Hace casi una década, leí una historia en Fortune sobre el secreto mejor guardado de Silicon Valley. No era un dispositivo ni un programa informático. Ni siquiera era un producto. Era un hombre. Se llamaba Bill Campbell y no era un hacker. Era un entrenador de fútbol americano que se había convertido en vendedor. Y, sin embargo, Bill llegó a ser tan influyente que daba un paseo semanal los domingos con Steve Jobs, y los fundadores de Google dijeron que no habrían logrado salir adelante sin él.
El nombre de Bill me sonaba, pero no lograba ubicarlo. Al final caí en la cuenta: lo reconocí de un caso que había enseñado varias veces sobre un dilema de gestión en Apple a mediados de los años ochenta, cuando una joven gerente valiente y brillante llamada Donna Dubinsky cuestionó un plan de distribución del propio Steve Jobs. Bill Campbell era el jefe del jefe de Donna, y le dio exactamente esa clase de amor severo que cabría esperar de un entrenador de fútbol americano: destrozó su propuesta, la presionó para que elaborara algo más sólido y luego la defendió. No volví a oír hablar de él; las siguientes décadas de su carrera eran un misterio.
La historia me dio una pista de por qué: a Bill le encantaba poner a los demás en el centro de atención, pero prefería quedarse él entre bastidores. Yo estaba escribiendo un libro sobre cómo ayudar a los demás puede impulsar nuestro éxito, y de pronto comprendí que sería un personaje fascinante para retratar. Pero ¿cómo se retrata a alguien que rehúye la atención pública?
Empecé reuniendo como pude todo lo que encontraba sobre él en internet. Descubrí que lo que a Bill le faltaba en fuerza física lo compensaba con corazón. Fue el jugador más valioso de su equipo de fútbol americano de la escuela secundaria, pese a medir 5’10” y pesar 165 libras. Cuando al entrenador de atletismo le faltaban corredores de vallas, Bill se ofreció. Como no podía saltar lo suficiente para superar las vallas, simplemente las atravesaba corriendo, magullándose hasta llegar a los campeonatos regionales. En la universidad jugó al fútbol americano en Columbia, donde fue elegido capitán, y luego llegó a ser el entrenador principal del equipo, pasando por seis temporadas perdedoras consecutivas. ¿Su talón de Aquiles? Se preocupaba demasiado por sus jugadores. Le costaba dejar en el banquillo a los jugadores que no tenían beca pero lo daban todo, y se negaba a pedirles a sus estrellas que pusieran el deporte por encima de los estudios. Su objetivo era que sus jugadores triunfaran en la vida, no en el campo. Le interesaba más su bienestar que ganar.
Cuando Bill decidió pasar al mundo de los negocios, fueron sus antiguos compañeros de fútbol americano quienes le abrieron la puerta. Estaban convencidos de que su debilidad en un deporte de suma cero podía ser una fortaleza en muchas empresas. Y así fue: Bill acabó destacando como ejecutivo en Apple y como director ejecutivo de Intuit. Cada vez que hablaba con alguien de Silicon Valley conocido por su generosidad excepcional, me contaba lo mismo: Bill Campbell les había transmitido su visión del mundo. Como no quería molestar al propio Bill, empecé a contactar con las personas a las que había asesorado. Pronto tuve una avalancha de llamadas con sus protegidos, que lo describían como un padre y lo comparaban con Oprah. Por lo general, las llamadas terminaban conmigo anotando una docena de nombres nuevos de personas cuyas vidas Bill había cambiado. Uno de esos nombres era Jonathan Rosenberg.
Cuando me puse en contacto con Jonathan en 2012, se tomó la libertad de incluir al propio Bill en la cadena de correos electrónicos. Bill rechazó aparecer en el libro, cerrando la puerta a ese capítulo y a mi búsqueda de cómo había podido hacer tanto bien por los demás y, al mismo tiempo, prosperar él mismo. Desde entonces, me he preguntado cómo logró florecer como persona generosa en un ámbito que supuestamente recompensa a quienes solo buscan sacar provecho, y qué podríamos aprender de él sobre liderazgo y gestión.
Me alegra decir que, por fin, gracias a Trillion Dollar Coach, tengo las respuestas. El libro revela que, para ser un gran gerente, hay que ser un gran coach. Al fin y al cabo, cuanto más se asciende, más depende el éxito de lograr que otras personas también tengan éxito. Eso es lo que hacen los coaches, por definición.
