Cómo la presión por sobresalir influye en nuestra autoestima

An ETX Capital trader reacts as he watches the results for Britain's election in London, June 8, 2017. REUTERS/Clodagh Kilcoyne - RC150313F8E0
Negative performance-based identities are likely to have a range of negative outcomes.Image: REUTERS/Clodagh Kilcoyne.
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Vivimos en una sociedad obsesionada con el rendimiento. Tanto para jóvenes como para mayores, las competiciones, los premios y las clasificaciones son una característica inevitable de la vida.

El rendimiento que alcanzamos –en el aula, en el trabajo, en el terreno deportivo o incluso en la vida en general– influye en cómo nos ven los demás, pero también en cómo nos vemos a nosotros mismos. En algunos casos, esta influencia puede ser tan fuerte que llegamos a considerar nuestro desempeño como una parte clave de quiénes somos.

Nuestra investigación se centra en esta posible identificación con lo bien que hacemos lo que hacemos, y sostenemos que necesitamos reconocer y comprender mejor lo que llamamos identidades basadas en el rendimiento.

Image: Universidad Victoria de Wellington

Por qué construimos la identidad en torno al rendimiento

Una identidad basada en el rendimiento surge cuando una persona no solo sabe que destaca (o, en el extremo opuesto, que es completamente incompetente) en algo, sino que se siente definida fundamentalmente por ese nivel de rendimiento. Si por cualquier motivo deja de rendir al mismo nivel, puede perder su sentido de sí misma (o una gran parte de él).

En pocas palabras, le costaría responder a la eterna pregunta «¿quién soy?». Esto, a su vez, plantearía toda clase de cuestiones complicadas sobre su lugar en el mundo, y sobre su propósito y sus posibilidades en la vida.

No todo el mundo desarrollará una identidad basada en el rendimiento, pero todos somos candidatos potenciales. Esto se debe simplemente a que todos vivimos en un mundo que nos recuerda constantemente que tener buenos resultados es importante. Esta obsesión por el rendimiento va más allá del ámbito laboral y de las evaluaciones formales del desempeño. Forma parte de nuestra cultura.

Una encuesta reciente sobre los valores de más de 80.000 personas en todo el mundo reveló que más del 65% de los encuestados consideraba importante para ellos tener mucho éxito o que los demás reconocieran sus logros. Vemos este énfasis en el rendimiento de muchas maneras en la vida cotidiana. Los programas de televisión más populares giran en torno a superar a otros en alguna actividad, ya sea cantar, cocinar, crear un hogar, buscar pareja o incluso el matrimonio. En política, los votantes se sienten cada vez más atraídos por los candidatos que logran presentarse como «ganadores», independientemente de lo que justifiquen las pruebas.

No es un fenómeno nuevo

Si bien el concepto de identidad basada en el rendimiento es nuevo, el fenómeno en sí no lo es. Hace aproximadamente un siglo, el destacado sociólogo alemán Max Weber desarrolló la idea de la ética protestante del trabajo. Propuso que este impulso, de raíz religiosa, de trabajar duro era el combustible psicológico del capitalismo. En los años ochenta y noventa, el psicólogo de la Universidad de Stanford Albert Bandura y sus colaboradores produjeron una gran cantidad de investigaciones sobre los orígenes y los resultados de la autoeficacia, lo que muchas personas (para disgusto de Bandura) conocen como confianza.

Más recientemente, otra psicóloga de Stanford, Carol Dweck, ha suscitado un gran interés popular por sus investigaciones sobre “mindsets” – las suposiciones de las personas sobre la capacidad de cambio de sus propias habilidades y aptitudes. Todas estas ideas señalan el impacto que el rendimiento puede tener en cómo nos vemos a nosotros mismos y en cómo nos comportamos.

Sin embargo, la idea de que las personas puedan llegar a identificarse con su rendimiento, a un nivel muy personal, ha pasado hasta ahora desapercibida para la investigación y no ha sido reconocida en la vida cotidiana. Con nuestro trabajo pretendemos cambiar esto, ya que sospechamos que las identidades basadas en el rendimiento podrían ser un componente influyente en la estructura mental de muchas personas.

Por qué es importante

En la mayoría de los casos tendemos a pensar en las identidades basadas en el rendimiento en términos positivos y como si tuvieran consecuencias positivas. Pensemos en el estatus icónico que se otorga al boxeador Muhammad Ali y en su famoso poema «¡Soy el más grande!». Asimismo, las personas suelen admirar –incluso envidiar– la intensa confianza en sí mismos que demuestran los principales directores ejecutivos, estrellas de cine y músicos del mundo.

Es, en efecto, plausible que las identidades basadas en el rendimiento tengan muchas consecuencias positivas para quienes las poseen. Definirse como excepcionalmente bueno en algo presumiblemente hace maravillas para la autoestima y la confianza. Asimismo, es probable que una identidad de este tipo proporcione protección durante los periodos de bajo rendimiento o de fracaso. Si la persona y quienes la rodean saben que es de alto rendimiento, los momentos de un desempeño no tan brillante se desestimarán como anomalías temporales.

También es probable que las identidades basadas en el rendimiento protejan contra el bien documentado «síndrome del impostor», en el que las personas restan importancia al papel que sus propias habilidades y aptitudes han desempeñado en sus logros, lo que a su vez genera sentimientos de inseguridad e inadecuación.

No obstante, sin duda existe un lado oscuro de estas identidades también. Una identidad positiva basada en el rendimiento puede hacer que una persona sienta que no tiene margen para mejorar, lo que la vuelve excesivamente confiada y complaciente respecto a la práctica y el desarrollo. Los atletas de élite a veces hablan de intentar evitar desarrollar una identidad basada en el rendimiento precisamente por esta razón.

También pueden surgir problemas cuando las personas se definen como los mejores en su desempeño, pero no están del todo seguras de esta identidad. En estas situaciones, pueden molestarse incluso por los comentarios más constructivos sobre su desempeño, o evitar ayudar (o, en ocasiones, incluso sabotear) a sus colegas por temor a perder su lugar en la cima de la jerarquía.

Por último, las identidades negativas basadas en el rendimiento –en las que las personas no se definen como de alto rendimiento, sino como excepcionalmente malas– también tienen probablemente una serie de consecuencias negativas, como una baja autoestima y la evitación de tareas exigentes.

Se necesitan más investigaciones que exploren cómo las identidades basadas en el rendimiento afectan a nuestras vidas. Mientras tanto, la afirmación de Aristóteles de que «conocerse a uno mismo es el principio de toda sabiduría» nos recuerda a todos cómo nuestro propio sentido de identidad puede verse moldeado por las presiones generalizadas para sobresalir.

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