«A menudo me han preguntado, especialmente las mujeres, cómo podía conciliar la vida familiar con una carrera científica. Bueno, no ha sido fácil».
- Marie Curie, 1867-1934
¿Qué tienen en común las mujeres profesionales que se esfuerzan por progresar en el trabajo, la desigualdad salarial y el salario mínimo? Resulta que todos estos factores son esenciales para entender cuántos hijos tienen las mujeres, o incluso si tienen alguno. Pensemos en una mujer que se esfuerza por progresar en su carrera profesional y le dedica toda su energía.1 Históricamente, estas mujeres han tenido menos hijos que otras y, a menudo, han renunciado por completo a la maternidad porque sencillamente no tenían tiempo para atender tanto a la familia como a la carrera profesional (Jones et al. 2008, Baudin et al. 2015).2 Las explicaciones económicas ampliamente aceptadas destacan que criar una familia numerosa requiere mucho tiempo, y que el tiempo es muy costoso para quienes tienen ingresos elevados (Becker 1960, Galor and Weil 1996).
Sin embargo, en los últimos 40 años, las mujeres con ingresos altos han aumentado drásticamente el tamaño de sus familias y reducido sus tasas de ausencia de hijos, hasta equipararse con los grupos de población más fértiles (figuras 1 y 2). ¿Qué cambió? Sostenemos que el aumento de la desigualdad salarial desempeñó un papel importante. A medida que aumenta la desigualdad salarial, los hogares de ingresos altos pueden permitirse mejor contratar a personas de ingresos bajos para cuidar de sus hijos y de la casa, lo que deja más tiempo tanto para la carrera profesional como para la familia. El aumento de la fecundidad de las mujeres altamente cualificadas fue documentado por primera vez en Hazan and Zoabi (2015), y se comentó aquí en Vox. En un artículo reciente, sostenemos que el aumento de la desigualdad, mediante la externalización de las tareas domésticas, puede explicar cuantitativamente las tendencias observadas en la fecundidad (Bar et al. (2017). También estudiamos sus implicaciones para la inversión educativa general en los hijos. Aunque aquí abordamos brevemente estos temas, en esta columna nos centramos en una consecuencia de política pública: aumentar sustancialmente el salario mínimo reduce la fecundidad y la oferta laboral de las mujeres de ingresos altos.
Comenzamos con un panorama general del impacto de la desigualdad en la fecundidad y la inversión en la educación de los hijos. El aumento de la desigualdad salarial abarata para quienes ganan más la externalización del cuidado infantil y de las tareas domésticas, lo que les permite aumentar la fecundidad sin sacrificar sus oportunidades profesionales. Esto se debe a que la externalización se dirige a trabajadores concentrados en el extremo inferior de la distribución salarial, como explicamos a continuación.
En nuestro artículo, confirmamos esta hipótesis mediante un modelo estructural de las tasas de fecundidad y la desigualdad. Las simulaciones de nuestro modelo indican que los cambios en la desigualdad salarial observados entre 1980 y 2010 pueden explicar las tendencias de la fecundidad a lo largo del tiempo, en particular el drástico aumento de la fecundidad en las familias de ingresos altos. Además, esta hipótesis concuerda con la mayor tendencia de las personas adineradas a externalizar las tareas domésticas que requieren mucho tiempo.
Consideremos ahora que las familias de ingresos altos suelen proporcionar más educación a sus hijos porque disponen de más recursos. De hecho, un hijo de una madre perteneciente al noveno o décimo decil de la distribución de ingresos tiene tres veces más probabilidades de graduarse de la universidad que uno cuya madre pertenece al primer o segundo decil. Si, como resultado del aumento de la desigualdad, nacen relativamente más hijos en familias de ingresos altos, también aumentará el nivel general de graduación universitaria. De hecho, las simulaciones de nuestro modelo apuntan a un aumento del 7,5 % en el nivel general de graduación universitaria. Nuestros hallazgos sobre las implicaciones del aumento de la desigualdad para la fecundidad y la inversión educativa se deben íntegramente a que existe la posibilidad de externalizar las tareas domésticas que requieren mucho tiempo: el proceso al que nos referimos como mercantilización de la producción doméstica.3
La clara implicación de la teoría descrita hasta aquí es que cualquier factor que afecte al coste de externalizar la producción doméstica debería repercutir en las familias y las carreras profesionales de las personas adineradas. Nos centramos en el salario mínimo. El debate habitual sobre la política del salario mínimo se centra en su eficacia para lograr el objetivo previsto: aumentar los ingresos de los trabajadores poco cualificados y, al mismo tiempo, preservar sus oportunidades de empleo (Manning 2016). Señalamos que existe un efecto no deseado en las familias de ingresos altos. Si un salario mínimo más alto encarece la mercantilización para las mujeres altamente cualificadas, les resulta más difícil costear tanto una familia como una carrera profesional. Aunque indirecto, este efecto puede ser significativo.
