La detención de directivos de la FIFA por una serie de cargos de fraude y corrupción ha ocupado las portadas en los últimos días. Pero los cargos presentados por las autoridades suizas y estadounidenses se centran en el soborno y la malversación, y no abordan otra injusticia flagrante: el trato a los trabajadores migrantes de Qatar que están construyendo los estadios para la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA 2022.
Amnistía Internacional publicó recientemente un informe sobre las pésimas condiciones en Qatar. Los trabajadores están expuestos a obras de construcción inseguras, agencias de contratación abusivas y escasas posibilidades de recurrir a la justicia formal. Hace poco, el ministro de Trabajo de Nepal denunció públicamente que el gobierno de Qatar no permitía a los trabajadores migrantes de su país regresar a casa para llorar la muerte de familiares fallecidos en el terremoto de abril de 2015.
Como señala Amnistía Internacional, la responsabilidad recae principalmente en las autoridades cataríes. Pero la FIFA tenía —y sigue teniendo— la responsabilidad de actuar. También se ha instado a los patrocinadores, entre ellos McDonalds, Visa, Coca-Cola, Adidas, Budweiser, Gazprom, KIA y Hyundai, a presionar a la FIFA y a Qatar para que mejoren las condiciones laborales.
En los últimos años han surgido problemas similares en otros sectores. En abril, Human Rights Watch publicó un informe sobre el trato a los trabajadores de la confección en Bangladesh. El informe, motivado por el derrumbe de Rana Plaza en 2013, en el que murieron más de 1.100 personas y más de 2.000 resultaron heridas, puso de relieve las malas condiciones laborales, las inspecciones de edificios inadecuadas, la debilidad de las leyes laborales y la necesidad de prácticas salariales más justas y prestaciones legales.
Además de estos ejemplos, ha habido muchos otros. En el sector tecnológico, Apple y Foxconn han recibido críticas por las condiciones laborales en sus centros de producción chinos. Incluso instituciones educativas, como el nuevo campus de la Universidad de Nueva York en Abu Dabi, se han visto salpicadas por episodios de explotación y abuso laboral.
No se trata de casos aislados. Por cada desastre y caso de gran repercusión que aparece en los titulares, hay muchos más de los que nunca nos enteramos.
No obstante, cabe esperar que siga prestándose atención al trato de quienes fabrican los bienes, prestan los servicios y construyen las cosas que nos hacen felices y productivos: desde la ropa y la tecnología hasta los estadios deportivos y los campus universitarios. La globalización debería obligar a los directivos —y a todos nosotros— a reflexionar seriamente sobre las prácticas laborales en todo el mundo.
Aquí es donde la cuestión se complica. ¿Qué se considera parte de la plantilla de una empresa? ¿Sus trabajadores son solo las personas que figuran en su propia nómina? ¿Son las empresas responsables de toda la cadena de suministro de sus productos? ¿Hasta qué punto puede —y debe— exigirse a una empresa que rinda cuentas por las decisiones de quienes están varios eslabones más allá? Cuando se ha señalado a una empresa un problema grave, ¿están obligados sus directivos a abordarlo, aunque involucre al subcontratista de un subcontratista?
Cuanto mayor y más compleja es una empresa, más difícil resulta rastrear a todas las compañías con las que hace negocios, a las que estas subcontratan y así sucesivamente. Como era de esperar, las empresas sostienen que su responsabilidad tiene límites. Pero eso no es una respuesta: es una elección. Las organizaciones pueden decidir ampliar su alcance. Incluso pueden decidir que quieren conocer la procedencia completa de todos los materiales y componentes de sus productos y exigir responsabilidades a sus proveedores ampliados.
En este sentido, cuanto más grande es la empresa, mayor es su responsabilidad. Pero las empresas más grandes también tienen más capacidad para convertirse en una fuerza positiva, tanto a nivel local como mundial. Si una empresa del tamaño de la minorista estadounidense Walmart decide que no permitirá los envases innecesarios, su poder de compra provocará cambios en los envases de todo el sector minorista. Lo mismo ocurre con los salarios y las prácticas laborales.
Cuando las empresas más grandes del mundo y las marcas más reconocidas se toman en serio su responsabilidad como compradoras, vendedoras y fabricantes, y se comprometen firmemente a actuar de acuerdo con valores fundamentales, otras suelen seguir su ejemplo —o arriesgarse a quedarse atrás. Quienes actúan de manera ética y buscan mejorar la vida de todas las personas relacionadas con la fabricación, comercialización y distribución de sus productos se beneficiarán del reconocimiento, de más negocios o, simplemente, de no ser señaladas como actores irresponsables.
Por el contrario, las empresas cuyos directivos creen que un mercado competitivo no es lugar para la conducta ética sufrirán si los consumidores llevan sus negocios a otra parte; si la regulación y las multas gubernamentales las obligan a actuar; o si dejan de poder atraer a una fuerza laboral formada y cada vez más exigente. Todo ello —el escrutinio constante, la mala prensa y la reputación empañada— repercutirá en el precio de sus acciones a largo plazo.
Lo mismo ocurre, en gran medida, con organizaciones como la FIFA. Cuando patrocinadores como Coca-Cola o Adidas creen que su reputación se verá empañada por asociarse con una organización que incurre en prácticas corruptas, destinarán a otra parte el dinero que invierten en la gestión de su marca.
Las empresas están formadas por personas. Pagar salarios justos, adoptar prácticas éticas de abastecimiento y defender la dignidad de los trabajadores deberían formar parte de la manera en que miden su éxito. Quienes se desentienden del destino de los demás, actúan sin conciencia ni sentido del bien y del mal, y desprecian la decencia humana común no tienen lugar al frente de organizaciones ni en los consejos de administración de empresas. Las cosas que nos hacen felices no deben tener un precio imperdonablemente alto.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autora: Lucy P. Marcus, fundadora y directora ejecutiva de Marcus Venture Consulting, Ltd., es profesora de Liderazgo y Gobernanza en IE Business School
Imagen: Grúas de construcción y excavadoras trabajan cerca de la Fundación Qatar, en Doha. REUTERS/Mohammed Dabbous.
