¿Qué hace a un buen líder?
Esta pregunta nos interpela en cada elección y ante cada decisión política nacional e internacional. Como profesor de lenguas y literatura clásicas desde hace más de 30 años, me maravilla nuestra insistencia en abordar esta cuestión como si fuera completamente nueva.
Hace siglos, los mitos ayudaron a los griegos a aprender a rechazar la autoridad tiránica y a reconocer las cualidades de un buen liderazgo. Como escribo en mi libro «Enardecido», los mismos mitos, muy anteriores a la primera democracia del mundo, tienen enseñanzas para nosotros hoy, igual que las tuvieron para los antiguos griegos hace siglos.
Respeto y reciprocidad
Mucho antes de que los atenienses instauraran por primera vez su radical democracia directa en 508 a. C., la «Odisea» de Homero empezó a enseñar a los antiguos griegos a reconocer el buen liderazgo cuando lo veían y a despreciar su alternativa. Hasta finales del siglo VI a. C., lo único que se había conocido era el gobierno autocrático de caudillos militares, reyes y tiranos. La «Odisea», transmitida oralmente durante siglos antes de ponerse por escrito, moldeó profundamente las ideas de los antiguos griegos sobre lo que constituye un buen liderazgo. Es uno de los dos textos más antiguos de la civilización occidental que han sobrevivido, e identifica dos elementos cruciales del buen liderazgo: el respeto y la reciprocidad.
La «Odisea» empieza destacando que un liderazgo codicioso, desmedido e irresponsable hace que la vida en comunidad resulte intolerable para todos. En cambio, un buen líder respeta sus obligaciones con su pueblo y se asegura de que este respete las suyas con él y entre sus integrantes. Esto produce orden, armonía y felicidad para todos, poderosos y débiles por igual.
Al comienzo del relato, el protagonista, el guerrero griego Odiseo, ha naufragado de camino a casa después de que los griegos conquistaran Troya. Odiseo está varado en una isla en medio de la nada. Su ausencia ha permitido que unos jóvenes poderosos de su comunidad se apoderen de su casa. Están sacrificando y comiéndose todo su ganado, bebiéndose todo su vino y maltratando a sus sirvientes y familiares. Cada uno de esos hombres pretende casarse con la esposa de Odiseo, pero ella está ganando tiempo. Ni ella, ni su hijo ni nadie de la comunidad puede poner freno a esos jóvenes glotones, desmedidos y destructivos; y mucho menos pueden hacerlo ellos mismos.
El narrador y los personajes, incluidos los propios pretendientes, se refieren a esos jóvenes como los «mejores» hombres de la comunidad, pero ni el público ni nadie dentro del relato puede considerarlos buenos líderes. Tienen todo el poder de la comunidad; nadie más tiene autoridad sobre ellos. Pero el narrador revela que su comportamiento es destructivo y contraproducente. Insultan a la esposa y al hijo de Odiseo, y quebrantan todas las normas decentes de conducta hacia los huéspedes, los sirvientes y los demás miembros de la comunidad.
Atenea, diosa de la sabiduría, observa que «cualquier hombre sensato que se encontrara entre ellos se sentiría disgustado y avergonzado al ver sus numerosas acciones vergonzosas».
El hijo de Odiseo, al hablar con los ancianos de la comunidad sobre los pretendientes, afirma que «se han cometido actos insoportables y mi casa ha sido destruida de forma ignominiosa. Incluso ustedes mismos deben sentirse indignados y avergonzados ante los hombres de las comunidades vecinas».
Los pretendientes se lo están pasando en grande saqueando la casa de Odiseo, obligando a sus sirvientas a mantener relaciones sexuales con ellos y comiendo y bebiendo hasta quedar aturdidos. Pero el narrador nos dice que los pretendientes están provocando su propia destrucción.
En cambio, Odiseo es descrito como un líder sabio y bueno. El gran dios Zeus lo identifica como alguien que «supera a todos los mortales en intelecto». Muchos personajes, entre ellos uno de los antiguos compañeros de Odiseo y la diosa Atenea, recuerdan que Odiseo era «amable y bondadoso, como un padre».
Odiseo presidía una comunidad feliz y próspera. Respetaba sus obligaciones con quienes estaban bajo su autoridad, y se ganó el afecto y la lealtad de su familia, sus sirvientes y sus súbditos. A pesar de su ausencia de casi 20 años, su familia, sus amigos y muchos de sus sirvientes siguen siendo leales. Todos anhelan el regreso de Odiseo.
En busca de noticias de su padre, el hijo de Odiseo visita otras dos comunidades, cada una gobernada por un rey compasivo y benevolente. Cada rey respeta sus obligaciones con los dioses y con su pueblo. Cada uno ofrece banquetes y celebraciones con música, baile y relatos. Cada uno recibe a sus huéspedes con gracia y generosidad. A su vez, el pueblo respeta sus obligaciones con su rey, los dioses, sus semejantes y los huéspedes. Todos viven felices, plenamente y en armonía.
Con estos ejemplos de vida comunitaria entre los mortales, la «Odisea» sugiere que la calidad de vida de una comunidad humana depende de la calidad de sus líderes. Los líderes codiciosos, violentos y desmedidos, como los pretendientes, crean caos y sufrimiento. Los líderes buenos, responsables y admirables, como Odiseo, promueven el respeto mutuo, la armonía y la felicidad de todos.
La naturaleza efímera de la tiranía humana
Al mismo tiempo, la «Odisea» sugiere que los seres humanos no deberían admirar ni fomentar una autoridad que se apoye en la violencia y la intimidación. La comunidad de los dioses ofrece un contraejemplo aleccionador.
Entre los dioses, la autoridad absoluta de Zeus no requiere respeto ni reciprocidad, sino un poder físico abrumador. Zeus siempre es capaz de obligar a los demás dioses a obedecer, no mediante el debate y la persuasión, sino por la fuerza tiránica y la intimidación. Los demás dioses no tienen más remedio que aceptar el dominio físico de Zeus.
En cambio, los seres humanos que recurren a la violencia y la intimidación son vulnerables a un derrocamiento violento: cuando regresa, Odiseo masacra a todos los pretendientes brutales y matones. También mata a los sirvientes que colaboraron con ellos. Al anticipar por miles de años el derrocamiento violento de dictadores del siglo XXI durante la Primavera Árabe, por ejemplo, la «Odisea» sugiere que los déspotas mortales no pueden aferrarse para siempre al poder con un puño de hierro.
La «Odisea» nos anima a elegir con cuidado a nuestros líderes y referentes. Los políticos, las celebridades y las personas que han alcanzado el éxito económico no merecen nuestro respeto, admiración ni emulación solo porque sepan promoverse a sí mismos y defender sus propios intereses. Tampoco merecen respeto por su adquisición desmedida de bienes materiales y su consumo ostentoso.
La «Odisea» nos recuerda que los líderes merecen nuestro respeto, admiración y apoyo cuando ejercen bien su liderazgo. Es decir, cuando cumplen sus obligaciones y promueven el bienestar de todos en la comunidad. A diferencia de un tirano, un buen líder no puede prosperar a expensas de los demás. El buen liderazgo, tal como lo representa la «Odisea», exige y promueve el respeto mutuo y la reciprocidad.


