Leonardo da Vinci no nació siendo un genio. Esto es lo que puedes aprender de él

The portrait of Mona Lisa is pictured on a painting attributed to Leonardo da Vinci during a presentation in Geneva September 27, 2012. A package of diaries said to have been posted to the United States from Britain in the 1960s could provide a vital clue to the origin of a controversial portrait presented in Geneva last month as Leonardo da Vinci's original "Mona Lisa." Picture taken September 27, 2012. REUTERS/Denis Balibouse (SWITZERLAND - Tags: SOCIETY)
Leonardo Da Vinci became a genius through being curious and practicing new skills.Image: REUTERS/Denis Balibouse
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A finales de 2017, Salvator Mundi, uno de los cuadros de Leonardo da Vinci, se vendió por 450,3 millones de dólares.

Para un hijo nacido fuera del matrimonio en el siglo XV, eso es todo un logro. Y, sin embargo, muchos dirían que ni siquiera se acerca a ser su mayor contribución a la humanidad.

Cuando se pronuncia la palabra «Renacimiento», nadie viene a la mente antes que da Vinci. No solo encarnaba al artista, sino que también fue un prolífico inventor que contribuyó a campos que van desde la arquitectura y la música hasta la anatomía y la geometría.

Si te formaras una impresión superficial de esta persona casi mítica, sería difícil llegar a otra conclusión que no fuera que era un genio. Así de sencillo. Y esa conclusión sería acertada. Fue un genio como ningún otro que hayamos visto. Sin embargo, que ese genio estuviera plenamente presente en él desde su nacimiento es otra historia.

Aunque es difícil llegar a una conclusión definitiva sobre alguien que vivió hace más de 500 años, parece que el genio de da Vinci se debió más a la experiencia que a la buena fortuna, como sostiene Walter Isaacson en su libro.

Desde muy joven, más que cualquier talento aparte del que adquirió con la práctica, está bastante claro que lo impulsaba su curiosidad inagotable. Todo lo demás puede remontarse a ella.

Imaginaba, preguntaba, aprendía y hacía cosas muy corrientes de una manera extraordinaria. Aunque su obra quizá no se pueda reproducir, su método sí, y muestra cómo podemos cultivar una curiosidad similar en nuestras propias vidas.

Observar sin distinciones preconcebidas

Si observas la historia y estudias las vidas de muchos grandes inventores, constructores y creadores, encontrarás un hilo común con más frecuencia de la que cabría pensar.

Aunque no siempre sea así, está claro que algunas de las contribuciones más importantes a la evolución de la cultura se han producido en la intersección entre la ciencia y el arte.

Más que la especialización profunda por sí sola, lo que vemos es que la magia de la creatividad y el ingenio humanos surge de combinar distintos campos, perspectivas y personas. Al observar las contribuciones de da Vinci, resulta evidente que él también se movía en una intersección semejante.

Sin embargo, hay algo que distingue a da Vinci: en realidad, nunca consideró que hubiera una distinción. En su manera de observar, parecía haber poca separación entre los campos.

Simplemente observaba, tomaba nota y contextualizaba las cosas como le parecía. No es que un día estudiara ciencia deliberadamente y al siguiente, arte. Para él, eran una misma cosa. Bailaban juntas, y no era posible entender una sin la otra.

Aunque cada vez se habla más de los beneficios del aprendizaje y el pensamiento interdisciplinarios, seguimos trazando límites firmes y dejándonos regir por ellos, como si existieran por naturaleza.

La verdad es que la ciencia y el arte no existen como tales, más allá de las etiquetas lingüísticas que usamos para comprender los distintos aspectos del mundo. Solo hay una realidad, y esta se cruza y se entremezcla consigo misma de formas que no pueden abarcarse mediante disciplinas con nombre propio.

Por supuesto, nombrar, etiquetar y establecer límites nos ayuda a ordenar y comprender mejor el mundo, pero, al mismo tiempo, también restringe nuestra curiosidad a un ángulo muy estrecho.

Si quieres ver el mundo tal como es en realidad, tienes que observarlo sin esos prejuicios.

Cuestionar lo cotidiano y lo evidente

Aún se conservan 7.200 páginas de los famosos cuadernos de da Vinci. Se calcula que representan aproximadamente una cuarta parte del volumen total que llegó a existir. Aun así, ofrecen una perspectiva extraordinaria.

