Si algo nos han enseñado los últimos años, es que el mundo está conectado de formas que pueden poner de manifiesto nuestra humanidad compartida o resaltar la creciente disparidad entre países y comunidades. También han demostrado que la economía nos afecta a todos y que, gracias a unas comunicaciones más rápidas y accesibles, muchas más personas tienen la inclinación, la oportunidad y la capacidad de presionar para impulsar cambios.
La ola de protestas que va desde la plaza Tahrir, en Egipto, hasta la City de Londres deja muy claro que los líderes ya no pueden eludir sus responsabilidades de empoderar, proteger y apoyar las aspiraciones de sus propios pueblos. Fue alentador que este tema ocupara un lugar central en los debates que mantuvimos este año en el Foro Económico Mundial de Davos.
En mi experiencia, depender demasiado de un liderazgo vertical en épocas de grandes cambios no es la mejor manera de crear sociedades prósperas y dinámicas. Las personas y los grupos exigen a sus líderes una mayor rendición de cuentas y respuestas más eficaces cuando las cosas van mal. También quieren participar en la definición y la construcción de soluciones, en vez de ser observadores pasivos. En el desarrollo del siglo XXI, las personas deben estar en condiciones de ayudarse a sí mismas.
Este deseo de participar más ha coincidido con un rápido aumento de la disponibilidad de tecnologías de comunicación global sencillas y relativamente baratas. La consiguiente difusión del conocimiento y la conciencia supone un gran desafío para todos los líderes, ya sean responsables de una empresa o de un país. En mis conversaciones de los últimos tres días ha quedado claro que este será uno de los temas que definirán la próxima década. Ahora quienes toman decisiones están mucho más presionados para escuchar y responder a las inquietudes de sus clientes, críticos y ciudadanos.
Aunque la austeridad resulta difícil para muchos, crece el consenso de que el cambio es ya inevitable; por eso, esta población recién movilizada exigirá y esperará un uso más eficaz de los recursos disponibles, sobre todo cuando hay vidas en juego. Ante desastres cada vez más frecuentes —y a menudo en zonas urbanas densamente pobladas—, los gobiernos deben tomarse en serio la reducción del riesgo de desastres y la preparación para afrontarlos.
Invertir en medidas de preparación ante desastres aumenta considerablemente el valor y la sostenibilidad de nuestros esfuerzos de desarrollo; además, salva vidas y hace que las respuestas humanitarias sean mucho más rentables. Se estima que cada dólar destinado a estas estrategias genera un ahorro de entre 10 y 15 dólares en la respuesta de emergencia. No debe considerarse una labor caritativa, sino una inversión financiera y social.
Está claro que debemos invertir más en las personas y las comunidades si nos tomamos en serio la erradicación de la pobreza, la reducción del impacto de los desastres y el desarrollo de sociedades más sólidas. Esto es especialmente cierto en tiempos de austeridad.
Bekele Geleta es secretario general de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja
Personas sostienen en silencio teléfonos móviles con las alarmas sonando para mostrar su solidaridad con los manifestantes bielorrusos durante una protesta frente a la embajada bielorrusa en Kiev, el 20 de julio de 2011. En las últimas semanas, activistas se han reunido los miércoles en Minsk, capital de Bielorrusia, para manifestarse en silencio contra el gobierno en un acto llamado «Revolución a través de las redes sociales». REUTERS/Vladimir Sindeyev
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