¿De verdad tienen los hombres y las mujeres estilos de liderazgo diferentes?

Newly elected President Sahle-Work Zewde addresses the House of Peoples' Representatives in Addis Ababa, Ethiopia October 25, 2018. REUTERS/Tiksa Negeri - RC121F910040
Sahle-Work Zewde, the first woman to be elected president of EthiopiaImage: REUTERS/Tiksa Negeri
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En muchos sentidos, 2018 ha sido un año trascendental para el liderazgo político de las mujeres en todo el mundo. En Estados Unidos, las mujeres desempeñaron un papel más importante en las elecciones de mitad de mandato que en cualquier otra elección de la historia del país. Un número récord de 255 mujeres se presentaron a cargos públicos por los dos grandes partidos; de ellas, 117 ganaron. En octubre de 2018, la presidenta de Etiopía es,por primera vez en la historia, una mujer, al igual que la presidenta del Tribunal Supremo Federal del país. La mitad del gabinete del primer ministro Abiy Ahmed está compuesto por mujeres,entre ellas, la ministra de Defensa. En España, Baréin y México, también las mujeres han logrado importantes avances políticos este año.

A menudo se asocia un mayor liderazgo femenino con avances en cuestiones como la salud, la violencia sexual, las brechas de género en el empleo y la inclusión financiera. También suele defenderse el liderazgo femenino como presagio de una mejor gobernanza. ONU Mujeres observa su directora ejecutiva, Phumzile Mlambo-Ngcuka: «Cuando hay más mujeres en puestos de toma de decisiones, vemos decisiones más inclusivas y encontramos soluciones diferentes a problemas de larga data». Esta idea se basa en la creencia de que los hombres y las mujeres tienen estilos de liderazgofundamentalmentedistintosdeliderazgoy de que, una vez en el cargo, las mujeres impulsarán una agenda feminista.

Pero no está tan clara la relación entre los avances en representación numérica y los avances en representación estratégica. Y el historial del liderazgo político femenino (al igual que el del masculino) es dispar. Durante sus ocho años en el cargo, por ejemplo, Cristina Fernández de Kirchner, de Argentina, contribuyó a reducir la brecha de género en la pobreza. También impuso unaprohibición del aborto yincumplió los pagos de préstamos internacionales. Dilma Rousseff nombró a un número récord de mujeres para los cargos más altos de Brasil, incluidos algunos de los puestos ministeriales más importantes. Sin embargo, su presidencia terminó con una economía en apuros y un gobiernoenvuelto en investigaciones por corrupción. Las líderes políticas han participado en conflictos (como la ex primera ministra británica Margaret Thatcher en la guerra de las Malvinas) y han vendido armas a países que reprimen abiertamente los derechos de las mujeres (como lasventas de armas suecas a Arabia Saudita bajo la «política exterior feminista» de la ministra de Asuntos Exteriores Margot Wallström).

Esto plantea la cuestión de los criterios con que se juzga a las líderes, así como la de si el énfasis en simplemente aumentar el número de mujeres en cargos políticos no oculta debates más sofisticados sobre la buena gobernanza y el empoderamiento de las mujeres. Si el historial del liderazgo político femenino es variado, quizá haya más que contar.

Dos ideas erróneas siguen influyendo en los debates sobre el liderazgo político de las mujeres: la noción de que las «cuestiones de las mujeres» de algún modo difieren de otras cuestiones de política —y, de igual manera, que otras cuestiones de política de algún modo no son «cuestiones de las mujeres»—, así como el desdén por las instituciones en las que se enmarcan las líderes, como todos los líderes.

Repensar las «cuestiones de las mujeres»

Qué constituye una «cuestión de las mujeres» sigue siendo objeto de debate, pero suele entenderse que el término incluye la igualdad salarial, la cobertura del cuidado infantil, los derechos reproductivos, la educación de las niñas, la violencia contra las mujeres, la participación política y la propiedad. La historia enseña que no todas las mujeres promueven estas cuestiones. Dos mujeres, Khaleda Zia y Sheikh Hasina, ocuparon sucesivamente el cargo de primera ministra de Bangladés durante 15 años consecutivos (1991–2006). Durante ese período,se hizo poco o nadapara mejorar los derechos de las mujeres. La historia también enseña que el éxito del liderazgo político implica más que promover las cuestiones de las mujeres a costa de otras iniciativas políticas. El Brasil de Rousseff y la Argentina de Kirchner son dos de varios ejemplos. Por supuesto, hay que reconocer la labor de las líderes en favor de otras mujeres. Pero, aún más importante, hay que reconocer sus esfuerzos por mejorar la sociedad en su conjunto.

