Nota del editor: este es el primero de una serie semanal de artículos sobre el movimiento obrero organizado, que culminará el Día Internacional de los Trabajadores, el 1 de mayo.
El movimiento obrero estadounidense fue en otro tiempo la principal institución que luchaba por los trabajadores comunes. En el último medio siglo, sus filas han quedado diezmadas. La proporción de la fuerza laboral del sector privado afiliada a sindicatos ha caído del 35% a aproximadamente el 6,5% actual.
Un creciente conjunto de investigaciones demuestra lo que ha significado esta pérdida: el aumento de la desigualdad económica y política, el estancamiento de los avances en la integración racial y la desaparición de una vía establecida para que las poblaciones inmigrantes se integraran económicamente.
Sin embargo, pese a su declive, los sindicatos de Estados Unidos conservan cierto poder en algunos sectores del país. Los éxitos recientes de estas organizaciones revelan la importancia de revitalizar el movimiento obrero para la salud económica y cívica de la nación.
¿Qué salió mal?
A mediados de la década de 1950, los sindicatos de Estados Unidos habían organizado con éxito a aproximadamente uno de cada tres trabajadores no agrícolas. Este período representó el apogeo del poder obrero, pues en las décadas siguientes se redujeron las filas de trabajadores sindicalizados.
El declive se aceleró en las décadas de 1980 y 1990, impulsado por una combinación de acontecimientos económicos y políticos. La apertura de los mercados extranjeros aumentó la competencia en muchas industrias con una alta sindicalización. La subcontratación surgió como una práctica popular entre los empleadores que buscaban competir en un entorno radicalmente distinto. La desregulación de industrias no amenazadas por la competencia extranjera, como el transporte por camión, también puso al movimiento obrero organizado en desventaja cuando nuevas empresas no sindicalizadas ganaron ventaja en el mercado gracias a menores costos laborales.
Al mismo tiempo, los empleadores estadounidenses desarrollaron una serie de prácticas legales, semilegales e ilegales que resultaron eficaces para librar a los establecimientos de los sindicatos existentes e impedir que los trabajadores no sindicalizados se organizaran. Entre las prácticas habituales figuraban amenazar con el despido a quienes simpatizaban con los sindicatos, celebrar reuniones obligatorias con los trabajadores para advertirles de las graves consecuencias —reales o imaginarias— de una campaña de sindicalización y contratar reemplazos permanentes para los trabajadores en huelga durante los conflictos laborales.
Un marcado viraje político contra el movimiento obrero favoreció estos esfuerzos de los empleadores. El despido público de los controladores aéreos en huelga por parte del presidente Reagan demostró vívidamente a un movimiento obrero debilitado que los tiempos habían cambiado. Los políticos antisindicales bloquearon repetidamente todos los esfuerzos respaldados por los sindicatos para reequilibrar el terreno de juego, más recientemente en 2008-2009, cuando lograron obstruir en el Senado la Employee Free Choice Act. La EFCA habría facilitado en cierta medida los esfuerzos de organización en el sector privado. La última gran ley federal que ayudó a los sindicatos en sus esfuerzos de organización se aprobó en 1935.
¿Por qué importa?
En su apogeo, el movimiento obrero estadounidense se situaba junto a poderosos líderes empresariales y responsables políticos como una de las instituciones clave que moldeaban la economía y la vida política de la nación. Los trabajadores sindicalizados disfrutaban de saludables «primas salariales sindicales», es decir, aumentos salariales derivados directamente de trabajar bajo un contrato negociado por un sindicato.
Pero los trabajadores no sindicalizados también se beneficiaban de una fuerte presencia obrera.
En una investigación realizada por Bruce Western, de la Universidad de Harvard, y por mí, comparamos a trabajadores no sindicalizados de localidades e industrias con alta sindicalización con trabajadores no sindicalizados de segmentos del mercado laboral con escasa presencia sindical. Tras ajustar por determinantes fundamentales de los salarios, como el nivel educativo, descubrimos que los trabajadores no sindicalizados de industrias y zonas fuertemente sindicalizadas percibían salarios sustancialmente más altos. Así, los beneficios económicos de un movimiento obrero poderoso también llegaban a los trabajadores no organizados, además de a los afiliados a sindicatos.