Durante los últimos diez años, he tenido el privilegio de impartir en Wharton la asignatura básica de trabajo en equipo y liderazgo. El curso se basa en investigaciones rigurosas, y me asombra lo brillantemente que Bill Campbell se adelantó a sus hallazgos. En los años ochenta, ya ponía en práctica teorías que los expertos ni siquiera desarrollarían —y mucho menos validarían— hasta décadas después. También me sorprendió descubrir cuántas de las ideas de Bill sobre la gestión de personas y la formación de equipos siguen siendo terreno fértil para el estudio sistemático.
Bill se adelantó a su época. Las lecciones de su experiencia son oportunas en un mundo colaborativo, donde el destino de nuestras carreras y empresas depende de la calidad de nuestras relaciones. Pero creo que también son atemporales: el enfoque de Bill para formar a otros serviría en cualquier época.
El coaching está de moda: antes solo los deportistas y los artistas tenían coaches, pero ahora los líderes recurren a coaches ejecutivos y los empleados aprenden de coaches de oratoria. Sin embargo, la realidad es que un coach formal solo presenciará una fracción de los momentos en que podrías beneficiarte de comentarios y orientación. Nos corresponde a todos guiar a nuestros empleados, colegas e incluso, a veces, jefes.
He llegado a creer que el coaching podría ser aún más esencial que la mentoría para nuestras carreras y nuestros equipos. Mientras los mentores ofrecen palabras de sabiduría, los coaches se remangan y se ponen manos a la obra. No se limitan a creer en nuestro potencial; entran en la arena para ayudarnos a alcanzarlo. Nos ponen un espejo delante para que veamos nuestros puntos ciegos y nos hacen responsables de trabajar en nuestras debilidades. Asumen la responsabilidad de ayudarnos a mejorar sin atribuirse el mérito de nuestros logros. Y no se me ocurre un mejor modelo de coach que Bill Campbell.
No digo esto a la ligera. He tenido la oportunidad de aprender de cerca de algunos coaches de élite, tanto en los negocios como en el deporte. Como saltador de trampolín, entrené con coaches olímpicos, y más recientemente, como psicólogo organizacional, he trabajado con grandes coaches como Brad Stevens, de los Boston Celtics. Bill Campbell no solo pertenece a ese grupo de coaches de talla mundial: creó su propia categoría, porque podía guiar a personas que hacían un trabajo que ni siquiera entendía.

En 2012, el mismo año en que abandoné la idea de escribir sobre Bill, me invitaron a dar una charla en un evento mundial de Google sobre cómo dirigiría la empresa como psicólogo organizacional. Tras trabajar durante unos años con el pionero equipo de analítica de personas de Google, me quedó claro que casi todo lo bueno que ocurría en la empresa sucedía en equipos. Esa fue mi propuesta en la charla: empezar a tratar los equipos, y no a las personas, como el elemento fundamental de la organización. Mis colegas de Google fueron más allá: pusieron en marcha un estudio importante, que publicaron con el nombre de Proyecto Aristóteles, para identificar las características distintivas de sus equipos más exitosos.
Los cinco factores clave podrían haberse sacado directamente del manual de Bill Campbell. Los equipos excelentes de Google contaban con seguridad psicológica (sus integrantes sabían que, si asumían riesgos, su gerente los respaldaría). Tenían objetivos claros, cada función era significativa y sus integrantes eran fiables y confiaban en que la misión del equipo tendría repercusión. Verán que Bill dominaba el arte de crear esas condiciones: hacía todo lo posible para incorporar seguridad, claridad, sentido, fiabilidad e impacto en cada equipo que guiaba.
Es una lástima que todas las librerías tengan una sección de autoayuda, pero no haya una sección para ayudar a los demás. Trillion Dollar Coach pertenece a la sección dedicada a ayudar a los demás: es una guía para sacar lo mejor de otras personas, brindar apoyo y plantear retos al mismo tiempo, y tomarse en serio la idea de poner a las personas en primer lugar.
Lo más extraordinario de la historia de Bill Campbell es que, cuanto más lees sobre él, más oportunidades ves cada día de parecerte a él. Hay pequeñas decisiones, como tratar con dignidad y respeto a todas las personas que conoces. Y hay compromisos mayores, como dedicar tiempo a interesarte sinceramente por la vida de tu equipo, hasta el punto de recordar a qué colegio van sus hijos.
Bill Campbell no necesitaba ni quería la gloria de aparecer retratado en un libro, y mucho menos ser el protagonista de uno entero. Pero para un hombre que vivió compartiendo sus conocimientos, hacer públicos sus secretos me parece un homenaje adecuado.


