8 lecciones de liderazgo de la historia

“If I have one piece of advice for would-be leaders, it is read some history.”Image: REUTERS/Siphiwe Sibeko
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Napoleón, la emperatriz Wu, Franklin D. Roosevelt, Oliver Cromwell, Akbar, Stalin. La historia ofrece muchos ejemplos de líderes fuertes que dejaron huella, para bien o para mal.

Pero el pasado no ofrece una fórmula mágica para convertirse en un líder eficaz. Buscar lecciones claras en la historia es una empresa inútil: hay demasiadas y su significado siempre es objeto de disputa. Sin embargo, la historia puede ser útil para sugerir patrones y paralelismos, plantear preguntas y, algo igual de importante, advertirnos de por qué las cosas salen mal.

De arriba a la izquierda: Winston Churchill, el emperador Carlos V, Mustafa Kemal Atatürk, Franklin D. Roosevelt

Así que aquí, de la mano de una historiadora, presentamos primero algunos consejos sobre lo que hace a un líder exitoso y, después, advertencias sobre lo que puede conducir al fracaso.

Hay que querer liderar

Liderar puede ser gratificante y, a menudo, estimulante, pero también es solitario. La ambición y la determinación de triunfar pueden exigir sacrificar a amigos y familiares. Pensemos en cuántos hijos de grandes hombres han tenido vidas infelices. Esa soledad explica por qué a los estadistas les gustan las cumbres: se encuentran con esas pocas personas que afrontan las mismas presiones y responsabilidades.

En la Conferencia de Paz de París de 1919, David Lloyd George, del Reino Unido, Georges Clemenceau, de Francia, y Woodrow Wilson, de Estados Unidos, hablaron de sus sueños y compartieron su temor al fracaso. También tenían en común la capacidad de reponerse de los reveses y seguir adelante.

Identifica a las personas clave que debes mantener de tu lado

Las personas a las que conviene mantener de tu lado pueden variar: en una democracia, los líderes deben preocuparse por los votos y por ser reelegidos; en un Estado autoritario, probablemente pueden centrarse en mantener de su lado a ciertas instituciones, como las fuerzas armadas o los servicios secretos.

Cuando Bismarck creó Alemania, necesitaba a un hombre por encima de todos los demás: el rey prusiano Guillermo. No era una relación fácil —Guillermo se quejaba de que era difícil ser rey bajo Bismarck—, pero al final apoyó a su brillante ministro, quien a su vez lo convirtió en emperador de Alemania. En las democracias, los líderes políticos deben formar coaliciones estables. Tras la Gran Depresión en Estados Unidos, los demócratas reunieron a los blancos del Sur, los negros del Norte, las clases trabajadoras y los liberales, y eso les favoreció durante décadas.

Ayuda ser buen comunicador

Eso significa, ante todo, entender a tu público.

Lloyd George, uno de los más grandes oradores británicos, dijo una vez: «Extiendo la mano a la gente y la atraigo hacia mí. Entonces parecen niños». La retórica de Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial puede parecer exagerada hoy, pero era lo que el pueblo británico necesitaba en aquel momento.

Y, por supuesto, tener algo que decir marca la diferencia. En sus charlas radiofónicas junto a la chimenea de las décadas de 1930 y 1940, el presidente Roosevelt tranquilizaba al pueblo estadounidense sobre la situación del país y lo acostumbraba a la idea de que Estados Unidos quizá tuviera que luchar contra las fuerzas oscuras que se concentraban en Europa y el Lejano Oriente.

También ayuda saber escuchar

Durante la crisis de los misiles en Cuba, quizá el momento más aterrador de la Guerra Fría, el presidente John F. Kennedy insistió en escuchar los distintos puntos de vista de sus asesores antes de decidir cómo responder al desafío soviético en Cuba. (Curiosamente, acababa de leer también el libro clásico de Barbara Tuchman sobre el estallido de la Primera Guerra Mundial, que mostraba con qué facilidad los líderes pueden cometer errores y verse arrastrados a un conflicto que en realidad no querían). Kennedy también demuestra que elegir subordinados capaces e independientes ayuda a evitar malas decisiones.

Si puedes intuir hacia dónde fluyen las corrientes de la historia, quizá puedas dejarte llevar por ellas

Bismarck dijo célebremente que un estadista «debe esperar hasta oír los pasos de Dios resonando en los acontecimientos; entonces, saltar y agarrar el borde de su manto». Y eso hizo cuando maniobró por el tablero de ajedrez europeo para crear el nuevo Estado de Alemania.

Los líderes eficaces pueden gestionar tanto los asuntos cotidianos que los apremian como el panorama general. Ahí es donde ayuda conocer la historia: permite ver patrones entre todo el ruido de los acontecimientos actuales y recuerda que existen posibilidades distintas de las que conocemos.

