1. La pobreza es mayor en las zonas rurales
Los debates sobre la pobreza en Estados Unidos suelen centrarse erróneamente en las zonas urbanas. Aunque la pobreza urbana plantea un desafío particular, históricamente las tasas de pobreza han sido más altas en las zonas rurales que en las urbanas. De hecho, los niveles de pobreza rural a menudo eran el doble que en las zonas urbanas durante las décadas de 1950 y 1960.
Aunque estas brechas entre las zonas rurales y urbanas se han reducido notablemente, persisten diferencias sustanciales. En 2015, el 16,7 % de la población rural era pobre, frente al 13,0 % de la población urbana en su conjunto y al 10,8 % de quienes vivían en zonas suburbanas fuera de las principales ciudades.
Contrariamente a lo que se suele suponer, una proporción considerable de las personas pobres tiene empleo. Aproximadamente el 45 % de los cabezas de familia pobres en edad productiva (25-54 años) trabajó al menos durante parte de 2015, tanto en zonas rurales como urbanas.
En el pasado, la relación entre el trabajo y la pobreza era distinta. A principios de la década de 1980, la proporción de personas pobres de las zonas rurales que tenían empleo superaba en más de un 15 % a la de las zonas urbanas. Desde entonces, cada vez más personas pobres de las zonas rurales también están desempleadas, una tendencia que concuerda con otros patrones documentados más adelante.
Dicho esto, los trabajadores rurales siguen obteniendo menos beneficios del trabajo que sus homólogos urbanos. En 2015, el 9,8 % de los cabezas de familia rurales en edad productiva que trabajaban eran pobres, frente al 6,8 % de sus homólogos urbanos. Casi un tercio de los trabajadores rurales pobres sufría privaciones extremas, con ingresos familiares inferiores al 50 % del umbral de pobreza, es decir, aproximadamente US$12.000 para una familia de cuatro personas.
Una proporción importante de la fuerza laboral rural también vive en condiciones de precariedad económica, justo por encima del umbral de pobreza. Casi uno de cada cinco cabezas de familia rurales que trabajaban vivía en hogares con ingresos inferiores al 150 % del umbral de pobreza. Esto supone casi cinco puntos porcentuales más que entre los trabajadores urbanos (13,5 %).
Según investigaciones recientes, las brechas entre las zonas rurales y urbanas en materia de pobreza laboral no pueden explicarse por el nivel educativo de los trabajadores rurales, su sector de empleo ni otros factores similares que podrían afectar a sus ingresos. La pobreza rural, al menos entre quienes trabajan, no puede explicarse por completo por las características de la población rural. Esto significa que para reducir la pobreza rural habrá que prestar atención a la estructura de las economías y comunidades rurales.
– Brian Thiede, profesor adjunto de Sociología Rural y Demografía, Universidad Estatal de Pensilvania
2. La mayoría de los nuevos empleos no está en las zonas rurales
Es fácil entender por qué muchos estadounidenses de zonas rurales creen que la recesión nunca terminó: para ellos, no ha terminado.
Las comunidades rurales aún no han recuperado los empleos que perdieron durante la recesión. Los datos del censo muestran que el mercado laboral rural es ahora más pequeño —exactamente, un 4,26 % más pequeño— que en 2008. Estos datos reflejan minas de carbón cerradas en las afueras de pueblos rurales y gasolineras clausuradas en las calles principales rurales. También reflejan la ira, los temores y las frustraciones de gran parte de la América rural.
No se trata de una tendencia nueva. La mecanización, las regulaciones ambientales y el aumento de la competencia mundial han ido erosionando poco a poco las economías basadas en la extracción de recursos y desplazando empleos de las comunidades rurales durante la mayor parte del siglo XX. Pero saber que lo que viven ahora es simplemente la fría consecuencia de la historia probablemente consuele poco a la población rural. Si acaso, solo aumenta su temor de que lo que tuvieron ya se haya perdido y nunca vuelva.
Tampoco es probable que el ligero aumento del empleo rural desde 2013 sirva de mucho consuelo. A medida que la economía basada en la extracción de recursos sigue reduciéndose, la mayoría de los nuevos empleos en las zonas rurales se están creando en el sector de servicios. Así que los mineros de carbón de los Apalaches y los leñadores del noroeste ahora reponen estantes en el Walmart local.
La identidad de las comunidades rurales solía estar arraigada en el trabajo. Los letreros a la entrada de sus pueblos daban la bienvenida a los visitantes a la región del carbón o a la región maderera. Los pueblos ponían a las mascotas de sus equipos de secundaria nombres inspirados en el trabajo que los sustentaba, como los recolectores de remolacha de Jordan, Utah, o los papeleros de Camas, Washington. Antes, cuando alguien llegaba por primera vez a estos pueblos, sabía a qué se dedicaba la gente y que se enorgullecía de ello.
