Aún estamos a tiempo de hacer que la globalización funcione para todos. Empecemos por corregir la desigualdad salarial

Public transport commuters line up at a station during rush hour ahead of local elections in Bogota, October 20, 2015.
Every generation dreams that it will be better off than the previous one. For many, this dream has been thrown into reverse.Image: REUTERS/Jose Miguel Gomez
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La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas nos compromete a «no dejar a nadie atrás», mientras que el objetivo de la Organización Internacional del Trabajo de «Trabajo decente para todos» adopta el mismo principio.

Hoy nos encontramos en un momento decisivo de la historia para hacerlo realidad. Considero que los acontecimientos políticos mundiales de los últimos meses son una revuelta de quienes han sido desposeídos, de personas —trabajadores— que sienten que no se han beneficiado de la globalización. Cada generación espera y sueña con vivir mejor que la anterior, tanto en el ámbito profesional como en la sociedad en su conjunto. Para muchos, ese sueño ha dado marcha atrás.

Y creo que su frustración y desilusión se deben en gran medida a la experiencia de las personas en el trabajo, ya sea porque se las excluye del empleo o porque se incorporan a mercados laborales en condiciones que consideran inaceptables.

Las sociedades en las que vivimos distribuyen los beneficios de la globalización y de los procesos económicos de una forma extremadamente injusta. Está bien documentado que, desde las décadas de 1980 y 1990, por ejemplo, la desigualdad salarial ha aumentado en muchos países del mundo.

El Informe mundial sobre salarios de la OIT, Desigualdad salarial en el lugar de trabajo, publicado el mes pasado, muestra que en la mayoría de los países los salarios aumentan gradualmente en casi toda la distribución salarial y luego se disparan para el 10 % con mayores ingresos y, aún más, para el 1 % de empleados mejor pagados.

En Europa, el 10 % de los empleados mejor pagados recibe, en promedio, el 25,5 % del total de los salarios abonados a todos los empleados de sus respectivos países, casi tanto como el 50 % peor pagado (29,1 %). La proporción correspondiente al 10 % más alto es aún mayor en algunas economías emergentes, como Brasil (35 %), India (42,7 %) y Sudáfrica (49,2 %). En Europa, el 1 % con mayores ingresos gana unos 90 euros por hora, 8 veces más que quienes perciben el salario mediano y 22 veces el salario medio del 10 % peor pagado.

Image: Organización Internacional del Trabajo

En general, el crecimiento salarial en todo el mundo se ha desacelerado desde 2012: pasó del 2,5 % al 1,7 % en 2015, su nivel más bajo en cuatro años. Si se excluye a China, donde los salarios crecieron más rápido que en otros lugares, el crecimiento de los salarios mundiales bajó del 1,6 % al 0,9 %.

También afrontamos el doble desafío de reparar los daños causados por la crisis económica y social mundial y crear empleos de calidad para las decenas de millones de personas que se incorporan cada año al mercado laboral. El crecimiento económico sigue decepcionando y rindiendo por debajo de lo esperado, tanto en términos de su nivel como de su grado de inclusión. Esto dibuja un panorama preocupante para la economía mundial y su capacidad para generar suficientes empleos, y mucho menos empleos de calidad. Son alarmantes los persistentes niveles elevados de formas vulnerables de empleo, junto con la clara falta de avances en la calidad del empleo, incluso en países donde las cifras agregadas están mejorando. Debemos garantizar que los beneficios del crecimiento se compartan de forma inclusiva.

Según las previsiones de la OIT, el número de personas desempleadas en el mundo superará ligeramente los 201 millones en 2017 —y se prevé un aumento adicional de 2,7 millones en 2018—, ya que el crecimiento de la población activa supera la creación de empleo. La publicación de la OIT Perspectivas sociales y del empleo en el mundo: Tendencias 2017 (WESO) presenta estas previsiones.

Necesitamos un crecimiento económico sostenible y generador de empleo. Solo podrá ser duradero y equitativo si se basa en instituciones del mercado laboral sólidas y pertinentes, fundadas a su vez en principios y derechos aceptados internacionalmente que sustenten un trabajo de mejor calidad.

En este contexto, los salarios mínimos y la negociación colectiva pueden desempeñar un papel importante. Una tendencia destacada de los últimos años ha sido que, ante el aumento de la desigualdad, muchos países han adoptado o reforzado los salarios mínimos. Varios países han decidido recientemente aumentar sus salarios mínimos, entre ellos, más recientemente, México, mientras que otros, como Sudáfrica, están considerando introducir salarios mínimos nacionales.

Datos recientes, incluidos los de la Comisión del Salario Mínimo de Alemania, muestran que los salarios mínimos bien diseñados —fijados en niveles que tienen en cuenta las necesidades de los trabajadores y sus familias, así como los factores económicos— pueden marcar una verdadera diferencia en el extremo inferior de la distribución sin perjudicar significativamente el empleo.

El acceso de todos a oportunidades de trabajo decente es la forma más eficaz de sacar a las personas de la pobreza, reducir la desigualdad e impulsar el crecimiento económico.

También deben existir sistemas de apoyo adecuados para garantizar que nadie se quede atrás. Por eso, la OIT y el Banco Mundial han puesto en marcha una Alianza Mundial para la Protección Social Universal. Su objetivo es ayudar a los países a llegar a todos los grupos pobres y vulnerables con medidas que garanticen la seguridad de los ingresos y el apoyo a todas las personas cuando lo necesiten, a lo largo de sus vidas. Esto incluye poner a disposición de todos, entre otras prestaciones, pensiones y prestaciones por maternidad, discapacidad e hijos, cerrando así la brecha que deja actualmente sin protección a cientos de millones de personas en todo el mundo.

Situar el trabajo decente y la justicia social en el centro de la formulación de políticas no es más que reconocer lo evidente: ninguno de nosotros puede construir un futuro mejor para sí mismo si no incluye a los demás. Para comprobarlo, basta con mirar los titulares de hoy y encontrar casos en los que la negación de los fundamentos de la justicia social ha creado amenazas para la paz, la estabilidad y el desarrollo. Si demasiadas personas de una sociedad sienten que se las está dejando atrás, es muy probable que fuerzas disruptivas socaven el crecimiento y desestabilicen la armonía social y política.

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