En Silicon Valley, los programadores lucen con orgullo camisetas que celebran su actitud adicta al trabajo: «90 horas a la semana y encantado», dicen las camisetas.
Pero recientemente, John Pencavel del departamento de Economía de Stanford cuestionó este mensaje en un artículo, en el que sostiene que la productividad en realidad disminuye drásticamente con las jornadas largas. En uno de los casos que estudió, quienes trabajaron 14 horas adicionales no produjeron absolutamente nada más.
Todos tenemos los mismos límites temporales: las 24 horas del día, los 7 días de la semana en que vivimos. Entonces, ¿cómo es que algunas personas hacen tanto con ese tiempo, mientras que otras nunca logran avanzar en una lista de tareas pendientes que no deja de crecer y siempre están al borde de perder el control?
La justificación más habitual para no terminar las tareas o caer en la adicción al trabajo es la falta de tiempo. Pero he descubierto que el verdadero problema es que, a menudo, las personas dedican demasiado tiempo a los resultados y a preocuparse, y demasiado poco a mejorar su capacidad de concentración.
Cuando dedicas demasiado tiempo a una actividad, al igual que cuando tienes un presupuesto demasiado grande, tus prioridades pueden volverse confusas. Corres el riesgo de perder la precisión y la concentración que surgen cuando los recursos son limitados. Del mismo modo que las empresas pequeñas e innovadoras desestabilizan a gigantes con gran capital, las limitaciones de tiempo pueden ayudar a concentrar la energía en lo que más importa.
Como ante cualquier escasez, sentimos pánico cuando creemos que no tenemos suficiente tiempo. En vez de concentrar nuestras energías, el pánico nos lleva a malgastar el tiempo que sí tenemos. Saltamos de un plazo a otro, de una prioridad a otra y de una tarea a otra.
La forma más primitiva de gestionar esta ansiedad es reducir las exigencias que recaen sobre nosotros, una táctica que a largo plazo puede resultar costosa e insatisfactoria. Para mí, una estrategia mejor ha sido apartar las llamadas telefónicas, los correos electrónicos y otras interrupciones. De hecho, he descubierto que reservar dos o tres horas para concentrarme, sin interrupciones, hace que el tiempo cunda más. Ha sido liberador y me ha ahorrado tiempo. Lo que antes creía que me ahorraba tiempo, en realidad solo me restaba concentración y, por tanto, tiempo. Me dejaba sin energía e impedía que estuviera «presente», lo cual añadía presión en vez de aliviarla.
La decisión de concentrarse también da frutos en periodos más breves. En los 10 minutos libres antes de las reuniones, antes solía hacer llamadas o enviar unos mensajes de texto y un par de correos electrónicos. Pero ahora reservo ese tiempo para pensar en la conversación que se avecina, la siguiente reunión y el resultado de mayor valor. Esto me obliga a concentrarme en lo que tengo justo delante. Libre de interrupciones, puedo escuchar y establecer prioridades, sin perder de vista el objetivo.
Todos hemos hecho más en una hora productiva que en días de procrastinación. Pero, por desgracia, para la mayoría de nosotros esa experiencia es poco frecuente. Nuestro verdadero problema es que aún no hemos desarrollado la disciplina necesaria para establecer prioridades: preguntarnos con regularidad cuál debería ser nuestra tarea más importante hoy, esta semana y este mes. Sin claridad sobre las prioridades, lo más probable es que terminemos cada semana agotados y preguntándonos qué hemos logrado, y empecemos una nueva semana sintiendo que vamos atrasados y estamos sobrecargados de trabajo.
A mi juicio, la clave para sentir energía y entusiasmo al terminar el trabajo es establecer una «línea de visión» clara y sencilla entre las numerosas actividades y los grandes objetivos. Si tienes claro qué es lo más importante, te sentirás con más energía y descubrirás que tienes más tiempo del que esperabas.
A quienes llevan, equivocadamente, la camiseta «90 horas a la semana y encantado», Steve Jobs quizá les habría recordado el consejo que dio en un artículo de Business Week de 1998. «La sencillez puede ser más difícil que la complejidad: hay que trabajar duro para aclarar las ideas y hacerlas sencillas», dijo. «Pero al final merece la pena, porque una vez que lo consigues, puedes mover montañas».
Este artículo se publica en colaboración con LinkedIn. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Para seguir la Agenda, suscríbete a nuestro boletín semanal.
Autor: Joel Peterson es presidente de JetBlue Airways.
Imagen: Un operador reacciona tras el toque de cierre de la Bolsa de Nueva York. REUTERS/Lucas Jackson
