Las cumbres mundiales fueron en otros tiempos acontecimientos extraordinarios que marcaron puntos de inflexión en la historia política internacional. El Congreso de Viena de 1814-15 marcó el final de las guerras napoleónicas y el comienzo del «largo» siglo XIX de Europa, durante el cual las relaciones europeas se rigieron por un equilibrio de poder relativamente estable. La Conferencia de San Francisco puso fin a las guerras mundiales del siglo XX y dio paso a un orden internacional liberal basado en normas, bajo la tutela multilateral de la ONU.
Eran acontecimientos verdaderamente especiales y también poco frecuentes, dada la logística y los riesgos de reunir a los líderes para que se encontraran cara a cara. Pero las revoluciones en el transporte han cambiado esta situación, y ahora la agenda de cualquier líder nacional está repleta de cumbres durante todo el año. Por lo general, no definen exactamente siglos ni épocas y, a menudo, apenas atraen la atención suficiente para sobrevivir al ciclo informativo moderno.
Así que resulta tentador incluir la cumbre del G20 de este año en Hamburgo en la larga lista de reuniones que no tienen gran trascendencia a la luz de la historia. Pero, con el tiempo, quizá se la recuerde como algo bastante trascendental: la cumbre que marcó el fin simbólico —aunque no sustantivo— del liderazgo internacional de Estados Unidos.
Más allá de las noticias cotidianas sobre los tropiezos y el comportamiento extravagante de Donald Trump, el orden internacional liderado por Estados Unidos tal como lo conocemos se está desintegrando. Se trata de una transición fundamental: bajo Trump, EE. UU. sigue replegándose de su papel tradicional de garante mundial de la estabilidad y la seguridad, dejando que la UE y China se disputen el liderazgo.
El apoyo político al internacionalismo estadounidense empezó a resquebrajarse en las montañas de Afganistán y los desiertos de Iraq durante la presidencia de George Bush. El declive del liderazgo quedó señalado de forma contundente con la aparente inclinación de Barack Obama a «liderar desde atrás», algo especialmente evidente en la intervención occidental en Libia; quedó confirmado por su reticencia a hacer cumplir su propia línea roja en Siria y a garantizar la integridad territorial de Ucrania. La decisión de Trump de retirar a EE. UU. de la Asociación Transpacífica y del Acuerdo de París sobre el clima fueron los siguientes pasos en este lento alejamiento del liderazgo mundial.
Entonces, ¿qué sigue y, de hecho, quién será el próximo líder?
Oriente y Occidente
A su manera, tanto la UE como China están en posición de llenar el vacío que dejó la renuncia de Estados Unidos. Como anfitriona de la cumbre de este año, Angela Merkel es quien mejor puede orientar las cosas en beneficio de Europa. Esto es especialmente cierto ahora que la acompaña Emmanuel Macron, dispuesto a invertir el capital político que acaba de obtener en reforzar la unidad europea; una tarea que el Brexit facilita, pues Reino Unido renuncia a la posición que le permite actuar como aguafiestas en Bruselas.
La agenda de Alemania para la cumbrese centra en reforzar el orden multilateral existente y mantener a instituciones como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras en el centro de la arquitectura de gobernanza mundial. El objetivo es preservar el orden liberal, multilateral y basado en normas, aunque Estados Unidos ya no esté dispuesto a respaldarlo.
La bandera de las barras y las estrellas es una bandera más.
Pero China también trabaja para hacerse con el primer puesto, sobre todo reafirmando continuamente su compromiso con el tipo de internacionalismo que antes caracterizaba a Estados Unidos. Está redoblando su compromiso con el Acuerdo de París, impulsando su agenda de desarrollo de la Franja y la Ruta con un entusiasmo inquebrantable y promoviendo los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU.
Lo significativo no es que China ocupe un papel destacado en el escenario mundial mientras Estados Unidos tropieza de camino a la salida, sino que, al hacerlo, sigue el guion liberal, multilateral y basado en normas que Estados Unidos ensayó durante más de 70 años.
Independientemente de quién consiga orientar las cosas a su favor, todo indica que, aunque Estados Unidos pierda su posición privilegiada, quienes estén dispuestos a ocupar su lugar están preparados para liderar según los mismos mecanismos —aunque no necesariamente los mismos principios— que definieron la Pax Americana. Cuando el G20 publique el comunicado de este año el 8 de julio, quizá tengamos la mejor pista hasta la fecha sobre quién liderará el orden multilateral y cómo.


