A lo largo del último año, en el Foro Económico Mundial y en otros ámbitos, he planteado dos preguntas a los participantes. Primero les pido que levanten la mano si confían en que sus habilidades actuales les permitirán llegar hasta el final de sus carreras profesionales: aproximadamente una de cada cinco personas la levanta. Luego pregunto si confían en poder aconsejar a sus hijos sobre su educación para prepararlos para su propio futuro: nadie levanta la mano. Se trata de algunas de las figuras más informadas y destacadas del mundo y, sin embargo, al igual que muchos de nosotros, no saben con certeza cómo serán los mercados laborales del futuro.
No es de extrañar.
La globalización y la tecnología aceleran tanto la creación como la destrucción de puestos de trabajo. Algunas estimaciones sitúan el riesgo de automatización en hasta la mitad de los empleos actuales, mientras que otras prevén una cifra considerablemente menor, del 9 %. Aun así, todas las ocupaciones cambiarán: descubrimos que, de media, un tercio de los conjuntos de habilidades necesarios para realizar los trabajos actuales serán completamente nuevos para 2020.

Al mismo tiempo, los sistemas de educación y formación no siguen el ritmo de estos cambios. Algunos estudios indican que el 65 % de los niños que actualmente empiezan la educación primaria tendrá empleos que aún no existen y para los que su educación no los preparará, lo que agravará las brechas de competencias y el desempleo en el futuro. Aún más urgente es que los sistemas poco desarrollados de formación y adquisición de competencias para adultos no pueden apoyar el aprendizaje de la fuerza laboral activa actual, que cuenta con casi 3.000 millones de personas.
Además, las normas culturales anticuadas y la inercia institucional ya obstaculizan a la mitad del talento mundial, y la situación empeora en el nuevo contexto. Pese al gran avance de las mujeres en la educación, su participación en la fuerza laboral remunerada sigue siendo baja y el progreso se está estancando, con las previsiones actuales de que la paridad económica se alcanzará dentro de 170 años.
Los efectos a corto plazo de estas dinámicas, agravados por otros factores demográficos, geopolíticos y económicos, plantean enormes desafíos. Entre ellos figuran las brechas de competencias en la fuerza laboral, difíciles tanto para empleadores como para trabajadores; el desempleo y el desplazamiento laboral, sobre todo en los trabajos manuales y de servicios; el creciente temor a un mayor desempleo tecnológico; la oferta insuficiente de talento para muchas ocupaciones de alta cualificación; y la pérdida de talento y potencial femeninos. En conjunto, estos factores agravan la desigualdad de ingresos y provocan una crisis de identidad.
Sin embargo, la mayoría de estas sombrías predicciones no tienen por qué hacerse realidad. Si los líderes actúan ahora y aprovechan este momento de transformación para impulsar reformas largamente postergadas, pueden no solo frenar las tendencias negativas, sino también acelerar las positivas y crear un entorno en el que más de 7.000 millones de personas en el planeta puedan desarrollar todo su potencial.
En cambio, en varias economías avanzadas estamos viendo las consecuencias políticas y sociales de un pensamiento cortoplacista, emotivo y, a veces, engañoso. Para quienes salen perdiendo con los cambios en curso, el miedo es una respuesta comprensible. Pero dar la espalda a los inmigrantes, al comercio o a la propia tecnología, y desvincularse del mundo, es, en el mejor de los casos, una distracción. En el peor, generará consecuencias aún más negativas para quienes ya salen perdiendo, y para muchos más. Corresponde a líderes y ciudadanos valientes, responsables y receptivos adoptar una perspectiva a largo plazo y emprender el camino hacia reformas más fundamentales y pertinentes, y hacia un futuro inspirador.
¿Cómo? Invirtiendo en capital humano y preparando a las personas para las nuevas oportunidades de la cuarta revolución industrial. El Foro Económico Mundial ha colaborado con líderes, expertos y profesionales para crear una visión común y una agenda compartida de cambio centrada en cómo aprendemos, nos ganamos la vida y cuidamos.
1. Transformar los ecosistemas educativos. En muchos países, los sistemas educativos están tan rezagados respecto al ritmo de los cambios actuales y tan desconectados de los mercados laborales que solo una reforma fundamental será suficiente. Las ocho áreas de acción clave son la educación de la primera infancia, los planes de estudio preparados para el futuro, un cuerpo docente profesionalizado, la exposición temprana al entorno laboral, la fluidez digital, una educación técnica y vocacional sólida y respetada, la apertura a la innovación educativa y, fundamentalmente, un nuevo pacto sobre el aprendizaje permanente.
2. Facilitar la transición hacia un nuevo mundo laboral. Aunque existen opiniones muy polarizadas sobre cómo afectará la tecnología al empleo, hay consenso en que estamos atravesando un periodo de transición. Las políticas deben ponerse al día y facilitar esta transición. Proponemos cuatro áreas de acción: reconocer todos los modelos de trabajo y aplicar con agilidad nuevas regulaciones, actualizar la protección social, ofrecer aprendizaje para adultos y reciclaje profesional continuo, y proporcionar servicios de empleo proactivos.
3. Impulsar la economía de los cuidados. A menudo infravalorados y sin regulación, los cuidados son una de las necesidades más fundamentales tanto de las poblaciones jóvenes como de las mayores. Influyen considerablemente en la educación y ofrecen potencial para crear empleo. Proponemos seis áreas de acción: reconocer y valorar los cuidados como un sector vital de la economía, profesionalizar la fuerza laboral de los cuidados, reequilibrar las responsabilidades del trabajo remunerado y no remunerado, ampliar la infraestructura de cuidados de alta calidad, crear nuevas disposiciones financieras que faciliten los cuidados y usar la tecnología como herramienta para equilibrar los cuidados y el trabajo.

Para llevar a cabo todo esto —y lograr resultados—, es fundamental que el diseño de las políticas incluya como principios básicos una gobernanza ágil con múltiples partes interesadas, el empoderamiento de las personas, la medición objetiva, el acceso universal y la planificación a largo plazo.
El rápido ritmo del cambio significa que debemos actuar con urgencia. Según algunas estimaciones, la ventana actual de oportunidad para actuar es de tres a cinco años. Puede parecer abrumador, pero hay una gran variedad de casos de éxito sólidos de los que aprender y que podemos emular. También existen nuevas y sustanciales oportunidades comerciales —como la educación para adultos, los servicios de cuidados y los servicios de empleo— que hacen de este ámbito un terreno propicio para la colaboración público-privada.
Sin duda, es el camino más difícil. Transformar los ecosistemas educativos, crear una economía de los cuidados y gestionar la transición hacia un nuevo mundo laboral requieren voluntad política, políticas innovadoras, nuevos modelos de financiación y, sobre todo, una nueva mentalidad.
Pero también es el único camino viable si queremos anticiparnos a la transición en curso y convertir este momento de incertidumbre en una oportunidad para revitalizar el crecimiento y hacer realidad el potencial humano en la era de la cuarta revolución industrial.
El libro blanco «Realizar el potencial humano en la cuarta revolución industrial: una agenda para que los líderes definan el futuro de la educación, el género y el trabajo» se puede encontrar aquí. Saadia Zahidi es directora de Educación, Género y Trabajo y miembro del Comité Ejecutivo del Foro Económico Mundial.