Este enfoque exige derribar las barreras entre lo que se consideran «cuestiones de las mujeres» y otras cuestiones. La seguridad nacional, la reforma fiscal, las políticas comerciales y económicas, la regulación de la tecnología, las políticas energéticas y la reforma de la justicia penal afectan de forma directa y significativa a las mujeres de todo el mundo. Asimismo, se ha demostrado que incluir a las mujeres en los sistemas financieros nacionales impulsael crecimiento económico sostenible. La educación de las niñas genera beneficios a largo plazo enel nivel de vida nacional y la calidad de las instituciones. Estas cuestiones no son simplemente «cuestiones de las mujeres», sino políticas económicas y sociales sensatas.

Debemos replantear el relato en torno a las «cuestiones de las mujeres» y ampliar el abanico de resultados políticos que se esperan de las líderes políticas. La seguridad nacional y un sólido crecimiento económico son importantes. También lo son combatir la violencia contra las mujeres e igualar los salarios por el mismo trabajo. Debemos esforzarnos más por difuminar la línea entre lo que se percibe como cuestiones de las mujeres y otras cuestiones. Esto permitirá apreciar de forma más integral el liderazgo político femenino y apartará el tema del controvertido ámbito de la política identitaria, donde tantas veces parece estancado.

Las instituciones por encima de las personas

Los debates sobre el liderazgo político de las mujeres también suelen adherirse a una corriente de pensamiento que da prioridad a la capacidad de acción individual por encima de la institucional. Se basan en una especie de concepción weberiana del liderazgosegún la cual la singularidad de la persona (comoquiera que se defina) la capacita de manera excepcional para liderar. Así pues, lo que podría considerarse al menos parcialmente excepcional en Angela Merkel, Hillary Clinton, Theresa May y otras líderes es su condición de mujeres. Además, estas mujeres, por sí solas, importan más que las instituciones de las que forman parte.

Por supuesto,las experiencias vividas por las mujeresdifieren de las de los hombres. Aumentar el número de mujeres en puestos de poder político incrementa la diversidad de puntos de vista políticos. Pero el confuso historial del liderazgo de las mujeres enseña que eso no basta por sí solo. Al igual que sus homólogos masculinos, las acciones políticas de las mujeres están sujetas a restricciones institucionales. Estas restricciones son formales —reglas, leyes y procedimientos— e informales —culturas y normas institucionales—. Kersti Kaljulaid, la presidenta más joven de Estonia y la primera mujer en ocupar el cargo, ha logrado avances notables para encaminar a su país hacia una sociedad digital e inclusiva. Sin embargo,la violencia contra las mujeressigue siendo un problema generalizado en Estonia, y la brecha salarial de género del país es lamás alta de Europay una de las más altas del mundo. El liderazgo importa, pero a menudo las instituciones importan más. Al sobrestimar la influencia del liderazgo femenino, subestimamos la importancia de su contexto.

En otras palabras, el carácter y la capacidad del Estado son más decisivos para el éxito de las «cuestiones de las mujeres» (definidas en sentido estricto o amplio) que el número de mujeres en el poder. El Estado debe tener tanto el compromiso político como la capacidad para cuestionar ciertas normas, reflexionar sobre sí mismo, aplicar algunos tipos de políticas y promover su valor dentro del gobierno y la sociedad. Se trata de una característica estructural independiente de la fortaleza política de cualquier gobierno o persona en particular. El Estado también debe ser democrático, en la medida en que permita la existencia de una sociedad civil bien desarrollada, capaz de propiciar el diálogo y apoyar los derechos de las mujeres. En otras palabras, las «cuestiones de las mujeres» y el liderazgo político femenino exigen centrarse en las instituciones del liderazgo —en las reformas que deben llevar a cabo—, y no solo en las propias líderes.

Sin duda, ha llegado el momento del liderazgo político de las mujeres. Ahora es hora de replantearnos cómo concebimos y evaluamos este liderazgo, y qué debe hacerse para garantizar su éxito, en beneficio de todos.

El informe sobre la brecha de género global de 2019 del Foro Económico Mundial sepublicará aquí el 18 de diciembre.

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