Hace setenta años, los fundadores de las Naciones Unidas plasmaron por escrito nuestra comprensión de la humanidad que compartimos en la Declaración Universal de Derechos Humanos.
«El reconocimiento de la dignidad inherente ... a todos los miembros de la familia humana es la base de la libertad, la justicia y la paz en el mundo», comenzaba la Declaración. Esta afirmó que la dignidad era un antídoto contra la desigualdad, la intolerancia y la injusticia que habían conducido a dos devastadoras guerras mundiales.
Hoy nos enfrentamos a muchas de esas mismas divisiones. Los conflictos por las fronteras, las religiones, la política, la raza y el género siguen aquejándonos. Algunos dirían que cada vez más. Siete décadas después, ha llegado el momento de volver al poderoso y transformador concepto de dignidad que consagra la Declaración y de empoderar a los jóvenes para que adopten sus principios.
La dignidad requiere una elección consciente y una acción deliberada. Como todo lo que queremos hacer bien, hay que practicarla. Como señala Donna Hicks, especialista en dignidad y asociada de Harvard, todos podemos nacer con dignidad, pero no nacemos sabiendo cómo comportarnos de acuerdo con ella.
La buena noticia es que la dignidad se puede enseñar. Se puede aprender. Las palabras de Nelson Mandela nos vienen a la mente:
«Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. La gente tiene que aprender a odiar y, si puede aprender a odiar, también se le puede enseñar a amar, pues el amor surge de manera más natural en el corazón humano que su opuesto».
Por eso debemos involucrar activamente a los jóvenes para que reconozcan su propia dignidad y valía. En las aulas, los centros comunitarios, los lugares de culto, los campos de refugiados y el hogar, tenemos que ayudarles a comprender que todos y cada uno tenemos derecho a recibir un trato digno. Y, a su vez, que todos tenemos la responsabilidad de tratar a los demás con dignidad.
Como queremos un mundo donde triunfen la compasión, la comprensión y el amor, en 2006 fundamos Global Dignity. Convencidos de esta visión compartida, Jóvenes Líderes Globales, Global Shapers y Emprendedores Sociales de la Fundación Schwab han llegado desde entonces a casi dos millones de jóvenes mediante las Jornadas de la Dignidad celebradas en todo el mundo.
¿Por qué? En el plano personal, cultivar la conciencia de nuestra propia dignidad nos ayuda a mantenernos fieles a nuestros principios cuando alguien nos hace daño. Pensemos en personas como Gandhi, la Madre Teresa, Rosa Parks, el Dr. Martin Luther King Jr. y Malala Yousafzai. Sus luchas por los derechos humanos se basan en la compasión y el amor, no en la venganza y el odio. Como una brújula ética, la dignidad los mantuvo centrados en sus ideales de justicia y paz e inspiró a otras personas a adoptar y difundir sus valores.
Cuando los jóvenes reconocen su propio valor inherente y el valor fundamental de todas las demás personas, pueden construir comunidades donde los valores de la dignidad ocupen un lugar central en nuestros sistemas políticos, económicos, educativos, sanitarios y judiciales.
La dignidad es el gran elemento igualador. Supera todas las divisiones y nos une en torno a nuestra humanidad compartida.
Tenemos el conocimiento y la tecnología para trascender los conflictos y el odio, y crear culturas de dignidad en nuestras organizaciones, escuelas, lugares de trabajo y comunidades.
Renovemos nuestro compromiso de honrar la Declaración Universal de Derechos Humanos, alentando a los jóvenes a adoptar los valores de la dignidad y llevarlos a la práctica.
Enseñémosles a amar.
Para obtener más información o participar, visita www.globaldignity.org


