El poeta Langston Hughes preguntó una vez: «¿Qué ocurre con un sueño aplazado?». Hoy es una pregunta pertinente para millones de personas en todo el mundo, especialmente para los jóvenes, debido a la desigualdad y la pobreza.
Esta semana, el personal del FMI presenta nuevas investigaciones centradas en la Unión Europea que investigaciones destacan el impacto del desempleo y las consecuencias a largo plazo de la insuficiente protección social para los jóvenes. El estudio también explora ideas que pueden ayudar a resolver el problema y reducir la desigualdad y la pobreza para la próxima generación.
Europa no es, desde luego, la única región donde los jóvenes afrontan dificultades. Sin embargo, la disponibilidad de datos recopilados sobre distintos grupos de edad durante la última década nos permite examinar Europa más de cerca.
A primera vista, la desigualdad no parece ser una amenaza tan grande en Europa como en otros lugares. La desigualdad de ingresos promedio se ha mantenido, en general, estable allí desde 2007. Esto se debe en gran medida a unas sólidas redes de protección social y a la redistribución, logros importantes que han ayudado a millones de personas y han reforzado la posición de Europa frente a muchas otras economías avanzadas.
Sin embargo, tras las cifras generales se esconde una tendencia preocupante: la brecha entre generaciones en Europa se ha ampliado considerablemente. Las personas en edad de trabajar, y en especial los jóvenes, se están quedando atrás.
Si no se actúa, puede que una generación nunca consiga recuperarse.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
¿Qué ha impulsado la desigualdad entre generaciones en Europa? Aunque la desigualdad tiene muchas dimensiones —entre ellas, la riqueza y el género—, nuestro estudio se centra primero en los ingresos.
Los ingresos de los jóvenes disminuyeron tras la crisis de 2007 debido al desempleo. Desde entonces se han recuperado, pero no han aumentado. En el caso de las personas de 65 años o más, los ingresos aumentaron un 10 % porque las pensiones estuvieron mejor protegidas.
Al observar el mercado laboral, podemos ver dónde surgieron los problemas. El desempleo juvenil ya era elevado y se disparó hasta el 24 % en 2013. Hoy, casi uno de cada cinco jóvenes en Europa sigue buscando trabajo.
Las investigaciones del personal del FMI muestran que el desempleo puede dejar «cicatrices»: tras largos períodos sin trabajo y con poca experiencia, es menos probable que los jóvenes encuentren empleo. Y si lo encuentran, probablemente cobrarán salarios más bajos. Los ingresos que no se percibieron y los ahorros que no se acumularon pueden ser muy difíciles, si no imposibles, de recuperar más adelante en la carrera profesional.
Los jóvenes tienen el mayor nivel de deuda en relación con sus activos de todos los grupos de edad. Esto significa que son más vulnerables a las perturbaciones financieras. En esencia, están dejando sus sueños en suspenso.
Pero los ingresos son solo una parte de la historia: la otra es la pobreza.
Menos ingresos, más pobreza
Antes de la crisis financiera mundial, la pobreza relativa de los jóvenes (18-24 años) y de las personas mayores (65 años o más) en Europa era similar. Pero desde la crisis se ha abierto una brecha considerable. Como consecuencia, uno de cada cuatro jóvenes de la región corre riesgo de pobreza: vive con ingresos inferiores al 60 % de la mediana.
No es solo el desempleo lo que nos ha llevado a esta situación. El subempleo se hizo más frecuente después de la crisis.
El auge de la llamada economía de los «trabajos esporádicos» y el aumento de los contratos temporales agravaron el problema y redujeron aún más la estabilidad laboral, especialmente para los jóvenes. Por desgracia, cuando los jóvenes perdieron sus empleos o solo pudieron encontrar trabajos a tiempo parcial, se quedaron sin una red de protección suficiente.
Protección social insuficiente
Además de estos problemas de ingresos y del mercado laboral, tras la crisis a menudo se recortaron las prestaciones sociales distintas de las pensiones; en ocasiones, se dirigieron a grupos demasiado reducidos o no se ajustaron a la inflación. Esto limitó la eficacia de estos programas para los jóvenes.
Aclaremos algo: programas como las pensiones y la seguridad social han ayudado a millones de personas antes y después de la crisis. En particular, las personas mayores de Europa han estado relativamente bien protegidas, y así debe seguir siendo, por supuesto. Pero, al mismo tiempo, también necesitamos políticas que presten más atención a los jóvenes y reflejen la naturaleza cambiante del trabajo.
La buena noticia es que algunos países europeos ya están avanzando.
En Alemania, los programas de aprendizaje y formación de larga trayectoria han ayudado a los jóvenes a mantenerse en el mercado laboral. Las normas flexibles de empleo permitieron que conservaran sus puestos durante la crisis y después de ella. Actualmente, Alemania tiene la tasa de desempleo juvenil más baja de todos los países de la Unión Europea.
Otro buen ejemplo es Portugal, que eximió durante tres años del pago de impuestos a la seguridad social a quienes conseguían su primer empleo. Aunque el desempleo juvenil sigue siendo elevado, esta medida va en la dirección correcta.
Los próximos pasos para la próxima generación
Entonces, ¿qué deberían hacer los responsables de las políticas? Nuestro trabajo ofrece algunas ideas que pueden ayudar a reducir la desigualdad y la pobreza entre generaciones en Europa.
En primer lugar, hay que analizar los mercados laborales. Para crear empleo e incentivar el trabajo, los responsables de las políticas pueden reducir las cotizaciones a la seguridad social y los impuestos que pagan los trabajadores con salarios bajos. Para mejorar las perspectivas laborales futuras, los gobiernos pueden invertir en educación y formación, lo que puede ayudar a los jóvenes a cerrar la brecha de competencias.
En segundo lugar, los países pueden hacer más eficaz el gasto público en protección social. ¿Cómo? Parte de la respuesta consiste en adaptar el gasto social, especialmente las prestaciones por desempleo y otras prestaciones distintas de las pensiones, para garantizar una mejor protección de los jóvenes en caso de perder el empleo.
En tercer lugar, los impuestos. Los impuestos sobre el patrimonio son hoy más bajos que en 1970. En algunos países, unos sistemas tributarios más progresivos y los impuestos sobre el patrimonio —incluidos los impuestos sobre sucesiones— podrían ayudar a financiar programas sociales muy necesarios para los ciudadanos más jóvenes.
Permítanme subrayarlo de nuevo: esto no enfrenta a un grupo de edad con otro. Construir una economía que funcione para los jóvenes crea una base más sólida para todos. Los jóvenes con carreras profesionales productivas pueden contribuir a las redes de protección social. Además, reducir la desigualdad entre generaciones va de la mano de un crecimiento sostenido y de la reconstrucción de la confianza en la sociedad.
Nada de esto es fácil. Las políticas deben adaptarse a las necesidades de cada país, reconocer las realidades políticas y mantenerse dentro de los límites presupuestarios.
Pero no cabe duda de que ahora es el momento adecuado para actuar: «el mejor momento para reparar el tejado es cuando brilla el sol».
Con un crecimiento mundial más sólido y la recuperación de Europa, tenemos la oportunidad de hacer las cosas difíciles que, de otro modo, quizá quedarían pendientes. Podemos diseñar políticas que permitan a la próxima generación desarrollar todo su potencial. Podemos ayudar a sanar las cicatrices de la crisis y garantizar que la próxima generación no tenga que plantearse la pregunta: «¿Qué ocurre con un sueño aplazado?».