La figura 3 muestra la distribución de los salarios en relación con el salario mínimo, tanto en las industrias de la economía asociadas con los sustitutos de la producción doméstica (HPS) como en otros sectores de la economía. La figura revela que los salarios de los trabajadores en los sectores HPS se concentran, efectivamente, en torno al salario mínimo. Esto significa que es muy probable que respondan a los cambios en las leyes sobre el salario mínimo y, por consiguiente, modifiquen el coste de la mercantilización.
Durante la campaña presidencial de 2016, Bernie Sanders propuso elevar el salario mínimo federal de 7,25 a 15 dólares por hora. Para explorar cómo afectaría este aumento del salario mínimo a las familias de ingresos altos, primero debemos cuantificar su efecto implícito en el coste de los HPS4, que refleja el cambio pertinente para las familias de ingresos altos cuyos propios salarios no responderán a las leyes sobre el salario mínimo. El impacto de este cambio en su fecundidad y su esfuerzo laboral en el mercado puede calcularse después mediante nuestro modelo cuantitativo de toma de decisiones familiares.
Para nuestra primera tarea, medimos el efecto que tuvieron los cambios en las leyes sobre el salario mínimo en los distintos estados entre 1980 y 2010 sobre los salarios de los trabajadores empleados en sectores HPS. Sin embargo, este enfoque presenta un problema bien conocido: los estados tienden a subir el salario mínimo cuando las condiciones económicas son buenas y los salarios ya están aumentando. Por tanto, la correlación entre el salario mínimo y los salarios de los trabajadores de los sectores HPS refleja en parte cambios en las condiciones económicas generales, y no el efecto causal de la política. Para aislar el efecto causal de las leyes sobre el salario mínimo en los salarios de los HPS, empleamos un método de variables instrumentales propuesto en Baskaya and Rubinstein (2012). Concluimos que la propuesta política de Bernie Sander de elevar el salario mínimo federal a 15 dólares aumentaría en torno a un 20 % el coste de la mercantilización. ¿Cómo afecta este aumento a las carreras profesionales y a las familias?
Según nuestra teoría, el aumento de los costes de los sustitutos de la producción doméstica debería reducir la fecundidad y la oferta laboral de las mujeres de ingresos altos, ya que externalizar el cuidado infantil y las tareas domésticas se vuelve más caro. Utilizamos nuestro modelo cuantitativo —que explica con éxito las tendencias temporales observadas en la fecundidad— para estimar el efecto del aumento del 20 % en el coste de la mercantilización sobre las familias de ingresos altos. Nuestras simulaciones indican que el impacto es considerable. Observamos que una madre de un hogar del décimo (quinto) decil aumenta un 30 % (14 %) el tiempo que pasa en casa, a costa de su esfuerzo laboral en el mercado. Esto se aplica específicamente a las mujeres que ya han tenido hijos y no pueden ajustar sus decisiones sobre fecundidad a las condiciones económicas cambiantes. Sin embargo, a medida que criar a los hijos se encarece, las tasas de fecundidad disminuyen en los hogares que pueden ajustar el tamaño de su familia. De hecho, observamos que un hogar del décimo (quinto) decil reduce la fecundidad un 13,5 % (9,1 %). A su vez, estas madres solo pasan un 13 % (3,9 %) más de tiempo en casa. Estas consecuencias, presumiblemente no deseadas, de la política del salario mínimo para las carreras profesionales y las familias de las mujeres altamente cualificadas son considerables.