Eso ya no está tan claro. ¿Cómo se comunica la identidad colectiva cuando desaparece el trabajo que antes estaba en el centro de esa identidad, y llamar a un equipo local de fútbol americano de secundaria los «Recepcionistas de Walmart» simplemente no suena igual?
Al observar los datos sobre el empleo rural, ¿es tan difícil entender por qué tanta gente de zonas rurales siente nostalgia del pasado y teme el futuro?
– Steven Beda, profesor de Historia, Universidad de Oregón
3. Las discapacidades son más comunes en las zonas rurales
La discapacidad es una cuestión importante en la América rural. Los datos de la Encuesta sobre la Comunidad Estadounidense, una encuesta gubernamental anual, revelan que la discapacidad es más frecuente en los condados rurales que en sus homólogos urbanos.
La tasa de discapacidad aumenta del 11,8 % en los condados metropolitanos más urbanos al 15,6 % en las áreas micropolitanas más pequeñas y al 17,7 % en los condados más rurales, o no centrales.
Aunque las diferencias entre las zonas rurales y urbanas en materia de discapacidad ya se han analizado, los investigadores han tenido pocas oportunidades de estudiar más a fondo esta disparidad, pues no se disponía de datos actualizados sobre la discapacidad rural hasta hace poco. Por suerte, en 2014 el censo publicó nuevas estimaciones actualizadas de discapacidad a nivel de condado, poniendo fin a una brecha de conocimiento de 14 años.
La publicación de estas estimaciones también nos ha permitido trazar un panorama de las variaciones geográficas de la discapacidad en todo el país. Las tasas de discapacidad varían considerablemente en Estados Unidos. Aunque la tendencia nacional a que las tasas de discapacidad sean más altas en los condados rurales se mantiene a nivel regional e incluso divisional, en este último queda claro que la discapacidad en la América rural no es homogénea. Las tasas de discapacidad rural van desde alrededor del 15 % en las Grandes Llanuras hasta el 21 % en el sur central.

Una variedad de factores puede explicar estas diferencias regionales y rurales, entre ellos las diferencias en la demografía, los patrones económicos, la salud y el acceso a servicios y las políticas estatales.
Aunque esta encuesta ofrece una perspectiva de la prevalencia nacional de la discapacidad y revela una disparidad persistente entre las zonas rurales y urbanas, es importante señalar sus limitaciones. La discapacidad es el resultado de la interacción entre una persona y su entorno. Por lo tanto, estos datos no miden directamente la discapacidad, ya que solo miden la función física y no tienen en cuenta factores ambientales como las viviendas inaccesibles.
– Lillie Greiman y Andrew Myers, directores de proyectos del Instituto Rural para Comunidades Inclusivas de la Universidad de Montana; Christiane von Reichert, profesora de Geografía de la Universidad de Montana
4. Las zonas rurales son sorprendentemente emprendedoras
La persistente hegemonía económica de Estados Unidos quizá se deba, sobre todo, a los elementos más pequeños de su economía: las empresas emergentes fundadas por emprendedores. Casi 700.000 nuevas empresas que crean empleoabren cada año. Eso equivale a casi 2.000 al día, y cada una contribuye a crear nuevos nichos de mercado en la economía mundial.
La mayoría de la gente cree erróneamente que estos establecimientos pioneros surgen principalmente en áreas metropolitanas, como en la ya mítica cultura de las empresas emergentes de Silicon Valley.
Sin embargo, según la Oficina del Censo de Estados Unidos, en realidad los condados no metropolitanos tienen tasas más altas de propietarios de empresas que trabajan por cuenta propia que sus homólogos metropolitanos.
Además, cuanto más rural es el condado, mayor es su nivel de emprendimiento. Algunos de estos condados tienen una tradición agrícola —quizá la más emprendedora de las ocupaciones—, pero los agricultores representan menos de una sexta parte de los propietarios de empresas en las zonas no metropolitanas. Incluso entre las empresas no agrícolas, las tasas de emprendimiento rural son más altas.
La realidad es que las zonas rurales tienen que ser emprendedoras, ya que necesariamente escasean los sectores con una concentración de empleos asalariados.
Las empresas emergentes tienen fama de tener muy pocas probabilidades de sobrevivir. Por eso resulta quizá aún más sorprendente que las empresas no metropolitanas relativamente aisladas sean, en promedio, más resilientes que sus homólogas metropolitanas, pese a las considerables ventajas económicas de las zonas urbanas, que cuentan con redes más densas de trabajadores, proveedores y mercados. La resiliencia de las empresas emergentes rurales quizá se deba a prácticas empresariales más cautelosas en lugares con pocas opciones laborales alternativas.
Esta resiliencia también se mantiene notablemente a lo largo del tiempo: de forma constante, iguala al menos la de las empresas emergentes metropolitanas y, con regularidad, registra tasas de supervivencia hasta 10 puntos porcentuales más altas que en las zonas metropolitanas durante el período 1990-2007.


