La brecha de género en el ámbito laboral se ha debatido a menudo en Japón y en otros lugares. Considero importantes y significativas para mejorar la situación de las mujeres en el trabajo en Japón las políticas que propone el Gobierno de Abe Shinzo, como «igual salario por igual trabajo», «ninguna distinción entre trabajadores regulares y no regulares» y «un límite a las horas extra».
También veo organizaciones integradas por miembros de los sectores público y privado que elaboran propuestas y recomendaciones para procurar que las mujeres tengan igualdad de oportunidades para demostrar su talento y asumir más responsabilidades. Ayudan a crear condiciones equitativas y un terreno justo para que compita la generación más joven.
No puedo evitar sentir algo de déjà vu, sin embargo, cuando me encuentro con anuncios de políticas e informes de este tipo. Creo que hemos trabajado mucho para desarrollar soluciones que aborden distintos aspectos de esta brecha de género. Pero temo que muchas de las iniciativas para mejorar la situación de las mujeres, por eficaces y eficientes que sean, quizá no respondan a la pregunta fundamental: «¿por qué trabajamos?», es decir, ¿cuál es el propósito esencial del trabajo en sí?
¿No ha llegado ya la hora de volver a lo esencial y pensar de nuevo qué esperamos del «trabajo», independientemente del género, en un mundo que cambia rápidamente y presenta un nivel de incertidumbre sin precedentes? A medida que los empleos y el trabajo experimentan transformaciones fundamentales, impulsadas principalmente por tecnologías como la robótica y la IA, cada uno de nosotros debe preguntarse por qué trabaja. Esta pregunta surgió cuando llegué a un punto de inflexión como integrante de la generación del baby boom y me pregunté cuánto tiempo puedo y debo trabajar, y qué significa el trabajo para el resto de mi vida.
Quiero trabajar tanto tiempo como pueda, por las siguientes razones:
1. Es fundamental contar con medios económicos para mantenerse. Sin independencia económica, no podemos diseñar nuestra vida.
2. El empleo constituye una parte importante de nuestra identidad, y quienes no tienen empleo tienden a perder el respeto por sí mismos. A quienes solo realizan trabajo doméstico (es decir, sin remuneración externa) quizá les resulte difícil confirmar su valor en la sociedad, por mucho que se aprecie su trabajo dentro de la familia.
3. El empleo nos brinda oportunidades para identificar nuestras fortalezas, explorar nuestro potencial y desarrollarlo mientras interactuamos con otras personas para alcanzar un objetivo común. Mediante nuestro trabajo, podemos «sentir» que contribuimos a la sociedad y mejoramos el mundo con nuestras propias capacidades. Esto constituye un gran factor de motivación para seguir adelante.
4. El empleo nos ofrece uno de los medios importantes para desarrollar y mantener activos intangibles que contribuyen a una buena vida de 100 años, como las relaciones, una red diversa de contactos y la transformación.
5. Es fundamental que SINTAMOS que estamos al mando de nuestro propio trabajo y que no estamos sujetos a decisiones que nos imponen. Cuando sentimos que podemos controlar qué y cómo trabajamos, somos más productivos y el trabajo nos resulta divertido y significativo.
Quizá estas razones parezcan obvias y de sentido común, pero revisar por qué trabajamos y por qué queremos tener un empleo puede ayudar a aclarar nuestras prioridades. El trabajo está experimentando cambios importantes, y en los próximos años cambiará enormemente incluso aquel que no sea sustituido por máquinas.
Si tenemos claro por qué trabajamos y qué esperamos del trabajo, podremos orientar mejor nuestros esfuerzos para adaptarnos a un mundo cambiante y ampliar nuestros horizontes.


