¿Por qué no pedir también a los egresados varones que equilibren el trabajo y la familia?

¿Por qué no pedir también a los egresados varones que equilibren el trabajo y la familia?
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En muchos países es temporada de graduaciones, un momento en que las promociones de jóvenes brillantes y afortunados se ponen sus birretes y togas, reciben sus diplomas y escuchan los consejos de sus mayores. Algunos oradores de estas ceremonias se centran en los logros de los graduados; otros destacan los retos profesionales que les esperan. Pero hay otro aspecto fundamental del éxito y la felicidad que suele pasarse por alto en estas celebraciones de los logros académicos: la familia.

De hecho, estas ceremonias tratan tanto de las familias de los graduados —es decir, de quienes los han querido y apoyado, independientemente de su vínculo biológico— como de los propios graduados. Sea cual sea la experiencia de cada familia, el resultado ha sido que un hijo ha alcanzado un nivel de educación con el que muchas personas solo pueden soñar.

Más allá de reconocer y agradecer lo que sus familias han hecho por ellos, los graduados deben considerar el tipo de familia que quieren cultivar. Y en este punto no tienen más remedio que reflexionar sobre los roles y las relaciones de género.

Dadas las expectativas y experiencias muy distintas de hombres y mujeres —dependiendo, por supuesto, del contexto cultural—, las preguntas que deben hacerse varían considerablemente. La cuestión de cómo equilibrar el trabajo y la familia, que normalmente se plantea a las mujeres jóvenes, es en realidad una consideración fundamental también para los hombres jóvenes.

El papel masculino tradicional de “proveedor” ha llevado con frecuencia a que el trabajo tenga prioridad sobre el tiempo dedicado a la familia. De hecho, al reflexionar sobre su infancia, muchos graduados pueden lamentar que sus padres pasaran muy poco tiempo en casa o que fueran menos cariñosos de lo que podrían haber sido.

Los hombres deben decidir cómo desarrollar el lado afectuoso de su personalidad, además del lado competitivo que les permitirá avanzar en sus carreras. Deben aspirar a amar y entregarse plenamente, no solo como padres, sino también como hijos, esposos, hermanos, tíos e incluso amigos. Con este fin, deberían preguntar a sus propios padres y abuelos qué habrían hecho de otra manera si pudieran—y planificar en consecuencia.

En lugar de esperar a que surjan los desafíos, los jóvenes deberían empezar a establecer sus prioridades desde ahora. ¿Cómo pueden asegurarse de que su relación con su futura pareja sea igualitaria? ¿Cómo se adaptarán para que su pareja pueda cumplir sus aspiraciones profesionales? ¿Estarán dispuestos a mudarse por el trabajo de su pareja? ¿Estarían preparados para dejar de trabajar o reducir su carga laboral para cuidar de un hijo o de un progenitor?

A lo largo de todo esto, los hombres deben recordar que, al adoptar un nuevo enfoque, no están renunciando a su papel de proveedores. Al fin y al cabo, proveer cuidados es tan importante como proveer recursos económicos. La recompensa es la estrecha relación con sus hijos que las mujeres han disfrutado tradicionalmente.

Las mujeres también deben pensar detenidamente en el futuro que les resultaría más gratificante. Para muchas mujeres, el reto consiste en abandonar la suposición de que el equilibrio entre trabajo y familia tendrá que inclinarse a favor de la familia, y de que son ellas quienes tendrán que sacrificar sus carreras. Por supuesto, muchas mujeres podrían optar por dar prioridad a la familia (como harían muchos hombres). Lo importante es la elección: la elección de cuánta energía dedicar al hogar, la de una carrera basada en la pasión y la de una pareja verdaderamente igualitaria.

Sostener una asociación igualitaria de cuidadores y sostenes económicos exigirá compromisos por ambas partes. Una mujer con grandes ambiciones profesionales debería poder encontrar una pareja dispuesta a reducir el ritmo o dejar de trabajar para apoyarla, al igual que un hombre debería hacerlo.

Pero romper con los roles de género funciona en ambos sentidos. De hecho, para que una dinámica así funcione, la mujer debe reajustar sus expectativas respecto a su cónyuge. Si quiere formar una familia con un hombre, no debe quedar atrapada en las percepciones tradicionales de la masculinidad. Si le incomoda, por ejemplo, ganar más que su marido, está limitando a ambos miembros de la pareja.

En pocas palabras, el tipo de apoyo que probablemente ofrecieron a sus madres y abuelas los padres y abuelos de las jóvenes no es el único que una mujer puede o debe esperar de su pareja. Su papel no debe determinarse por normas anticuadas, sino por sus fortalezas y ambiciones individuales. Y su pareja debe tener la confianza y la competencia para animarla a desarrollar su potencial.

Por último, la graduación no significa que la labor de la familia haya terminado. Padres y abuelos deben seguir desempeñando un papel fundamental en la redefinición de las expectativas o, al menos, en el apoyo a las decisiones que tomen sus hijos y nietos. Esto implica aceptar la decisión de un hijo o nieto de no usar su título universitario, obtenido con gran esfuerzo, para convertirse en el principal sostén económico de su futuro hogar. Y significa entender que lo que una hija o nieta necesita quizá no sea un “proveedor” tradicional, sino una pareja que haga sacrificios profesionales para permitirle avanzar en la suya.

La graduación es un día de final y de comienzo. Es un día para que los jóvenes recuerden los sacrificios que sus familias han hecho por ellos y para que piensen en los sacrificios que harán por sus familias. Y es un día para reconocer que, si la familia va primero, el trabajo no va en segundo lugar; más bien, la vida encaja.

Publicado en colaboración con Project Syndicate.

Autora: Anne-Marie Slaughter fue directora de planificación de políticas del Departamento de Estado de Estados Unidos (2009-2011), es presidenta y consejera delegada de la New America Foundation y profesora emérita de Política y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton.

Imagen: Graduados de la Universidad de Nueva York (NYU) animan. REUTERS/Carlo Allegri

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