Cinco prioridades de liderazgo para 2017

Thais hold candle lights as they pray to celebrate the new year at Sanam Luang park in Bangkok, Thailand January 1, 2017. REUTERS/Chaiwat Subprasom
As leaders chart a course for the next year, five key challenges will warrant their attentionImage: REUTERS/Chaiwat Subprasom
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Como ha demostrado el año pasado, los líderes deben responder a las demandas de las personas que les han confiado el liderazgo, al tiempo que ofrecen una visión y un camino a seguir, para que la gente pueda imaginar un futuro mejor.

El verdadero liderazgo en un mundo complejo, incierto y angustiado exige que los líderes se orienten tanto con un sistema de radar como con una brújula. Deben estar atentos a las señales que llegan constantemente de un entorno en permanente cambio y dispuestos a hacer los ajustes necesarios; pero nunca deben desviarse de su verdadero norte, es decir, de una visión firme basada en valores auténticos.

Por eso, el Foro Económico Mundial ha elegido el Liderazgo receptivo y responsable como tema de nuestra reunión anual de enero en Davos. Mientras los líderes de los gobiernos, las empresas y la sociedad civil trazan el rumbo para el próximo año, cinco desafíos clave reclamarán su atención.

En primer lugar, tendrán que afrontar la Cuarta Revolución Industrial, que está redefiniendo industrias enteras y creando otras desde cero gracias a avances revolucionarios en inteligencia artificial, robótica, el Internet de las cosas, los vehículos autónomos, la impresión 3D, la nanotecnología, la biotecnología y la computación cuántica.

Estas tecnologías apenas han empezado a mostrar todo su potencial; en 2017 veremos cada vez más cómo lo que antes era ciencia ficción se convierte en realidad. Pero, si bien la Cuarta Revolución Industrial podría ayudarnos a resolver algunos de nuestros problemas más apremiantes, también está dividiendo a las sociedades entre quienes aceptan el cambio y quienes no. Y eso amenaza nuestro bienestar de maneras que habrá que identificar y abordar.

En segundo lugar, los líderes tendrán que construir un sistema dinámico e inclusivo de gobernanza global con múltiples partes interesadas. Los desafíos económicos, tecnológicos, ambientales y sociales de hoy solo pueden abordarse mediante la colaboración público-privada global; pero nuestro marco actual de cooperación internacional se diseñó para la posguerra, cuando los Estados nación eran los actores principales.

Al mismo tiempo, los cambios geopolíticos han convertido al mundo de hoy en un mundo verdaderamente multipolar. A medida que nuevos actores globales aportan nuevas ideas sobre cómo configurar los sistemas nacionales y el orden internacional, el orden existente se vuelve más frágil. Mientras los países interactúen sobre la base de intereses compartidos, en lugar de valores compartidos, su capacidad de cooperación será limitada. Además, los actores no estatales ya pueden perturbar los sistemas nacionales y globales, entre otras cosas mediante ciberataques. Para resistir esta amenaza, los países no pueden simplemente aislarse. La única vía es asegurarse de que la globalización beneficie a todos.

Un tercer desafío para los líderes será restablecer el crecimiento económico mundial. Un crecimiento permanentemente menor se traduce en niveles de vida permanentemente más bajos: con un crecimiento anual del 5 %, bastan 14 años para duplicar el PIB de un país; con un crecimiento del 3 %, se necesitan 24 años. Si persiste el estancamiento actual, nuestros hijos y nietos podrían estar peor que sus predecesores.

Incluso sin el desempleo estructural impulsado por la tecnología de hoy, la economía mundial tendría que crear miles de millones de puestos de trabajo para dar cabida a una población creciente, que, según las previsiones, pasará de los 7.400 millones actuales a 9.700 millones en 2050. Por ello, 2017 será un año en que la inclusión social y el desempleo juvenil se convertirán en cuestiones críticas, tanto a escala mundial como nacional.

Un cuarto desafío será reformar el capitalismo de mercado y restablecer el pacto entre las empresas y la sociedad. Durante décadas, los mercados libres y la globalización han mejorado los niveles de vida y sacado a personas de la pobreza. Pero sus fallas estructurales —el cortoplacismo miope, la creciente desigualdad de la riqueza y el amiguismo— han alimentado la reacción política de los últimos años, lo que a su vez pone de relieve la necesidad de crear estructuras permanentes para equilibrar los incentivos económicos con el bienestar social.

Por último, los líderes deberán abordar la crisis generalizada en la formación de la identidad, resultado de la erosión de las normas tradicionales durante las últimas dos décadas. La globalización ha hecho que el mundo sea más pequeño, pero también más complejo, y muchas personas han perdido la confianza en las instituciones. Muchas temen ahora por su futuro y buscan creencias compartidas, pero distintivas, que puedan ofrecerles un sentido de propósito y continuidad.

La formación de la identidad no es un proceso racional; es profundamente emocional y suele caracterizarse por altos niveles de ansiedad, insatisfacción y enojo. La política también está impulsada por las emociones: los líderes atraen votos no atendiendo las necesidades ni presentando visiones a largo plazo, sino ofreciendo un sentido de pertenencia, nostalgia por tiempos más sencillos o un retorno a las raíces nacionales. Lo vimos en 2016, cuando los populistas ganaron terreno al promover creencias reaccionarias y extremistas. Por su parte, los líderes responsables deben reconocer como legítimos los temores y el enojo de la gente, y ofrecer inspiración y planes constructivos para construir un futuro mejor.

Pero ¿cómo? Hoy el mundo parece estar sumido en un mar de pesimismo, negatividad y cinismo. Y, aun así, tenemos la oportunidad de sacar de la pobreza a millones de personas más, para que puedan llevar vidas más sanas y plenas. También tenemos el deber de trabajar juntos por un mundo más verde, inclusivo y pacífico. El éxito no dependerá de algún acontecimiento externo, sino de las decisiones que tomen nuestros líderes.

El año que viene será una prueba decisiva para todas las partes interesadas de la sociedad global. Más que nunca, necesitaremos un liderazgo receptivo y responsable para abordar nuestros desafíos colectivos y restablecer la confianza de la gente en las instituciones y entre sí. No nos faltan los medios para hacer del mundo un lugar mejor. Pero, para lograrlo, debemos dejar atrás nuestros estrechos intereses y atender los intereses de nuestra sociedad global.

Ese deber comienza con nuestros líderes, que deben empezar a entablar un diálogo abierto y a buscar soluciones en común para los cinco grandes desafíos que se avecinan. Si reconocen que formamos una comunidad global con un destino compartido, habrán dado un primer paso —modesto, aunque sea— en la dirección correcta.

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