Para verificar esta predicción de nuestro modelo, también estimamos directamente a partir de los datos el efecto del salario mínimo en la oferta laboral de las mujeres altamente cualificadas. Utilizamos los datos de la Encuesta de Población Actual de 1980-2010 sobre mujeres blancas casadas, no hispanas, de entre 25 y 54 años, cuyo salario real por hora se sitúa en el noveno o décimo decil. De nuevo, debemos recurrir al método de variables instrumentales para determinar el efecto causal. Observamos que la elasticidad de la oferta laboral de las mujeres de ingresos altos con respecto al salario mínimo es de alrededor de -0,4. Es decir, un aumento del 10 % en el salario mínimo se traduce en una disminución del 4 % en la oferta laboral de las mujeres de ingresos altos. Por su parte, nuestro modelo predice una elasticidad de alrededor de -0,3, una cifra bastante cercana. Curiosamente, al analizar el impacto del salario mínimo en la oferta laboral de los padres, no encontramos ningún efecto. Así pues, aunque los roles de género han cambiado, no encontramos pruebas de que se hayan igualado por completo.
Es importante subrayar que nuestro objetivo no es sostener que el aumento de la desigualdad necesariamente beneficie al nivel educativo de las generaciones futuras, ni que el aumento del salario mínimo perjudique a las familias de ingresos altos. Más bien, queremos destacar que estas ideas representan disyuntivas cuantitativamente significativas que los responsables de formular políticas deben tener en cuenta.
Referencias
Baudin, T, D de la Croix y P Gobbi (2015), «Fecundidad y ausencia de hijos en Estados Unidos», American Economic Review 105(6): 1852–1882.
Bar, M, M Hazan, O Leukhina, D Weiss y H Zoabi (2017), «¿Es el mercado pronatalista? Un nuevo examen de la desigualdad, la fecundidad diferencial y el crecimiento», documento de debate del CEPR n.º 12376.
Baskaya, S y Y Rubinstein (2011), «Uso de los salarios mínimos federales para identificar el impacto de los salarios mínimos en el empleo y los ingresos en todo Estados Unidos», manuscrito inédito.
Becker, G (1960), «Un análisis económico de la fecundidad», en Cambio demográfico y económico en los países desarrollados: conferencia del Comité de Investigación Económica de las Universidades y la Oficina Nacional de Investigación Económica, Princeton University Press, Princeton, NJ: 209–231.
de la Croix, D y M Doepke (2003), «Desigualdad y crecimiento: por qué importa la fecundidad diferencial», American Economic Review 93(4): 1091–1113.
Galor, O y D Weil (1996), «La brecha de género, la fecundidad y el crecimiento», American Economic Review 86(3): 347–387.
Hazan, M y H Zoabi (2015), «¿Las mujeres con un alto nivel educativo eligen familias más pequeñas?», Economic Journal 124(587): 1191–1226.
Jones, L, A Schoonbroodt y M Tertilt (2008), «Teorías de la fecundidad: ¿Pueden explicar la relación negativa entre fecundidad e ingresos?», documento de trabajo del NBER n.º 14266.
Manning, A (2016), «El esquivo efecto del salario mínimo en el empleo», documento de debate del CEP n.º 1428.
Mazzolari, F y G Ragusa (2013), «Efectos indirectos del consumo de trabajadores altamente cualificados en los mercados laborales de baja cualificación», Review of Economics and Statistics 95(1): 74-86.
Notas finales
[1] Por razones históricas, abordamos explícitamente la disyuntiva a la que se enfrentan las madres entre la familia y la carrera profesional. Sin embargo, dado que las normas de género están cambiando, el argumento expuesto aquí también se aplica a los padres.
[2] Baudin et al. (2015) observaron que, en 1990, la tasa de ausencia de hijos entre las mujeres con títulos avanzados era más del doble que la de otras mujeres. Sostienen que esto se debía al alto coste que los hijos imponían a las carreras profesionales de estas mujeres.
[3] Sin oportunidades de externalización, nuestro modelo se asemeja al marco convencional de la fecundidad (por ejemplo, de la Croix and Doepke 2003) y predice que, en respuesta al aumento de la desigualdad salarial, la fecundidad de las personas de ingresos altos debería caer y la inversión educativa disminuir.
[4] Tomamos la definición de los sectores HPS de Mazzolari and Ragusa (2013).


