureras han tendido a invertir en exceso en automatización sin prestar suficiente atención a las cuestiones sociales. A menudo han intentado resolver mediante la automatización sus problemas de productividad y mano de obra.
Por ejemplo, en la década de 1980, General Motors gastó más de 50.000 millones de dólares en robótica con el objetivo de alcanzar a productores japoneses más eficientes. Sin embargo, terminó la década como productor de costes elevados porque no mejoró las competencias de su plantilla ni cambió sus prácticas laborales de manera que las nuevas tecnologías resultaran rentables. Mientras tanto, Toyota alcanzó niveles de productividad de categoría mundial al introducir gradualmente nuevas tecnologías e invertir a la vez en sistemas de trabajo en equipo y en una formación amplia de sus trabajadores.
Aunque cabría pensar que ya se aprendió esta lección, al parecer no ha llegado a Elon Musk, de Tesla. Irónicamente, en la misma fábrica de Fremont, California, donde Toyota alcanzó altos niveles de productividad al introducir gradualmente la tecnología y colaborar con los trabajadores y su sindicato, Tesla no está cumpliendo ahora sus objetivos de producción por seguir una estrategia de automatización total. Y, como era de esperar, los trabajadores de su fábrica intentan organizar un sindicato para protestar por lo que consideran problemas de seguridad persistentes, exceso de trabajo y salarios bajos, mientras que los inversores están preocupados porque las reservas de efectivo de la empresa se están agotando.
Asimismo, algunos han criticado los quince institutos de fabricación avanzada financiados actualmente por el Gobierno de Estados Unidos. Pese a los llamamientos a invertir en las competencias de la fuerza laboral, los primeros análisis de estos distintos programas concluyeron que la formación y el desarrollo de la fuerza laboral habían quedado relegados frente al énfasis en el diseño tecnológico. Sin embargo, el trabajo en fabricación avanzada de productos ligeros constituye una excepción. Este grupo sigue un enfoque más integrado del desarrollo tecnológico y de la fuerza laboral. Está creando nuevas alianzas entre empresas y centros de formación técnica para garantizar que la fuerza laboral tenga las competencias adecuadas para utilizar los nuevos materiales y tecnologías.
Investigadores y fabricantes de todo el mundo están empezando a adoptar este enfoque más proactivo e inclusivo de la tecnología. Grandes instituciones de investigación, como el MIT y la ETH de Zúrich, están creando grupos de trabajo para abordar el problema. Quedan por delante muchas preguntas difíciles. Considerar las distintas opciones para una innovación inclusiva es un primer paso importante.



