Estaba harto. Era octubre de 2017 y llevaba demasiado tiempo preguntándome qué sentido tenía mi trabajo. Aunque estoy seguro de que lo que hacía cada día tenía algo de significativo para alguien, en algún lugar, para mí sin duda había perdido todo sentido. Pensé que, por mucho bien que pudiera hacer escribir otro artículo académico de investigación, bien podría estar pedaleando rumbo a Bután.
La idea de pedalear hasta este pequeño país, enclavado en las estribaciones del Himalaya, llevaba muchos años rondándome. Bután es famoso por decidir dar prioridad a la felicidad y el bienestar de su población por encima del crecimiento económico. Como investigador académico centrado en comprender la felicidad y el bienestar, el viaje me parecía una especie de peregrinación.
Antes de dejarlo, había pasado más de diez años en distintas universidades tratando de entender cuáles eran los factores que más contribuían al bienestar. Pero descubrí que estaba agotado. Dada la naturaleza de mi investigación, no se me escapaba la ironía. Necesitaba hacer algo distinto. Quería viajar, explorar y comprender la felicidad desde una perspectiva ajena al ámbito académico. Pero también quería conectar la investigación que había realizado durante años con lo que estaba ocurriendo —o, de hecho, dejando de ocurrir— en el mundo.
Cuando empecé mi investigación, me motivaba la importancia del tema. La mayoría de las personas que conocía quería ser feliz y, por eso, pensé que mi investigación quizá pudiera ayudarlas a conseguirlo. Hice lo que se incentiva a hacer al personal académico: publicar en las mejores revistas con revisión por pares (clasificadas según su número de lectores académicos y de citas), además de conseguir financiación para la investigación. También hice cosas como relacionarme con personas ajenas al mundo académico que quizá normalmente no leerían mis investigaciones: el público, los medios de comunicación, los gobiernos y los responsables de formular políticas; actividades que no siempre se incentivaba que hiciera, pero que aun así realizaba porque contribuían a mi sentido personal de propósito y significado.
Para llevar una vida feliz y plena, los seres humanos necesitamos significado y propósito. Quienes sienten que sus actividades cotidianas tienen un propósito y un significado más profundos suelen ser más felices, tener mejor salud y estar más satisfechos. Por ejemplo, las investigaciones muestran que una vida orientada al significado aporta más satisfacción que una vida orientada al placer hedónico. Quienes tienen un fuerte sentido de propósito en la vida viven más tiempo, y tener un fuerte sentido de propósito puede ser tan beneficioso para la salud como hacer ejercicio con regularidad. Algunos incluso considerarían que el propósito es, por definición, un aspecto clave de la felicidad misma.
Para muchas personas, el trabajo es una fuente importante de propósito y significado. Cuando las despiden o se quedan sin empleo, gran parte del deterioro de su bienestar suele deberse a la pérdida de propósito y significado, más que a la pérdida de ingresos. Aunque el trabajo en sí no tenga un propósito y significado personal más profundo, hay mucho que valorar en las interacciones sociales cotidianas y la estructura que nos proporciona, aunque sea fácil pasarlas por alto.
El propósito y el significado ayudan a las personas a levantarse cada día, y no tienen por qué estar relacionados específicamente con el trabajo. Pueden adoptar muchas formas distintas y son profundamente personales. Pueden consistir en cuidar de la familia, dedicarse a una afición, una pasión o la fe. El propósito y el significado también son una fuente importante de resiliencia: ayudan a superar las dificultades y los desafíos que inevitablemente forman parte de la vida.
La importancia del propósito y el significado está ampliamente reconocida. En el Reino Unido, por ejemplo, una de las cuatro preguntas que plantea la Oficina Nacional de Estadística del Gobierno en su Encuesta sobre el bienestares: «En general, ¿hasta qué punto siente que las cosas que hace en su vida merecen la pena?». Se pide responder en una escala de cero, «en absoluto», a diez, «por completo». En el Reino Unido, la puntuación media en esta pregunta es de alrededor de 7,8, lo que sugiere que las personas consideran que sus vidas merecen relativamente la pena. Sin embargo, hay variación en torno a esa media. Alrededor del 15 % de la población da una puntuación de seis o menos, y esta proporción se ha mantenido relativamente estable.
Predicar con el ejemplo y ser auténtico
Siempre me ha parecido importante aplicar los resultados de mi investigación a mi propia vida. Mis investigaciones mostraban sistemáticamente que, una vez cubiertas las necesidades básicas, tener más dinero solo guarda una relación débil con la felicidad y el bienestar, en comparación con otros factores como las relaciones, la salud mental y física y los rasgos de personalidad. Teniendo esto en cuenta, decidí no aceptar trabajos mejor pagados ni aspirar a ascensos por el mero hecho de hacerlo (uno de mis primeros artículos publicados demostró que un ascenso puede perjudicar la salud mental). En cambio, intenté crear una vida con más espacio para centrarme en los aspectos que sabía que eran más importantes para el bienestar.