A comienzos del siglo XX, los sindicatos —especialmente los sindicatos de oficios— practicaban diversas formas de discriminación, a veces violentas. Como resultado, en 1935, el año en que el presidente Franklin Roosevelt firmó la Wagner Act, menos del 1% de los sindicalistas eran afroamericanos. Aunque la Wagner Act extendió derechos básicos de organización a los trabajadores del sector privado, millones de personas pertenecientes a minorías no pudieron disfrutar de sus protecciones debido a las acciones de los propios sindicatos. Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX, muchos sindicatos abandonaron ese legado racista y xenófobo.
Al hacerlo, abrieron sus organizaciones a los afroamericanos que buscaban escapar de las políticas y prácticas explícitamente racistas comunes en muchos lugares de trabajo no sindicalizados. Pronto, los afroamericanos registraron las tasas de sindicalización más altas de cualquier grupo racial o étnico, alcanzando más del 40% entre los hombres afroamericanos y casi el 25% entre las mujeres afroamericanas del sector privado.
Estas tasas excepcionalmente altas de sindicalización contribuyeron a reducir las disparidades salariales raciales al elevar los salarios de los afroamericanos. Si no se hubiera producido ningún declive sindical desde comienzos de la década de 1970, las brechas salariales entre personas negras y blancas serían entre un 13% y un 30% menores entre las mujeres, y se estima que los salarios semanales de los hombres negros serían US$50 más altos. Entretanto, muchos inmigrantes y sus hijos —siguiendo vías recorridas por recién llegados de generaciones anteriores, como la población mayoritariamente femenina e inmigrante de la International Ladies’ Garment Workers’ Union (ILGWU)— utilizaron el movimiento obrero como trampolín hacia la clase media de la nación.
El efecto igualador de los sindicatos no se limitó al ámbito económico. Un amplio conjunto de investigaciones ha concluido que la afiliación sindical impulsa la participación cívica entre los estadounidenses que no pertenecen a las élites. El voto, por ejemplo, es una práctica cuya frecuencia está fuertemente condicionada por los ingresos y la educación. Cuanto mayores sean unos u otra, más probable es que los estadounidenses acudan a votar. Los sindicatos ayudaron a contrarrestar la desigualdad de clase en la participación política, garantizando que los cargos electos escucharan las demandas de políticas públicas de millones de estadounidenses ajenos a las élites.
¿Qué le depara ahora al movimiento obrero?
El movimiento obrero atraviesa ahora un período peculiar.
Por un lado, los ataques continuos de fuerzas antisindicales han paralizado los modelos organizativos de los sindicatos en lo que fueron bastiones obreros, incluidos Wisconsin y Michigan. Muchos de estos ataques han apuntado directamente a lo que queda de la verdadera fuerza del movimiento obrero: su base de afiliados del sector público.
Con el apoyo de decisiones judiciales recientes, los esfuerzos de los responsables políticos y grupos de presión de derecha para desfinanciar y debilitar a los sindicatos del sector público crecen en escala y sofisticación.
Curiosamente, pese a haber sido durante gran parte del siglo XX una fuente principal de votos y financiación para el Partido Demócrata, el movimiento obrero cuenta con pocos aliados políticos.
Por otro lado, los sindicatos han cosechado una serie de éxitos recientes a nivel estatal y local. Las iniciativas para aumentar el salario mínimo, ofrecer licencia por enfermedad remunerada a los empleados y presionar al mayor empleador del sector privado, Walmart , para que aumente su salario base han tenido éxito últimamente. Estas victorias pueden atribuirse, en parte, a los sindicatos.
Los sindicatos aportaron gran parte del apoyo organizativo y financiero que ayudó a lograr estas victorias para millones de trabajadores estadounidenses. Sin embargo, ninguno de estos triunfos se traduce directamente en nuevos afiliados que paguen cuotas.
Los éxitos futuros en favor de las clases trabajadora y media de Estados Unidos parecen limitados, a menos que los sindicatos encuentren una forma de mantener su base de financiación. Y sin un movimiento obrero revitalizado, es probable que nuestros niveles de desigualdad sigan en máximos históricos.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Para mantenerse al día con la Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Jake Rosenfeld es profesor asociado de Sociología en la University of Washington.
Imagen: Una bandera de Estados Unidos ondea sobre el horizonte del bajo Manhattan, en Nueva York. REUTERS/Lucas Jackson
