En cierta medida, a todos nos cuesta comprometernos con el trabajo necesario para encontrar nuestro propósito.
Estamos acostumbrados a probar algo durante seis meses o quizá unos años, y luego pasar a otra cosa.
Pero una vocación no es así. No es algo que pruebas; es alguien en quien te conviertes.
Cuando hacemos esto, cuando no nos entregamos por completo al trabajo que nacimos para hacer, perjudicamos al mundo —y a nosotros mismos—.
El compromiso es necesario. Nos enseña a cambiar la gratificación instantánea por una recompensa a largo plazo y nos muestra que algunos cambios llevan tiempo.
Al aprender esta disciplina de perseverar, nuestro carácter se fortalece. Esta es la recompensa de la paciencia: la alegría de ver crecer algo que no habría existido si no hubieras dedicado todos esos años a perseverar.
Pero no se trata solo de compromiso; también se trata de perseverancia. No puedes encontrar tu pasión si no atraviesas el dolor. Eso es lo que aprendí de Jody Noland y lo que reveló la investigación de Viktor Frankl: el descubrimiento llega con dedicación.
Debemos intentar comprender nuestro sufrimiento desde una visión redentora del mundo, eligiendo ver el bien mayor a pesar del mal que hay en este mundo. De lo contrario, los desafíos que encontremos amenazarán con consumirnos y nos dejarán atrapados en vidas de cinismo y arrepentimiento. No podemos quedar atrapados en la magia de lo que podría haber sido: debemos seguir adelante, perseverando cuando lleguen los tiempos difíciles.
Por supuesto, habrá fracasos, pero también traerán lecciones que aprender. A veces, quizá te comprometas con algo equivocado, y no pasa nada, porque es mejor que la alternativa: nada. Comprometerse con algo equivocado es mejor que quedarse inmóvil.
Otra estrategia, y una popular, es no comprometerse con nada. Esperar mejores opciones, aguardar hasta el último minuto, pasar inquietamente de una cosa a otra y no comprometerse nunca con nada que pueda atraparte. Parece libertad, pero en realidad es otra jaula.
Cuando estás rodeado de oportunidades ilimitadas, la inacción parece la opción segura. Paralizados por el miedo, muchos eligen precisamente eso: no moverse, conformarse. Ya sea un trabajo de barista o un puesto prometedor en la jerarquía corporativa, lo aceptamos. Porque la alternativa —un costoso viaje de descubrimiento— da demasiado miedo como para considerarla.
Esta es la verdad.
El riesgo de no comprometerse es mayor que el costo de tomar una decisión equivocada. Porque cuando fracasas, aprendes. Pero ¿qué pasa cuando no te comprometes, cuando eliges no actuar? Pues nada.
Cuando haces una pausa sin intención, cuando te paralizas por miedo, no aprendes nada.
Cada decisión equivocada fortalece tu carácter y tu resiliencia, y te prepara para lo que viene. El fracaso es un amigo disfrazado de enemigo.
Seamos honestos, sin embargo. A pesar de las promesas de la literatura de autoayuda, fracasar es duro. Puede doler.
Levantarse del suelo, rechazo tras rechazo, se vuelve difícil al cabo de un tiempo.
Pero si aprendemos a resistir, eligiendo ver el bálsamo oculto en las heridas del fracaso, podemos crecer a partir de nuestros errores.
Podemos superar nuestros obstáculos y convertir la tragedia en triunfo.
Incluso quizá podamos celebrar esos reveses y pruebas, esas cosas que antes parecían tan abrumadoras, sabiendo que todas son señales de que vamos por buen camino.
Este artículo se publica en colaboración con Business Insider UK. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Jeff Goins es autor de cuatro libros.
Imagen: Varias personas están en un andén de una estación de tren de Tokio. REUTERS/Yuya Shino.
