¿Qué nos impide cooperar?

People walk bare-footed along the beach in Leucadia, California January 15, 2014. REUTERS/Mike Blake (UNITED STATES - Tags: ENVIRONMENT SOCIETY) - GM1EA1G0ZHN01
Or why we don't want to be a 'sucker'.Image: REUTERS/Mike Blake
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No es tanto la tentación de seguir nuestro interés propio o de beneficiarnos sin contribuir. Más bien, es nuestro temor a ser explotados por otros, escribe Friederike Mengel.

La cooperación es un aspecto esencial de la vida, desde los biofilms bacterianos hasta los insectos sociales, y desde las amistades y las colaboraciones laborales hasta la conservación del medio ambiente, la participación política y las relaciones internacionales. Sin embargo, establecer la cooperación en un mundo competitivo adolece de dos problemas estrechamente relacionados. Por un lado, existe el riesgo de que quien coopera sea el «incauto», es decir, una de las pocas personas que cooperan mientras todos los demás se benefician de sus esfuerzos sin contribuir. Pero también nos enfrentamos a la tentación de seguir nuestro interés propio y de beneficiarnos sin contribuir a costa de otros.

Mi investigación demuestra que, en muchas situaciones, no es tanto la tentación, sino el riesgo de ser el «incauto» lo que impide que las personas cooperen. Por tanto, no es porque seamos codiciosos ni porque la naturaleza humana sea perversa por lo que a menudo no logramos cooperar. Por el contrario, la mayor parte del tiempo, es nuestra preocupación por ser explotados por otros lo que nos impide cooperar.

Para estudiar la cooperación en condiciones controladas, utilizo «juegos económicos», en los que a los participantes se les entrega dinero y deben elegir cuánto (si es que deciden gastar algo) destinar a beneficiar a otros. Uno de estos juegos es el dilema del prisionero. En el dilema del prisionero, dos personas eligen entre dos acciones: cooperar o desertar. Es fundamental que cada una de ellas elija sin saber lo que elige la otra. Si ambas cooperan, obtienen un buen pago; si ambas desertan, su pago es menor.

Hasta aquí, las cosas parecen sencillas: es mejor para ambos cooperar. El dilema radica en que cada uno obtiene el mejor resultado si deserta mientras el otro coopera (tentación), y el peor si coopera mientras el otro deserta (riesgo). Debido a la simplicidad del juego y a la forma en que refleja el equilibrio entre el interés propio y el interés colectivo, el dilema del prisionero se ha estudiado durante más de 50 años en campos tan diversos como la biología, la economía, la ciencia política, la física, la psicología o la sociología, como herramienta básica para comprender el comportamiento cívico o por qué las personas cooperan en situaciones de dilema social. Para nuestra investigación recopilé datos de 96 partidas diferentes del dilema del prisionero, jugadas por más de 3500 personas en seis países distintos.

Descubro que las tasas de cooperación son altas siempre que el juego presenta un riesgo bajo. Esto es particularmente cierto en los llamados juegos de una sola ronda, en los que los participantes interactúan una única vez y no tienen la posibilidad de establecer una reputación. En cambio, el grado de tentación no parece ser demasiado importante en estos juegos. Estos efectos son persistentes y no se debilitan después de que los participantes hayan adquirido experiencia en estas interacciones.

¿Afectan por igual el riesgo y la tentación a mujeres y hombres? La respuesta es «no». Si el riesgo es bajo, las mujeres tienden a ser más cooperativas que el hombre promedio, y si el riesgo es alto, tienden a ser menos cooperativas. Esto también significa que no existe una respuesta universal sobre si las mujeres o los hombres son más cooperativos. Depende del riesgo subyacente.

Es posible que le resulte familiar una situación de tipo dilema del prisionero si alguna vez ha visto el programa de televisión «Golden Balls: Split or Steal?». Los dos concursantes finales de este programa deben decidir de forma independiente si quieren «repartir» (split) o «robar» (steal) el bote. Si ambos concursantes eligen repartir, comparten el bote a partes iguales. Si uno elige repartir y el otro robar, quien roba se queda con el bote y el otro no obtiene nada. Si ambos roban, ninguno se lleva nada. El riesgo es pequeño en este programa, ya que repartir o robar no afecta a mi resultado si la otra persona roba. (En este caso no obtengo nada, pase lo que pase). En cambio, la tentación de robar el bote entero es considerable. Los datos de este programa fueron estudiados por un equipo dirigido por Martijn van Assem en 2012, quien descubrió que la cooperación es «sorprendentemente alta» en este juego, en línea con el bajo riesgo que presenta.

De hecho, las situaciones de dilema social que implican una tensión entre el interés propio y el interés del grupo están en el centro de muchas interacciones, no solo en los programas de concursos, sino también en la provisión de esfuerzo en equipos, el cumplimiento de obligaciones fiscales, la provisión de bienes públicos o, simplemente, el comportamiento de buena ciudadanía. Por ello, esta investigación tiene posibles implicaciones para el diseño de políticas. Si los responsables políticos logran reducir el riesgo asociado a cooperar, por ejemplo, mediante campañas informativas o transferencias directas, es probable que esto resulte más prometedor que los intentos de reducir la tentación.

Esta entrada de blog se basa en el artículo de la autora «Riesgo y tentación: un metaestudio sobre juegos de dilema social», Economic Journal 128(616), 3182-3209, diciembre de 2018.

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