Otro factor que contribuye a nuestro bienestar es algo que los psicólogos llaman autenticidad. La autenticidad refleja nuestra tendencia a vivir de acuerdo con nuestras creencias y valores, en vez de someternos a las exigencias de los demás o de la sociedad. Así que, al seguir lo que consideraba verdadero según las investigaciones que realizábamos otros y yo, obtuve una doble recompensa: era más feliz.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba en el ámbito académico, más empezaba a cuestionar la relevancia general de mi investigación. Empecé a darme cuenta de que muchos debates sobre la felicidad a veces podían resultar tremendamente engañosos, como el debate sobre hasta qué punto el dinero puede comprar la felicidad, algo que con demasiada frecuencia se exagera. Al mirar más allá del mundo académico, veía una sociedad que parecía actuar, consciente o inconscientemente, como si lo más importante fuera mantener el crecimiento perpetuo de la economía, sin importar los efectos nocivos que el consumo incesante tiene en el planeta y en la salud mental de las personas.
Me sentía abatido. ¿Qué sentido tenía escribir otro artículo académico? Quizá, pensé, debía hacer algo un poco distinto. No solo para recuperar el significado y el propósito, sino también para seguir buscando una vida auténtica y, con ello, quizá un poco más de felicidad. Fue entonces cuando por fin decidí que había llegado el momento de dejar mi puesto a tiempo completo en la universidad y emprender mi odisea en bicicleta rumbo a Bután.
Un reino de felicidad
Quizá no oigamos hablar de ellos muy a menudo, pero en realidad hay muchos lugares del mundo donde el crecimiento económico no prima de forma tan manifiesta sobre otros aspectos. Puede tratarse de unas pocas personas que han decidido convivir y anteponer su bienestar al beneficio económico; ya hay pequeñas comunidades y localidades y ciudadesque lo hacen. Pero en el caso de todo un país —Bután—, el objetivo central declarado del Gobierno es aumentar la felicidad y el bienestar.
En 1972, el cuarto rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, expresó la idea por primera vez en una entrevista. Dijo: «La felicidad nacional bruta es más importante que el producto interior bruto». Al principio, la felicidad nacional bruta era un concepto arraigado en las tradiciones espirituales del país, y las políticas gubernamentales se evaluarían en función de su supuesta influencia en el bienestar, en vez de por su efecto económico.
Sin embargo, en 1972 apenas había indicadores fiables para calcular la influencia de una política en el bienestar. Por eso, la idea de aumentar la felicidad siguió siendo más bien un concepto filosófico. Aun así, el concepto de felicidad quedó incorporado al proceso de formulación de políticas. Entre algunas decisiones derivadas de este enfoque se incluyeron la prohibición de la televisión (hasta 1999), la prohibición del tabaco y la restricción del turismo para preservar la cultura del país.
Desde entonces, los butaneses han creado un Índice de Felicidad Nacional Brutapara medir el nivel colectivo de bienestar del país; este es el objetivo del Gobierno desde que se promulgó la Constitución en 2008. El índice está directamente vinculado a la formulación de políticas y busca incentivar al Gobierno, a las organizaciones no gubernamentales y a las empresas a actuar de manera que aumente la puntuación del índice de felicidad. Por ejemplo, la protección del medio ambiente está consagrada en la Constitución, que limita las industrias lucrativas, como la explotación forestal.
Sin embargo, pese a su atención a la felicidad, Bután dista mucho de ser el lugar más feliz del planeta. Finlandia encabezó el Informe mundial sobre la felicidad de la ONU de 2018y Bután ocupó el puesto 97 de 156 países. Hay varios factores en juego, pero se ha criticado a Bután por su enfoque vertical de lo que constituye la felicidad. También sufre una pobreza considerable, violaciones de los derechos humanos y muchos otros problemas que afrontan numerosos países.
Aun así, el caso de Bután sigue inspirando conversaciones sobre cuál debería ser el propósito de la sociedad y cómo pueden medir el éxito los países. Bután también muestra lo que quizá sea posible cuando existe voluntad política.
El viaje, no el destino
Con este telón de fondo, partí del Reino Unido en octubre de 2017 con lo estrictamente indispensable en la bicicleta y, podría decirse, mi ruta ha sido tortuosa. Mientras escribo, estoy en Canadá, y para mí era importante atravesar América del Sur y del Norte, porque quería pasar por otros lugares que, al igual que Bután, están explorando nuevas formas de vida, donde la economía no domina necesariamente la vida política y social.
En Costa Rica, por ejemplo, se hace mucho hincapié en la «pura vida». Sus habitantes llevan vidas largas y felices (comparables a las de los países ricos) con niveles de ingresos mucho más bajos. Conocí a muchas personas que encarnaban lo que había visto en las investigaciones: una felicidad que nace de las relaciones, la buena salud y de estar en contacto con nosotros mismos y con la naturaleza. Una vez cubiertas las necesidades básicas, el dinero aporta poco al bienestar y conocí a muchas personas que tenían muy poco, pero lo suficiente para ayudarme cuando pasaba en bicicleta por su aldea o localidad.
