Según una investigación, la apariencia de los empleados, especialmente la de las mujeres, afecta a sus posibilidades de éxito laboral.
A las mujeres que ahora trabajan desde casa les piden que vistan de forma «más sexy» y se maquillen durante las videoconferencias.
Declarar ilegal la discriminación por apariencia podría ser una forma de garantizar la igualdad de oportunidades.
Las universidades se presentan como lugares donde lo que importa es la inteligencia. Por eso resulta extraño que los estudiantes de una universidad estadounidense consideren mejores docentes a los académicos atractivos. Esto fue lo que concluyó un artículo reciente de la Universidad de Memphis, que concluyó que las académicas eran quienes más sufrían este fenómeno.
Esto plantea una incómoda posibilidad: que, debido a la discriminación por apariencia, la belleza se imponga al intelecto incluso en los lugares de trabajo del siglo XXI. Sin duda, lo respaldarían veteranas presentadoras de radio y televisión como la locutora Libby Purves, quien hace poco se quejó de la forma en que la BBC prescinde de las mujeres a partir de cierta edad.
Otra encuesta, esta vez en el Reino Unido, ofreció una visión más profunda del problema. Según sus resultados, los empleadores pedían a sus empleadas que vistieran de forma «más sexy» y se maquillaran durante las videoconferencias.
Publicado durante el verano por el bufete Slater and Gordon y basado en una encuesta a 2.000 empleados de oficina que trabajaban desde casa durante el confinamiento, el informe reveló que el 35 % de las mujeres había recibido al menos una exigencia sexista de su empleador, normalmente relacionada con su vestimenta para las videoconferencias. Las mujeres también dijeron que les habían pedido que se maquillaran más, se arreglaran el pelo o vistieran de forma más provocativa. Sus jefes adujeron que eso «ayudaría a conseguir clientes» y sería «del agrado de un cliente».
Al parecer, el paso a un trabajo más virtual no ha erradicado lo que Danielle Parsons, abogada laboralista de Slater and Gordon, describió como un «comportamiento arcaico» que «no tiene cabida en el mundo laboral moderno». Cuando el desempeño de los empleados se juzga en función de su apariencia física, lo que puede influir en su salario y sus perspectivas laborales, se habla de discriminación por apariencia. No es ilegal, aunque podría decirse que debería serlo.
La belleza y el jefe
Los resultados de la encuesta de Slater and Gordon confirman que muchas de las tendencias que describimos en nuestro libro reciente, Trabajo estético, están muy extendidas y persisten pese al trabajo a distancia. En nuestro libro recogemos más de 20 años de investigación y reflexión sobre este problema. Aunque nuestra investigación comenzó centrándose en los puestos de atención directa al público en la hostelería y el comercio minorista, el mismo problema se ha extendido a una amplia variedad de profesiones, entre ellas el personal académico, los agentes de tránsito, los consultores de selección de personal, los intérpretes, los presentadores de noticias de televisión y los acróbatas de circo.
Las empresas creen que prestar más atención a la apariencia de sus empleados las hará más competitivas, mientras que las organizaciones del sector público piensan que así serán mejor valoradas. Por ello, todas se muestran cada vez más prescriptivas al decir a sus empleados cómo deben verse, vestir y hablar.
Les ocurre tanto a hombres como a mujeres, aunque más a menudo a estas últimas, y suele estar estrechamente relacionado con la sexualización de las mujeres en el trabajo. Por ejemplo, Slater and Gordon descubrió que un tercio de los hombres y las mujeres había «aguantado» comentarios sobre su apariencia durante videollamadas, pero era mucho más probable que las mujeres recibieran peticiones degradantes para que parecieran más sexys.
Al analizar diez años de quejas de empleados por discriminación por apariencia presentadas ante la Comisión para la Igualdad de Oportunidades de Australia, observamos que la proporción de quejas de hombres aumentaba en distintos sectores, pero que dos tercios seguían procediendo de mujeres. Curiosamente, el estudio de la Universidad de Memphis no encontró correlación entre la percepción de la apariencia de los académicos varones y la calificación de su desempeño.
La discriminación por apariencia y la obsesión de la sociedad
Por supuesto, los lugares de trabajo no pueden desligarse de la sociedad en general y, en el libro, describimos la creciente obsesión con la apariencia. Esta estetización de las personas se debe en parte al alcance y la importancia cada vez mayores de la industria de la belleza y al enorme aumento de la cirugía estética, antes llamada cirugía cosmética.
Estas tendencias quizá sean comprensibles si se tiene en cuenta que quienes son considerados «atractivos» reciben una «prima de belleza»: tienen más probabilidades de conseguir un empleo, cobrar un mejor salario y ascender. Ser considerado poco atractivo o no tener el estilo adecuado al vestir puede ser motivo para que se deniegue un empleo, pero no es ilegal.
Algunos investigadoreshan descrito la aparición de una economía estética. Esto plantea claramente preocupaciones por la discriminación injusta, pero sin la protección legal que, por ejemplo, se brinda a las personas con discapacidad.
Esta tendencia no solo ha continuado durante la pandemia, sino que incluso podría haberse agravado. Ante las primeras señales claras de aumento del desempleo, notificadas este mes, las investigaciones ya apuntan a un aumento de 14 veces en el número de aspirantes a algunos puestos. Por ejemplo, un restaurante de Manchester recibió más de 1.000 solicitudes para un puesto de recepcionista, mientras que la cadena de pubs de alta gama All Bar One informó de más de 500 aspirantes para un único puesto de personal de bar en Liverpool.
Está claro que ahora los empleadores tienen donde elegir a la hora de cubrir las vacantes, y es probable que quienes son considerados más atractivos tengan más posibilidades. Sabemos por las investigaciones de Tom Baum, de la Universidad de Strathclyde, y sus colegas que el sector de la hostelería ya era bastante precario y explotador antes de la COVID.
Todo apunta a que la discriminación por apariencia no va a desaparecer. Si queremos evitar que las prácticas arcaicas de la antigua normalidad impregnen la nueva, es hora de replantearnos qué esperamos del lugar de trabajo del futuro. Un cambio evidente sería declarar ilegal la discriminación por apariencia. Así se garantizaría que todas las personas, independientemente de su aspecto, tengan las mismas oportunidades en el mundo laboral que viene.