En ellos hay registros de su vida tanto en Florencia como en Milán; profundizan en sus sentimientos de duda e inseguridad y hablan de sus relaciones con amigos y colaboradores.

Sin embargo, lo que más destaca, con diferencia, son las preguntas. Y no solo las preguntas sobre asuntos grandes e importantes, sino también las relacionadas con cuestiones aparentemente pequeñas e insignificantes. Le fascinaba literalmente todo. En sus propias palabras:

«Recorrí el campo buscando respuestas a cosas que no entendía. Por qué había conchas en las cimas de las montañas, junto con las huellas de corales, plantas y algas que suelen encontrarse en el mar. Por qué el trueno dura más que aquello que lo provoca, y por qué el relámpago se hace visible al ojo inmediatamente al producirse, mientras que el trueno necesita tiempo para llegar. Cómo se forman los distintos círculos de agua alrededor del punto donde ha caído una piedra, y por qué un pájaro se sostiene en el aire. Estas preguntas y otros fenómenos extraños ocuparon mis pensamientos durante toda la vida».

Aunque la mayoría entendemos la importancia de hacer preguntas para encontrar respuestas, a muchas personas algunas de estas preguntas quizá les parezcan poco interesantes e irrelevantes para sus vidas.

Sin embargo, pasan por alto que algo poco interesante e incluso evidente a primera vista puede ocultar un tesoro por descubrir si se explora a fondo. Muy pocas cosas resultan interesantes en la superficie. A menudo, tenemos que hacerlas interesantes profundizando en ellas.

Muchas de estas preguntas no contribuyeron de inmediato a las obras de arte de da Vinci, pero enriquecieron su manera de ver el mundo, y esa riqueza influyó en cómo pintó valles y ríos, paisajes y montañas, e incluso cuerpos y sonrisas.

Hay todo un mundo de cosas que merecen tu curiosidad, pero tienes que buscarlas para encontrarlas.

Experimentar como si la obra siempre estuviera en proceso

La maldición del perfeccionismo no es infrecuente. Infunde miedo y dudas y, tarde o temprano, afecta a cualquiera que tome decisiones, ya sean artistas o empresarios.

La consecuencia más evidente de semejante perfeccionismo es que frena la producción y la creación. Paraliza a las personas e impide que terminen lo que necesitan ofrecer al mundo para progresar.

Dada la calidad de las pinturas de da Vinci, quizá no sorprenda que también lo atormentara la necesidad de producir solo lo mejor. De hecho, dejó sin terminar la gran mayoría de las obras que comenzó, y hasta las que acabó a veces le llevaron años o décadas.

En el caso de da Vinci, sin embargo, iba más allá. No solo necesitaba ofrecer su mejor obra, sino que tampoco quería dejar de mejorarla. Lo que creaba siempre estaba en proceso porque sabía que aún no había terminado de dominar nuevas técnicas.

Se cree, por ejemplo, que la Mona Lisa se pintó a lo largo de 10 a 14 años. Incluso entonces, parece probable que da Vinci aún no la considerara del todo terminada.

Había retoques pendientes y nuevos métodos por aplicar. Al debatir las posibles fechas del cuadro, algunos estudiosos sostienen que ciertas partes solo pudieron pintarse hacia el final de su vida, debido al estilo empleado. Da Vinci perfeccionó su técnica hasta su muerte.

La idea no es necesariamente que nunca debas dar por terminada una obra o tomar una decisión —deberías hacerlo—, sino que, incluso cuando algo está acabado, aún puede mejorarse.

La realidad no es estática, y tampoco lo son tus decisiones ni tus creaciones. Pueden y deben perfeccionarse con el tiempo, y depende de ti experimentar lo suficiente para asegurarte de ser mejor mañana.

Lo esencial

Equiparar la curiosidad con el genio puede parecer irresponsable, pero si piensas en la curiosidad como una medida de tu implicación y conexión con lo que te rodea, no es una idea tan descabellada.

Leonardo da Vinci veía el mundo como nadie, pero lo hacía por las decisiones que tomaba al relacionarse con él. Eligió estar siempre atento y en sintonía con su entorno.

La forma en que te relacionas con la realidad y la entiendes determina qué aspectos de ella te llaman la atención. La curiosidad es un arma sutil, pero poderosa, que todos y cada uno de nosotros podemos usar para influir en ella.

Ser curioso no garantiza ningún tipo de ingenio, pero no hay genio sin curiosidad.

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