Para quienes tenemos la suerte de reunirnos en Davos este año, la Cuarta Revolución Industrial promete avances en el conocimiento científico, la salud humana, el crecimiento económico y mucho más. Pero para la mayoría de las personas en todo el mundo, la perspectiva de un futuro en el que los robots y las computadoras puedan desempeñar muchos trabajos humanos es motivo de profunda preocupación personal.
Como presidente de un instituto que lleva «tecnología» en su nombre y tiene «el mejoramiento de la humanidad» como misión, me tomo estas preocupaciones muy en serio. Todas las olas tecnológicas del pasado acabaron creando más empleos de los que destruyeron y aportaron importantes avances, desde mejores niveles de vida y una mayor esperanza de vida hasta más productividad y crecimiento económico. Sin embargo, muchos temen que esta vez el cambio sea tan rápido y de tal magnitud, y que su impacto sea tan desigual y perturbador, que pueda amenazar no solo los medios de vida individuales, sino también la estabilidad de la sociedad misma.
Este desenlace no es inevitable. El futuro está en nuestras manos. De hecho, la acción deliberada y coordinada fue precisamente lo que facilitó estas transiciones en el pasado. Sin embargo, si queremos que el avance de la tecnología beneficie a todos, debemos actuar de inmediato. Tenemos que reinventar de forma proactiva y reflexiva el futuro del trabajo.
Comprender el problema ya es un desafío. Los expertos siguen discrepando sobre qué grupos y regiones están perdiendo empleos principalmente a causa de la automatización, con qué rapidez se extenderán esos efectos y qué medidas podrían ayudar. Para elaborar políticas sólidas y a largo plazo sobre un asunto tan importante, no podemos basarnos en anécdotas. Los dirigentes de los gobiernos, las fundaciones y las empresas deben invertir hoy en mejores datos.
Estadísticas sobre automatización y pérdida de empleos

Mientras tanto, debemos actuar en función de lo que sí sabemos y avanzar allí donde podamos. Por ejemplo, los directores ejecutivos de muchos sectores describen un dilema actual muy doloroso. Me han dicho, en esencia: «Tengo que despedir a cientos de personas porque sus puestos han desaparecido y no necesito sus competencias, y tengo cientos de vacantes que no puedo cubrir porque no encuentro personas con la formación y las competencias adecuadas». Este desajuste perjudica a todos: se trastocan vidas, se dañan familias y comunidades y se pierden oportunidades de negocio.
La propia tecnología ofrece una vía para encontrar una solución. En ámbitos que van desde la robótica y la ciberseguridad hasta la gestión de la cadena de suministro, muchas universidades, entre ellas el MIT, están abriendo camino con programas en línea, como MicroMasters , que ofrecen competencias y acreditaciones de primer nivel y pertinentes para la industria, en un formato reconocido por los principales empleadores y a una fracción del costo de la educación superior tradicional.
Para quienes tienen experiencia en la industria y necesitan adquirir dominio de las competencias digitales o de resolución de problemas —incluidos los docentes que buscan preparar a sus estudiantes para el futuro—, una respuesta podría ser la «formación continua»: un sistema que permitiría a cada empleado dedicar un tiempo considerable —cada semana, cada mes o cada año— a adquirir nuevas competencias. Si las instituciones educativas, los empleadores y los empleados pueden imaginar y perfeccionar juntos una solución, la formación continua podría convertirse en una herramienta crucial para ayudar a las personas a adaptarse a un cambio implacable.
Reinventar el futuro del trabajo debe ser un esfuerzo de toda la sociedad, y encontrar soluciones a largo plazo requerirá ideas e iniciativa de todos los sectores. ¿Podrían los educadores, desde el jardín de infancia hasta la universidad, asegurarse de que todos los graduados, en todas las disciplinas, tengan conocimientos de informática? ¿Podrían instituciones como el MIT ayudar mejor a los estudiantes a equilibrar la eficiencia con otros valores humanos al elegir los problemas en los que trabajan y diseñar soluciones? ¿Podrían los trabajadores ayudar a desarrollar tecnologías de automatización que hagan a las personas más eficaces y eficientes, en lugar de volverlas obsoletas? ¿Podrían las empresas destinar parte de los beneficios obtenidos mediante la automatización a formar a los empleados cuyos puestos hayan desaparecido debido a ella? ¿Podrían los sindicatos contribuir a crear programas de aprendizaje y formación continua más pertinentes y accesibles? ¿Podrían los gobiernos desarrollar incentivos educativos que animaran a las empresas a establecerse en regiones muy afectadas? Creo que la respuesta a todas esas preguntas puede y debe ser sí, y estoy seguro de que también necesitamos muchas más ideas y mejores ideas.
La automatización en la Cuarta Revolución Industrial transformará nuestro trabajo, nuestras vidas y nuestra sociedad. Depende de nosotros que el resultado sea inclusivo o excluyente, justo o basado en el laissez-faire. Hacerlo bien es uno de los desafíos más importantes e inspiradores de nuestro tiempo. Debe ser una prioridad para todos los que esperan disfrutar de los beneficios de una sociedad sana y estable, que ofrezca oportunidades para todos.
En esta tarea, quienes lideramos la revolución tecnológica y nos beneficiamos de ella debemos ayudar a abrir camino. Este problema no es de otros: es un llamado a la acción. Las tecnologías encarnan los valores de quienes las crean. Quienes impulsamos nuevas tecnologías debemos ayudar a garantizar que no acaben perjudicando a la sociedad a la que pretendemos servir.
En el MIT, estamos profundamente comprometidos con definir el problema actual y prever los desafíos que se avecinan. Buscamos urgentemente aliados de todos los ámbitos de nuestra sociedad que quieran sumarse al desarrollo de soluciones creativas y colaborativas, y a la construcción de un futuro en el que la tecnología funcione para todos.
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