Los gobiernos con igualdad de género, que incluyen el mismo número de hombres y mujeres como titulares de ministerios y en otros cargos del gabinete, solían ser competencia de los países nórdicos, amigables con las mujeres y de sociedades muy progresistas como Canadá y Costa Rica.
Ya no.
El presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, quien asumirá el cargo en diciembre, ha anunciado que las mujeres ocuparán ocho puestos en su gabinete de 16 miembros, incluido el poderoso cargo de secretario de Gobernación.
Y el nuevo presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, se convirtió recientemente en el primer líder mundial en nombrar a mujeres para casi dos tercios de los cargos del gabinete. Ningún país del mundo tiene una proporción más alta de ministerios dirigidos por mujeres. Hace treinta años, España contaba con ninguna mujer en su gabinete.
En Estados Unidos, las mujeres ocupan solo el 20 por ciento de los cargos del gabinete, y en el Reino Unido, el 28 por ciento. A nivel mundial, el promedio es de 18,3 por ciento.
Como científicas políticas que estudiamos la inclusión de las mujeres en los gabinetes, consideramos que el ascenso rápido y constante de las mujeres al poder en España encarna una tendencia que hemos observado en todo el mundo: una vez que más mujeres llegan a los niveles más altos del gobierno, su número tiende únicamente a aumentar.
Lo llamamos el “suelo de hormigón” de la representación política de las mujeres. Para que un gobierno democrático tenga legitimidad en la actualidad, –es decir, que el público en general confíe en sus decisiones– debe incluir a las mujeres.
Los avances generan más avances
La representación de las mujeres no aumenta necesariamente con cada nueva administración.
Pero al estudiar la composición de los gabinetes de gobierno de España, Francia, Australia, Estados Unidos, Canadá, Chile y el Reino Unido entre 1929 y 2016, comprobamos que la presencia de las mujeres sí aumentó acumulativamente –con el paso del tiempo y por encima de las líneas partidistas– en estos países.
Tras una dictadura de 40 años encabezada por el general Francisco Franco, la democracia regresó a España en 1977. Pero pasaría más de una década hasta que las mujeres fueran incluidas en el gobierno. El primer ministro socialista Felipe González nombró las primeras ministras en 1989.
La siguiente administración, encabezada por el primer ministro conservador José María Aznar, elevó el total con cuatro ministras en su gabinete de 14 miembros.
El avance histórico de España llegó en 2004, cuando el primer ministro socialista José Luis Rodríguez Zapatero, que se define a sí mismo como feminista, nombró el primer gabinete con igualdad de género del país: ocho mujeres y ocho hombres.
Actualmente, 11 de los 17 ministros de España son mujeres, incluida, por primera vez en la historia del país, la ministra de Hacienda.
La historia reciente de Francia resulta similar.
El presidente Nicolas Sarkozy nombró a siete mujeres para su gabinete de 15 miembros en 2007. Su sucesor, el socialista François Hollande, tuvo 17 mujeres en su gabinete de 34 miembros. El tamaño de los gabinetes en la mayoría de los países varía de una administración a otra.
En la campaña electoral de 2016, el presidente Emmanuel Macron prometió una representación igualitaria. Hoy, su gabinete está integrado por 11 mujeres y 11 hombres.
A los votantes les gustan los gobiernos inclusivos en materia de género
Nuestra investigación muestra que, cuando los líderes utilizan sus facultades de nombramiento para aumentar el número de mujeres en el gabinete, nunca son castigados en las urnas y, con frecuencia, son aplaudidos a nivel mundial por hacerlo.
Hace apenas unos años, el primer ministro canadiense Justin Trudeau fue celebrado en todo el mundo por conformar un gabinete con igualdad de género. ¿Su argumento? “Porque estamos en 2015”, declaró a los periodistas.
Los líderes que nombran significativamente menos mujeres que sus predecesores, en cambio, se exponen a fuertes críticas de los medios de comunicación y de sus adversarios políticos. Esto puede debilitar su apoyo entre los votantes.
Cuando el primer ministro australiano Tony Abbott nombró a una sola mujer para su gabinete en 2013, tuvo que justificar su decisión “vergonzosa” ante los votantes, el partido de la oposición y la prensa. El gobierno de su predecesor había incluido a tres ministras.
Malcolm Turnbull reemplazó a Abbott dos años después y, de inmediato, nombró a cinco mujeres en su equipo de gobierno.
Cada gabinete con igualdad de género parece generar expectativas de una inclusión de mujeres similar o mayor en el siguiente.
El “suelo de hormigón”
Encontramos varios casos en los que los líderes nombraron a menos mujeres que sus predecesores. Sin embargo, la disminución es, por lo general, mínima.
En el primer gobierno posdictatorial de Chile, elegido en 1990, el presidente Patricio Aylwin reservó a las mujeres solo el 5 por ciento de los cargos del gabinete.
La primera presidenta de Chile, la socialista Michelle Bachelet, tuvo un gobierno con igualdad de género en 2006. Cuatro años después, su sucesor conservador, Sebastián Piñera, nombró a siete mujeres en su gabinete de 23 miembros. Aunque su gobierno no tuvo igualdad de género, las mujeres estuvieron significativamente mejor representadas que antes del gobierno de Bachelet.
Llamamos a este fenómeno el “suelo de hormigón”. Es el umbral mínimo de inclusión de las mujeres para que la sociedad considere que el gabinete de un líder es democráticamente legítimo.
A diferencia del “techo de cristal”, esa sutil barrera invisible que ha mantenido a las mujeres alejadas de los puestos de poder, el suelo de hormigón garantiza que su inclusión en el gobierno sea visible para –y reconocida por– todos los líderes que estudiamos.
La diversidad de género es la única garantía
Un criterio similar se aplica a determinados otros tipos de representación política en algunos, pero no en todos, los países que estudiamos.
En Canadá, Alemania y España, por ejemplo, los gabinetes deben ser geográficamente representativos. Al igual que esos países, Estados Unidos también tiene un sistema federal de gobierno, pero no se espera que los presidentes estadounidenses garanticen que los cargos del gabinete se asignen a personas de distintos estados o regiones.
En Canadá y Estados Unidos, los gabinetes exclusivamente blancos son hoy prácticamente impensables. El presidente Lyndon Johnson nombró al primer miembro afroamericano del gabinete de Estados Unidos –el secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano, Robert C. Weaver– en 1966. Lincoln McCauley Alexander se convirtió en el primer ministro negro de Canadá en 1979.
Mientras tanto, los gabinetes de Alemania y España –dos países cada vez más diversos– siguen siendo totalmente blancos. El único parlamentario negro en España, Rita Bosaho, no fue elegida hasta 2015. Ninguna minoría racial ha ocupado jamás un cargo en el gabinete español.
El género fue el único criterio de representación obligatorio que apareció en los siete países estudiados, en los que los gabinetes exclusivamente masculinos se han extinguido universalmente desde hace un cuarto de siglo.
Las mujeres constituyen la mitad de la población mundial. Ahora, de forma cada vez más evidente e irreversible, los gobiernos democráticos empiezan a demostrarlo.