Y ahora, algunas advertencias.

Cuidado con las trampas que tiende el poder

Los franceses hablan de «déformation professionnelle», que describe cómo la profesión o el cargo pueden distorsionar sutilmente tu juicio, hasta hacerte ver las cosas desde una sola perspectiva.

Antes de la Primera Guerra Mundial, se encargó al Estado Mayor alemán que elaborara planes para garantizar la victoria de Alemania, si era necesario contra Francia y Rusia al mismo tiempo. Diseñaron un plan brillante y detallado: contener a Rusia en el Este y, al lanzar el grueso de sus fuerzas contra Francia en el Oeste, lograr rápidamente su rendición. Como tenía sentido desde el punto de vista militar, las tropas alemanas invadirían la Bélgica neutral de camino a París. Políticamente, sin embargo, fue una decisión desastrosa. La violación de la neutralidad belga por parte de Alemania hizo que el Reino Unido entrara en la guerra, lo que prácticamente aseguró su derrota.

El poder también es peligroso porque quienes lo detentan empiezan a creer que pueden hacer lo que quieran. Pensemos en Richard Nixon, que intentó usar las instituciones del Gobierno estadounidense para encubrir el escándalo Watergate. O en la guerra de Estados Unidos en Vietnam. En la década de 1960, Estados Unidos era la mayor potencia económica y militar del mundo. Sus líderes suponían que podían derrotar fácilmente a Vietnam del Norte y llevar a sus dirigentes a la mesa de negociación. Ni siquiera se plantearon si sus enemigos (y sus aliados vietnamitas) podían tener otras ideas. Robert McNamara, secretario de Defensa en aquella época, dijo más tarde: «Nuestros errores de juicio sobre amigos y enemigos por igual reflejaban nuestra profunda ignorancia de la historia, la cultura y la política de la población de la zona, así como de la personalidad y las costumbres de sus líderes».

No empieces a creerte tu propia propaganda

En la antigua Roma, cuando un líder victorioso celebraba un desfile triunfal, un esclavo se situaba detrás de él y le susurraba al oído: «Recuerda que eres humano». Mustafa Kemal Atatürk, padre de la Turquía moderna, fue uno de esos escasos líderes con gran poder que conocían sus propias limitaciones. Según se cuenta, dictó una orden permanente para que se ignorara cualquier instrucción que diera por las noches, cuando le gustaba festejar con sus amigos.

La historia ofrece muchos más ejemplos de líderes cuya convicción de ser infalibles creció a medida que aumentaba su poder. Con casi toda Europa a sus pies, Napoleón llegó a creerse invencible. Se vio enredado en una guerra inútil y costosa en España. Después, para doblegar al joven zar Alejandro, invadió Rusia: un error que acabaría provocando su caída.

Adolf Hitler acumuló una serie de éxitos —la toma de Austria y Checoslovaquia, la derrota de Francia y el reparto del centro de Europa con la Unión Soviética— que lo convencieron de que era infalible. Contra el consejo de sus generales, siguió los pasos de Napoleón e invadió Rusia. Cuando las tropas alemanas encontraron resistencia, Hitler se negó a permitirles retirarse. Fue el principio del fin.

Hay que saber cuándo dejar el cargo

Renunciar al poder es una de las cosas más difíciles. Sin embargo, como dice el viejo chiste, los cementerios están llenos de personas cuyas lápidas dicen: «Se creían indispensables». El emperador Carlos V, del siglo XVI, que abdicó voluntariamente como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y se retiró a un monasterio, constituye una excepción notable.

Mucho más a menudo, los líderes han optado por quedarse cuando deberían haberse retirado. Sin proponérselo, suelen deshacer buena parte de su propia obra y crear problemas a sus sucesores. Winston Churchill, ya anciano y cada vez más débil, no debería haber intentado volver a ser primer ministro en 1951. Su Gobierno fue perdiendo el rumbo, mientras Anthony Eden, su sucesor elegido, se volvía cada vez más resentido.

Una última reflexión: puedes tener todas las cualidades que hacen a un gran líder —desde la determinación y la visión hasta una capacidad extraordinaria—, pero si no tienes suerte y buen sentido de la oportunidad, nunca tendrás ocasión de demostrar lo que sabes hacer.

Sin la Revolución francesa, que barrió el viejo orden y abrió el camino al rápido ascenso de hombres con talento, Napoleón habría quedado en la oscuridad. Si el régimen zarista en Rusia no se hubiera derrumbado durante la Primera Guerra Mundial, un exiliado empobrecido llamado Vladímir Lenin nunca habría tenido la oportunidad de dar el golpe de Estado en San Petersburgo que otorgó el poder a su pequeño Partido Bolchevique durante los 70 años siguientes. Así que, si tuviera un consejo para quienes aspiran a liderar, sería que leyeran algo de historia.

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