También quería visitar Canadá, que cuenta con un ejemplar índice nacional de bienestar elaborado junto con la ciudadanía. Se creó mediante un proceso ascendente, con vínculos claros y directos con las políticas. Desde la perspectiva de la investigación, sabemos que la autonomía y tener vozson importantes para el bienestar, y he aprendido por experiencia personallo importante que es sentirse escuchado.
Y, por supuesto, había muchos lugares entre ambos países que quería visitar porque me parecía que podían ayudarme a comprender mejor la felicidad: comunidades comprometidas con la felicidad, maravillas naturales del mundo y diversas ciudades con algo que aportar.
He recorrido parte del trayecto en avión, cruzando océanos, pero la mayor parte la he hecho en bicicleta, con la intención de que el viaje fuera auténtico y tuviera un propósito. Pensaba que pedalear sería beneficioso para mi propio bienestar, físico y mental, y además es una forma de viajar con un impacto ecológico mínimo que, por tanto, no perjudicaría el bienestar de quienes me rodean. Además, mis experiencias viajando en bicicleta antes de emprender este viaje me demostraron que es una forma fantástica de conocer gente. En algunas partes del mundo es una manera de viajar bastante inusual, que despierta interés y crea vínculos.

A menudo son las personas las que hacen que un lugar sea especial. Sabía que las personas que conociera serían una parte importante de mi viaje y quería crear vínculos duraderos, que, por supuesto, son un componente importante de una vida feliz. Estos vínculos han surgido al compartir experiencias sobre lo que significa ser feliz: compartir mis propias investigaciones y vivencias personales de felicidad, y también estar dispuesto a escuchar las experiencias de los demás, desde las personas que he conocido en las calles y las plazas hasta quienes toman decisiones políticas.
Hay muchas personas interesadas en incorporar programas y políticas de felicidad a sus propias vidas y a las de los demás, con el fin de promover de verdad la felicidad y el bienestar en la zona donde viven.
Cuando hablé con personas que participan en la toma de decisiones políticas en Costa Rica, por ejemplo, conversamos sobre la participación del país en la Alianza para una Economía del Bienestar. Es una organización parecida al grupo de países del G7, pero, en vez de centrarse en el tamaño de la economía, estos países —entre ellos Costa Rica, Escocia, Nueva Zelanda y Eslovenia— buscan promover el bienestar.
Superar los desafíos
En el plano personal, mi viaje ha sido indudablemente asombroso. Cada día puede traer algo distinto, inesperado y desafiante, que exige mucho a nivel psicológico. De pronto, puedo encontrarme en casa de una persona que conocí en una plaza, compartiendo comida con su familia. Al día siguiente, podría estar sentado a solas en mi tienda de campaña, acompañado por un hermoso cielo nocturno. He vivido momentos realmente especiales y, gracias a ellos, a menudo me he sentido feliz y he aprendido muchas cosas interesantes sobre mí mismo. Por ejemplo, que soy mucho más que un académico, y que a veces la imagen que tenemos de nosotros mismos puede limitar lo que podemos llegar a ser.
Sin embargo, no ha sido fácil y desde luego no han sido unas vacaciones. Mi viaje ha exigido un esfuerzo físico considerable y, a veces, ha supuesto un gran desafío. Unos dos meses después de partir, me mordió un perro callejero en una pequeña aldea de Perú. Aparte de tener que afrontar las consecuencias físicas —curar la herida, llegar a un hospital, vacunarme—, la experiencia me afectó mucho a nivel psicológico.

Quería volver a casa. Me costaba encontrar la fortaleza emocional que necesitaba para seguir adelante. Me sentía solo. Pero perseveré, y atribuyo que pudiera hacerlo a que finalmente encontré el apoyo que necesitaba, tanto en el lugar donde estaba como desde casa, y a que tenía claro mi propósito.
Me alegro de haber perseverado en el viaje, porque todas las experiencias que he vivido desde aquel incidente y las personas que he conocido me han enriquecido enormemente y me han dado una mayor sensación de plenitud. Además, una parte importante de la felicidad consiste en afrontar la adversidad y desarrollar resiliencia para cuando ocurren cosas difíciles, como inevitablemente sucede.
Ahora estoy en Canadá y, la verdad, me sorprende haber llegado hasta aquí. A menudo me pregunto si alguna vez llegaré realmente a Bután; aún quedan muchas montañas por escalar y mares por cruzar. Últimamente lo estoy pasando mal en la ruta: ha pasado un año y echo mucho de menos el entorno de mi hogar, a mis amigos y a mi familia.
Quizá en realidad no necesite llegar hasta Bután. Quizá lo que he hecho sea suficiente. En cualquier caso, puedo estar tranquilo: la felicidad se encuentra en el viaje, no en el destino.


